24-06-2017 Avila

Me encontraba visitando la tierra de Ávila en uno de mis muchos viajes cuando, atrapado por los hilos del destino, llegue cuando un evento de enorme magnitud acontecía en la ciudad.


Noté que estaba alterada por el sabor del viento, agridulce. Una campesina, que podría haber pasado por princesa de no ser por la humildad de sus ropajes, me informó que en la plaza de Santa Teresa de Jesús se iba a congregar una multitud poco antes de medianoche, ya que cierto hombre de renombre iba a realizar un discurso.


Llegué allí sólo para encontrarme una secta de peculiar aspecto, pintados como calaveras, que parecían aclamar a la muerte. Promulgaban el culto y la adoración a ésta y parecían disponer de poderes sobre seres que en otra vida podrían haber sido humanos, zombis, caminaban mansos junto a ellos.


Una voz interrumpió al líder de aquella profana secta, y todos contemplaron a una hermosa joven que se alzaba ante él, desafiante. Esmeralda era su nombre, una brava zíngara que aclamó la vida, la libertad y el amor. La mujer tenía mis simpatías por su discurso, aunque solo fuera por el momento en el que lo hizo y frente a quien lo hizo.


El líder de la Logia del crepúsculo de Plata no tardó en mandar a sus guardias para apresarla. Fue llevada ante él, pero cuando todo parecía perdido para la valiente muchacha, su propia mascota muerta, una criatura que respondía al nombre de Quasimortuus, se alzó para defender a la dama. La belleza de la zíngara era tal, que incluso a los muertos robaba el corazón.


Aprovechando la distracción, la joven escapó. El líder de la secta, ofendido por su desafío y por la incompetencia de sus hombres, mando encadenar a su mascota y que fuera abucheada. Luego, tras su humillación por los presentes que lanzaban fruta podrida al indefenso Quasimortuus, ordenó que todos partieran en busca de Esmeralda y la llevaran ante él o la muerte caería sobre los presentes. Más, no contento con ello ordenó liberar sus bestias, los zombis.


La multitud escapó asustada y aunque no conseguí vislumbrar ninguno de los temibles seres, considere acertado no arriesgarme a ser su primera comida. Me dispuse a tomar el camino que rodeaba la muralla. El gentío, llevado por el pánico, corría sin ton ni son, consumiendo sus fuerzas. Para evitar que su pavor me afectase, decidí separarme de ellos y me interné en la muralla por mi cuenta. Pequeños grupos se cruzaban a mi paso y la incertidumbre se reflejaba en sus rostros. Recorrí los callejones acompañado sólo por gritos lejanos. Fuerzas oscuras se habían puesto en movimiento y era mi deber como hombre y humano el tratar de detenerlas.

Me llevó un rato, pero encontré otra zíngara. Por lo visto, necesitaba unos cordeles de peculiares propiedades y se hallaban tras un muro repleto de zombis. Otros supervivientes también buscaban su guía, pero se mostraban reticente a internarse entre los muertos. Planeaba esperar mi turno, pero varios zombis se acercaron doblando la esquina y todos huyeron despavoridos. Penetré los muros sólo para encontrarme ante un miembro de
la Logia del crepúsculo de Plata que aguardaba tranquilo en el interior.


Extrañamente, al decirle que quería ayudar y que buscaba a la zíngara Esmeralda se mostró indulgente y me ofreció consejo, aunque tuve cuidado de ocultar mi intención de ayudarla, no de entregarla. Por alguna clase de místico hechizo, los zombis no osaban tocar a la siniestra mujer ni a acercarse a ella. Me dijo que si superaba una pequeña prueba, ella misma me daría uno de los cordeles. Sólo tenía que ser uno de ellos, andar como ellos, ser un zombi. Sonaba muy fácil cuando lo decía, pero hacerlo era otra cosa.


Tenía mis dudas pero era una buena oportunidad, así que comencé a caminar entre ellos. Notaban que tenía algo raro, pero mis gruñidos y quejidos los alejaron lo suficiente como para que no me mordiesen. Y lo más extraño de todo era que, a pesar de encontrarme temblando de excitación y pavor antes de internarme allí, ahora que tenía la oportunidad de enfrentar mi miedo y demostrarme que poseía el valor de afrontarlo, se convirtió en un fuego que ardía en mis venas y potenciaba mis sentidos. Con temple y calma, atravesé el patio entre la decena de zombis hambrientos de carne y regresé. La mujer del aquelarre me esperaba con mi recompensa, cumpliendo su palabra.

La zíngara, sin embargo, demostraría más adelante ser mi ruina. Aceptó el cordel, pero me dio vagas indicaciones de a donde dirigirme. Marcando en mi mapa una extensa sección y sin ánimo de ofrecerme más ayuda, partí hacia allá. Multitudes de supervivientes me rodeaban, asustados y los gritos de los zombis surgían por doquier así que decidí envolverme en las sombras. Salí fuera de la muralla y la bordee por la colina. Pude ver que otros que optaban por un camino más fácil siguiendo el sendero eran perseguidos y devorados con crueldad por zombis.

La brisa veraniega era agradable y sólo los gritos agonizantes enturbiaban la hermosa noche. La húmeda hierba empapó mi calzado y avancé algo incómodo, aunque con el calor de la situación no tardó en secarse. Llegué a una ermita con un monje como único habitante que se negó a ofrecerme su guía.


Perdido, me encaminé a la puerta que me había indicado la joven zíngara y entré en la ciudad. Observé confuso en todas direcciones buscando alguna pista pero no encontré a nadie. Busqué, pregunté, indagué. Salí de nuevo fuera y, travesé el río, fui por el puente viejo, el puente nuevo, por encima, por debajo y nada. Tras horas perdidas, me interné en la ciudad de nuevo, desesperado.

Un par de zombis de fresco aspecto me hicieron correr, pero conseguí esquivarlos adoptando el escondite que me ofrecían unos arbustos. Seguí por varias calles hasta que, premio, encontré a uno de los caballeros de
la Logia del crepúsculo de Plata. Al parecer, su ayuda estaba reservada a los dignos. Los grupos que deseasen avanzar en aquel misterio deberían elegir un campeón y luchar por el honor del saber. Al ser un solitario hidalgo, me ofrecí a representar mi propia causa. Para mi orgullo, el caballero alabó que me encaminase en esta oscura búsqueda en solitario. Cuatro campeones más se adelantaron.

El primer combate fue de dos de ellos que me eran ajenos. Uno prevaleció con facilidad sobre el otro que fue derrotado con rapidez. Luego, llegó el turno del perdedor contra otro contrincante, siendo nuevamente derrotado para desgracia de su grupo. Finalmente, los dos campeones que quedábamos nos preparamos.

Mi oponente parecía más ágil y rápido, pero el temple y la voluntad eran míos. Mi golpe fue rápido y letal, directo a la cabeza. El caballero decretó mi victoria inmediata. Mi derrotado contrincante, aún sangrante, lucho contra el anterior perdedor en busca de resarcirse. Pensando que mi lucha había acabado dejé de prestar atención hasta que anunció que los ganadores debían luchar de nuevo. Me enfrenté al primer campeón que había obtenido victoria. Avanzó con valor, dispuesto a sacrificar su brazo a cambio de un certero golpe. Más no le funcionó como esperaba, reaccionando a su gesto, apunté a sus costillas, propinándonos ambos un golpe en el pecho. A pesar del dolor, nos mantuvimos de pie prestos a seguir, más el caballero se declaró conforme y decretó un empate.

Por desgracia para mí, al ver mi mapa se fijo que alguna extraña marca estaba ausente, pues me anunció que hasta que no la obtuviese no podría estampar su sello, pero que recordaría mis hazañas y que cuando lo obtuviese podría volver a por él.

Entristecido, me encaminé tras muchas horas con sólo el sello de la zíngara que no había sido capaz de indicarme. Y para mi sorpresa, tras internarme de nuevo en el pueblo, me hallé ante la mismísima Esmeralda. La joven era incluso más bella bajo la luz de la luna. Pude ver que retrocedía, asustada, ante mí. Con voz temblorosa me preguntó si la iba a entregar. Le dije que no, tratando de ocultar mi rubor por olvidar durante unos instantes el resto del mundo para contemplar únicamente su belleza. Una criatura de tal inocencia y gracia que conmovería hasta al hombre más malvado.

Le indiqué que buscaba saber que ocurría y como ayudarla pero ella misma parecía no saber mucho más, me sugirió volver con su compañera zíngara y exigir alguna indicación más. Sabiendo que no tenía alternativa y que posiblemente no volvería a disfrutar de la dulce visión de su mirada, me encaminé de vuelta al principio.



Muchos de los llamados Zombis Z se cruzaron en mi camino. Esquivé a la mayoría pero olvidé mi propio credo, las sombras. Muchos son mis dones pero no el de corredor. Conociendo mis límites en dicho campo, opto por aliarme con la oscuridad y la sutileza. Pero victima de la , rompí dicha alianza y atravesé la plaza del mercado. Una esbelta zeta apareció a mis espaldas, comencé a correr, me interné en una calle y escuché como se dirigía a otra presa, así que respiré tranquilo sólo para ver dos zetas más ante mi. Giré a la izquierda y en la bifurcación, opte erróneamente, presa de la cercanía de mis perseguidores, por girar de nuevo a la izquierda esperando que la anterior zeta se hubiese marchado, mas no, allí estaba.

Reuní todas mis fuerzas, llevando mi cuerpo al límite y conseguí esquivar su presa, me encaminé hacia otra calle, a la derecha, con su aliento en mi nuca, deseando mi carne. Pensaba que aún había salvación para mi pero .... me equivocaba. Dos zetas más me cortaron el paso y se abalanzaron sobre mi. Sentí como sus dientes se clavaban en mi carne y con mi ultimo aliento les maldije.







Oscuridad, un velo se abrió ante mi. Un susurro, voces que pedían carne... carne humana. Me alcé como en un sueño, con un hambre muy real. Me relamía. Cinco hermanos más me acompañaban. Les oía, eran zetas. Eramos la Horda Zeta. Nacidos para sembrar muerte, mis hermanos esperaban mi resurrección para ir a la caza.

Comenzamos a caminar, y nuestros gritos eran como la palabra de Dios. Cualquiera que los escuchaba huía aterrorizado, incapaz de encararnos. Me sentía frío, pero con mis compañeros no sentía soledad. Avanzamos sin encontrar carne hasta un oscuro callejón. Corrimos tras la carne, pero era rápida y nosotros perdíamos fuerzas con rapidez, más uno de los hermanos zeta gruñó... olía algo. Carne, carne escondida. Volvimos y vimos un sabroso grupo de carne tratando de pasar inadvertidos en un rincón. El miedo les impedía moverse. Les rodeamos, lentamente. Un par trataron de escapar ... fueron las primeras presas. El resto no tardó en seguir su camino. Sus gritos brillaron en la noche.

Con sangre fresca en nuestros labios continuamos acechando. Un valiente guerrero osaba medirse con nosotros. Durante mucho rato, se acercó y escapó de nosotros, sabiendo que nuestras fuerzas eran limitadas, pero al final, su osadía fue mayor que su cordura. En un callejón estrecho, trató de evitarnos a los seis. Un hermano le alcanzó y el resto nos abalanzamos sobre él y lo devoramos mientras se ahogaba en su propia sangre.

Volvimos a ponernos en marchar. Esta vez, un lugareño ocultó carne tras su portal. Arañamos, gruñimos, jadeamos pero la puerta aguantó. Nos marchábamos cuando de allí salieron carnes corriendo. Íbamos a perseguirlas pero el lugareño, experto en el uso del bastón derribó a la horda invencible. Luego, con calma, se internó en su casa de nuevo como si tal cosa.

Con lentitud volvimos a nuestro andar. Dolidos por la derrota, marchamos en busca de carne, pero toda huía nada más vernos. Llegamos a lo que reconocí a través de las brumas de mi memoria como el lugar de mi primera prueba, más ahora sentía el poder de la logia, sometiéndome. Nuestra horda aguardó, tranquila, mientras la mujer andaba calmada entre nosotros. Cuando así lo deseó, marchamos y nos alejamos de su embrujo.

Caminamos y caminamos, pero pocas presas más encontramos. Recorrimos la ciudad y más hermanos y hermanas zombi se cruzaron en nuestro camino buscando igualmente carne. Tras muchas horas, el embrujo que nos mantenía allí se fue debilitando y poco a poco nos dispersamos.

Y ese es el final de una terrible noche en Ávila. Sólo los supervivientes sabrán que más pruebas acontecieron.




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