08/07/2017 Rivas Vaciamadrid - (Lovecraft World) Los Hongos de Yuggoth





"La empresa New World Incorporated (NWI) ha decidido explotar unas minas cercanas a Rivas Vaciamadrid para extraer minerales de un interés especial.

Por otro lado, esta empresa ha prometido conceder unas becas a la población local en primera instancia, extensibles a toda la población española que supere unos test. Dichos test están pensados para averiguar en qué rama del conocimiento están mejor dotados los participantes, para asumir así la profesión que la empresa dictamine que es la adecuada para cada persona.

Además, la empresa concederá un puesto de trabajo con un futuro estable en el departamento correspondiente de la empresa."

Con este atractivo anuncio fue con el que nos acercamos un grupo de amigos y yo a Rivas Vaciamadrid.

Tras un conciertazo, en un pequeño anfiteatro, que precedía al anuncio oficial, unos elegantes caballeros se presentaron en el escenario. Nos informaron de que estaban interesados en la explotación del grafito y que su obra traería puestos de trabajo. Se disponía a darnos más detalles cuando una horda de jóvenes manifestantes interrumpió su discurso. Como suele ser habitual en estos casos, les llamaban mentirosos, aunque también cosas peores, decían que iban a condenar el mundo y aquello parecía demasiado para una simple protesta.

Los guardias, armados con escudos y porras, dispersaron con diligencia a los manifestantes, que se alejaron algo apaleados pero no menos motivados a lanzar su grito de protesta.

Finalizada la distracción, los representantes de la NWI siguieron con su discurso y nos comunicaron que todos podríamos tener opción a formar parte de su gran corporación si cumplíamos unos pequeños test previos con resultados satisfactorios. Con ello, nos despidieron hasta las 12:30, momento en el que tras completar los test y algunas pruebas nos darían más datos. Los test pudimos descargarlos en el móvil y, tras completar unas sencillas preguntas, a cada uno le mostró una localización a la que dirigirse y cada uno se encaminó a sus pruebas personales, por lo que nuestro grupo se separó, con la promesa de volver a reunirnos en poco más de una hora.

El mapa no dejaba lugar a dudas del lugar, así que con calma y charlando con ánimo fuimos directos a ver que pruebas nos habían preparado, suponiendo que serían las típicas pruebas de actitud de cualquier empresa.

Parte de nuestro grupo se quedó en el centro de la Cruz Roja, donde los que habían sido catalogados como científicos se quedaron a completar su propia prueba. Yo me encaminé a letras. Nos tocó esperar, pues mucha gente aguardaba su momento.

Para la prueba, primero pasó un miembro de mi grupo y de otros y luego reclamaron voluntarios. La prueba en si misma era algo extraña en su forma y diseño. Una vez dentro, me encontré a mi compañero, entre otros, vendado, y lo que me dejó más escandalizado, al fondo, un cadáver humano de lo que parecía un soldado. Nos explicaron que necesitaban a los mejores, a los más dignos, pero aun así, me parecía excesivo. El objeto de la prueba era guiar a nuestros compañeros hasta allí y que registraran el cuerpo en busca de un objeto esférico.

Aunque tenía ciertos reparos morales, sentía cierto influjo que me invitaba a explorar los límites de la cordura y cuando los otros comenzaron a indicar a gritos a sus compañeros, me uní en un intento por guiar a mi compañero. Los otros guías gritaban casi con furia, como poseídos y aunque no dejé de dar indicaciones al mío, me pregunté si también ellos sentían esa presencia, ese susurro que parecía asediar desde algún rincón de mi mente. Los tres hombres vendados llegaron ante el cuerpo pero más que darles asco, lo despedazaron. Sacaron sus entrañas y las esparcieron por el suelo, buscando con avidez la esfera hasta que uno de ellos la encontró. Al acabar, el profesor encargado de la prueba nos dijo que nuestras dotes de habla no habían sido muy impresionantes pero que podíamos valer. Lo más escandaloso de todo ello fue lo poco escandaloso que fue. Lanzando una última mirada al cuerpo, salimos hacia nuestra siguiente prueba.

Buscamos a nuestros compañeros, sólo para encontrarlos al fondo de la calle, arrodillados ante unos aterradores humanos, si es que puede llamárselos así. De tez negra como la noche, afilados colmillos y marcados los rostros con unas runas pálidas que reflejaban la luz de la luna llena. La mayoría eran hembras y destacaba su cabello de un intenso rojo oscuro, como la sangre, y lo que era más llamativo, las colosales armas que portaban, todas ellas de intrincado diseño rúnico y que, a pesar de ser más grandes que ellas mismas, manejaban con fluidez.

La lógica nos advirtió que acercarse era una absoluta locura, aunque esa persistente voz en nuestra cabeza decía que eran amigos. En este caso, el instinto nos mantuvo lo bastante serenos como para ignorarla. Esperamos a ver que pasaba, pero los seres no se movían, al igual que nuestros amigos. Al final, los oscuros optaron por marcharse y nuestros compañeros nos dijeron que no eran dignos ni de ser matados, aunque observé con preocupación que la luz de sus ojos se había vuelto menos brillante, como si hubieran perdido parte de si mismos.

Cumplidas nuestras pruebas de letras, nos tocaba tratar de superar la de ciencias. Supuse que se trataba de una forma de medir nuestras aptitudes en otros campos que no eran los nuestros. Por suerte, una de nuestras compañeras era experta en el uso de químicos y se encargó de que todo fuera sobre ruedas para todos.

Completado esto, la hora acordada llegaba y era momento de volver a reunirse en el anfiteatro. De camino, los oscuros guerreros caminaban cerca de nosotros en la misma dirección. Una valla nos separaba y nos permitimos caminar con cierta ociosidad, o así fue hasta que uno de ellos empezó a treparla, con lo que no tardamos en escapar valientemente.

Nos encontramos con nuestros compañeros y aguardamos al nuevo anuncio. La mala suerte quiso que el micrófono no funcionase, así que todos nos aproximamos al escenario para escuchar a un hombre que se presentó como "El Conde". No entendí todo lo que dijo pues, aunque se que mencionó algo de las pruebas, yo estaba más preocupado de los guerreros oscuros y lo cerca que les habíamos visto.

Sin saber como, el llamado Conde desafió a cualquiera que quisiese subir al escenario a rebatir sus argumentos en vista del malestar general. Hubo unos instantes de duda en la que nadie se decidía a ser el centro de tanta atención hasta que un valiente joven se animó a subir. Su discurso fue breve pero intenso y el peso de sus argumentos irrebatible, quizás, demasiado irrebatible, ya que el Conde mostró un siniestro aire de desagrado y observé como metía la mano por debajo de su chaqueta. Mi primer pensamiento fue que le iba a pegar un tiro, y para futuras referencias, se que debo fiarme más de mi instinto, porque al momento sacó una pistola y le metió tres tiros sin mediar más palabra.

La multitud quedó anonadada y en silencio durante un instante, pero no tardaron en surgir gritos y algún alma caritativa que se acercaba a tratar de socorrer al joven abatido. El Conde disparó unos cuantos tiros más al aire y la gente comenzó a huir despavorida sólo para encontrarse rodeados por los guerreros oscuros. Entre la multitud uno gritó "Nazzadis", me pareció entender. Primaba un sálvese quien pueda, así que perdí de vista a mis compañeros y esquivando a un par de Nazzadis que estaban demasiado ocupadas eligiendo presa, me escabullí. Alcancé a escuchar como hablaban entre ellas y la mayor le decía a la otra "elige al que quieras". Me vino a la cabeza un tiro al blanco de la feria. No me quedé para ver quien era el afortunado elegido.

Corrí por el aparcamiento cercano, observando con cuidado al frente y a mi espalda para evitar sorpresas. Llegamos a una rotonda y la mayoría de la gente siguió por una calle superior pero yo opté por un camino mas oscuro y silencioso por la sombra del parque. Intenté llamar a mis compañeros pero la linea no funcionaba y vehículos de la NWI bloqueaban las salidas, así que opté por buscar a mis compañeros para tratar de trazar un plan.

Supuse que el único punto lógico de reunión era donde las pruebas se habían realizado así que, con máxima cautela, fui hacia allí. No me llevó mucho dar con ellos, sin embargo, empecé a notar algo. Susurros, desconfianza, miradas. Algo parecía confundir nuestros sentidos, un quedo zumbido, casi imperceptible pero constante.

Dimos vueltas, esperando encontrar a alguien que pudiera darnos indicaciones o al menos ayudarnos a salir de aquel lugar. Al principio, sólo encontramos gente que vagaba tan perdida como nosotros. Luego, encontramos algo mucho más siniestro. Un extraño monje, en un parque, con un cuerpo entre velas a sus pies, marcado con sangre. No era una visión muy tranquilizadora, pero en ese momento, cualquier ayuda era poca y no parecía ir armado. Nos acercamos con cautela y le preguntamos si podía decirnos algo o ayudarnos a salir de allí.

-Buscad a Sebastian Fowler -dijo con voz calmada.

-¿Dónde podemos encontrarle? -preguntamos.

Pero no dijo nada más. Al menos, no hasta que mientras nos íbamos, uno de los nuestros preguntó una vez más.
-¿No puedes ayudarnos de alguna forma?

-¿Quieres que te ayude? -preguntó con tono lúgubre.

Nuestro compañero dudó unos instantes mientras le miraba, el resto, nos alejamos.

-Acércate -dijo el monje.

Le susurró unas palabras que nadie más pudo oír, pero supe que era lo que llevaban dentro; la semilla de la desconfianza. Al poco se unió de nuevo al grupo, pero los cuchicheos comenzaron a surgir entre todos, al igual que la desconfianza. A la mayoría yo, personalmente, no los conocía demasiado, al igual que ellos a mí, así que empezamos a intercambiar miradas recelosas.

Aún así seguimos caminando todos, en busca de Sebastian y dimos unas cuantas vueltas más hasta llegar a un gran parque. Para nuestra sorpresa, una de los Nazzadis, la que para mi gusto parecía portar la lanza del liderazgo por su mirada, estaba hablando con otro grupo.

Nos acercamos con prudencia, preguntándonos si sería una excepción a la regla hasta ahora lucida por sus compatriotas.

-¡Qué buscáis! -preguntó al ver que nos acercábamos.

-Buscamos a Sebastian Fowler.

Se acercó a nosotros con rapidez e hizo que una de nuestras compañeras se arrodillara.

-Repite conmigo -dijo la guerrera de sangriento cabello.

Comenzó a recitar un conjuro arcano y nuestra compañera repitió mansamente todas sus palabras. Aquello pareció complacer a la Nazzadi, que se giró hacia los otros supervivientes.

-¡Veis, atajo de inútiles! ¡Así es como se hace! -le espetó al otro grupo-. Ahora, ¡correr!

Dudaron un momento, pero al ver que enarbolaba su poderosa lanza contra ellos, salieron corriendo con todas sus fuerzas. Luego, la Nazzadi volvió con nosotros.

-No puedo deciros donde está, ya que está en movimiento, pero no anda lejos. Ahora, marchaos, no tengo tiempo para vosotros.

Y se marchó, moviéndose con una gracia antinatural y casi podría decir, provocativa.

Nos agrupamos y aún con cierto recelo entre nosotros, tratamos de trazar un plan. No hubo suerte, cada uno quería ir hacia un lado y desconfiaba de los motivos de otros para ir a los que proponían.

No parecía tener solución cuando, contra pronóstico, la Nazzadi volvió.

-Os veo muy perdidos. Igual podemos hacer un trato.

La decisión con la que se acercaba me hizo desconfiar, así que, sin que fuera muy evidente, comencé a alejarme.

-Puedo deciros donde está, pero a cambio, quiero una vida.

No necesité escuchar más, salí corriendo en dirección opuesta a ella. En circunstancias normales no dudaría de que ningún ser humano aceptase semejante trato, pero en esa noche, bajo una luna llena que parecía reflejar murmullos que mermaban el juicio, no pensaba arriesgarme.

Ante las crecientes dudas del grupo, opté por investigar por mi cuenta y riesgo. Tomé un largo camino de desvío y volví al punto de partida. Planeaba ir por detrás del edificio que se hallaba tras el escenario del anfiteatro, pero en el tejado vi algo que me dejó helado, algo que no podía existir, algo que no era de este mundo. Sus ojos brillaban como estrellas y se clavaban en mi. Al sentir su mirada, sentí que mis fuerzas disminuían, que mi cuerpo se enfriaba como si le drenaran vida y que el quedo susurro en mi mente se volvía casi un aullido. Escapé de su mirada tras un muro y respiré aliviado de volver a tomar el control de mi alma.

Tras unos instantes de reposo, comencé a rodear el lugar, evitando las luces e internándome en una oscura colina. Di un larguísimo rodeo que llevó largos minutos y en los que no tuve ningún encuentro. Las calles estaban desoladas de vida. No fue hasta que sentí mis pies arder que encontré otros supervivientes. Les pregunté si tenían alguna idea de donde podía encontrar a Sebastian y me dieron indicaciones además de una descripción. Me advirtieron de que no era seguro de que siguiese allí, pero no perdía nada por intentarlo. Caminando en silencio entre mortecinas calles, lo divisé a la distancia y, casualidad o destino, justo al llegar a donde doblaba la esquina en la que se encontraba, me hallé de frente con cuatro de mis compañeros.

Durante un tenso instante, nos observamos, analizándonos en busca de peligro, pero ellos y yo decidimos que no había riesgo. Nos acercamos a Sebastian Fowler.

-Buenas noches -dijo una de las chicas.

-Buenas noches -dijo Sebastian.

-Usted es Sebastian Fowler, ¿verdad? -pregunté.

-Así es -dijo él.

-Le estábamos buscando, varias... personas nos han indicado que tu podrías aclararnos un poco la situación.

-¿Qué personas?

-Pues un monje que estaba en un parque cercano y una de las guerreras oscuras.

-Oh, ya veo, entonces supongo que habéis visto el pequeño acto de medianoche. Os contaré un poco de que va esto. Yo pertenezco a la Orden de la Bestia. Somos un grupo dedicado a servir a una raza extraterrestre.

Aguardó un momento a que digiriéramos la información, aunque tras lo que había visto en el tejado hacía un rato no me costaba mucho creer eso.
-Ellos son una raza muy superior, que proviene de Plutón. Como sabéis, es un sitio muy pequeño y necesitan un planeta sobre el que proliferar. La tierra se adapta a sus necesidades pero ya esta poblada -dijo, mientras fijaba su mirada en nosotros-. Pero no quieren exterminarnos a todos, aquellos que demuestren ser dignos podrán ser parte de nuestra orden.

-¿Y el Conde?

-El Conde es el avatar de su dios en la tierra. Él tiene el mando de este lugar y el poder de realizar un ritual que permitirá a más de su raza venir a este planeta. Pero volvamos al tema que nos ocupa, si queréis ser parte de nuestra orden, debéis ser dignos. Os propongo una prueba de valor, uno de los suyos un llamado mi-go tiene unas hebras especiales llamadas "Eter de vida". Conseguid una y demostrareis que sois dignos de servir.

En tal momento de tensión, sólo pude pensar "já, mi-go, suena como amigo pero seguro que intenta matarme.

Tras el momento intelectual, dimos por finalizada la charla y nos marchamos. Sentía un sabor amargo en la boca. Todo aquello que nos había dicho parecía una locura, pero tras lo que había visto me inclinaba a creerle. Tenía claro que sólo tenía un objetivo, como ser humano no podía permitir que esa invasión se llevara a cabo. Por otra parte, de mis compañeros no sabía que podía esperar. En otra ocasión pensaría que prima la bondad humana pero en aquel lugar los susurros parecían invitar a la locura, al desenfreno, a pactar con el diablo.

Seguí camino durante un rato más con mis compañeros, de camino a donde nos había señalado que podía haber un mi-go. De camino allí, encontramos varios guerreros con un nutrido grupo arrodillado a sus pies, así que rodeamos por otra calle antes de ser vistos. Mis compañeros se separaron, optando por una ruta que a mi entender era más peligrosa, así que seguí mi propio camino.

Me encontré pasando por el lugar de la primera prueba, lo que antes era tranquilo, ahora era un bullir de locura. Con los Nazzadis una calle más arriba, me encontré con una pareja que parecía haber perdido la cabeza. Repetían lo que escuchaban con un tono casi histérico. Los evité todo lo posible, preocupado por lo que su locura podía llevarles ha hacer. Por si fuera poco, un monje encadenado vagaba por la calle de enfrente. Parecía que el mundo se había vuelto loco. Su aspecto amenazante y sus andares ya me pusieron en alerta, y cuando le vi correr tras un par de supervivientes tuve claro que era mejor poner tierra por medio entre él y yo.

Me acerqué al parque buscando un lugar sombrío en el que descansar un momento y planear mi siguiente movimiento y la providencia quiso que los hados me sonrieran. Allí me encontré al jefe de los manifestantes, Arturo. Tras un intercambio de miradas en el que ambos nos medimos y tratamos de dilucidar si el otro seguía cuerdo, decidí acercarme.

Ambos estábamos cuerdos. Puesto que ellos habían alzado su voz de forma abierta contra el Conde, decidí que era a mí a quien tocaba dar un pequeño salto de fe. Le conté lo que me había dicho Sebastian y que no estaba dispuesto a permitir que aquella raza de monstruos invadiera nuestro amado planeta.

Supe que hacía bien y el se mostró conforme con mi iniciativa. Me dijo que, en el centro que había más arriba, que resultó ser el lugar de la primera prueba, había algo que podía ayudarnos en la lucha contra las criaturas, un infiltrado había obtenido esa información pero poco más.

Me advirtió de que tuviese cuidado con los monjes y le confirmé que ya tenía esa impresión y que había visto al monje de arriba. Me alejé en dirección al lugar, el mismo que ya había visitado. El lugar de la primera prueba, que pensé que parecía una escuela así que, me referiré a el como la escuela a partir de ahora. No estaba lejos, pero la calle estaba protegida por el monje loco de las cadenas. Me acerqué pegado al muro hasta la esquina, esperando poder echar un vistazo y justo en ese instante, un grupo pasó corriendo escapando de él. Usando la sutileza por arma, me deslicé subiendo unas escaleras cercanas para dar un rodeo al monje que bajaba la calle y conseguí pasar. El problema fue cuando llegué al colegio. A mi izquierda, un nutrido grupo de Nazzadis con gente a sus pies suplicando clemencia, detrás, el monje loco y a mi derecha, el que parecía ser otro miembro del culto distraído con unas personas a las que parecía mantener en trance. Con todas las salidas comprometidas, me acerqué al centro esperando o victoria o muerte.

Al llegar, otro miembro de la secta maldita se interpuso. Miré en torno a mi. No tenía salida, el monje de las cadenas volvía y me miraba como un plato apetecible. Notaba la mirada del guardia de la puerta clavada en mi, esperando que hablase.

-Me... han dicho que viniese aquí -dije con el corazón palpitando tan fuerte que lo escuchaba haciendo eco en mis oídos.

-¿Quién?¿Quién te manda? -dijo tajante.

A pesar del frío nocturno sudaba como un condenado a muerte. Sabía que el tiempo corría en mi contra y que no tenía ni idea de que excusa podía llevarme a entrar allí. Y entonces, decidí que debía darlo todo y apostar todo por una carta.

-Sebastian Fowler me envía para comprobar que todo está bien.

-Fowler... -dijo con lentitud. Vi surgir la sombra de la duda en su mirada. No estaba seguro de si yo decía la verdad pero arriesgarse a desobedecer podía acarrearle una pena terrible. Tras unos breves instantes que parecieron eternos, se apartó a un lado.

-Pasa.

Entré, aliviado de haber superado semejante contingencia airoso. Me permití unos instantes para respirar y tratar de recuperar el ritmo en mi desbocado corazón. Estaba en la antesala, oculto del monje y calmándome cuando una fría voz me llegó de un cuarto.

-Ayúdame, tranquilo, soy amigo.

Me interné con precaución. Aquella noche, era la noche de las traiciones y de la locura y podía esperar cualquier cosa. Menos lo que ví al entrar.

-Ayúdame, soy Víctor.

El que así hablaba, era un cerebro. Un cerebro en una extraña caja de cristal con tubos y cables al rededor. Me quedé helado ante la aberración que suponía.

-Por favor, ayúdame -dijo repitiendo su ruego.

-Hola -dije dudando de si el cerebro podría entenderme o escucharme siquiera.

-Hola, tienes que ayudarme. Trabajaba en la mina ¿Ves el polvo que hay ante mí? Eso es lo que están extrayendo. Es un mineral de propiedades únicas que no ha sido descubierto por los humanos. Toma un poco y llevárselo a Arturo. Él sabrá que hacer.

Haciendo caso de su ruego, tomé un poco de los cenicientos polvos y los guardé en un papel.

-Ten cuidado con el monje, si descubre que llevas polvo te matará.

Esperé en la puerta, observando con cuidado al monje, esperando un descuido. Era como un mastín, se mantenía en su sitio custodiando el lugar de cualquier intruso. Esperé y por fin, un par de supervivientes bastante inconscientes de la situación se acercaron para hablar con el monje.

Salí de allí escopeteado, esperando doblar la esquina para ir al parque, pero como si respondieran a una llamada, un grupo de Nazzadis aguardaban ante la entrada, mirándome, cortando mi paso hacia Arturo. Sin mas opción, fui en dirección contraria. Esperaba dar un rodeo un poco mas amplio por encima. Subí y llegué a una amplia avenida. Bajaba y una de las calles que manaban de ella iba por detrás del parque, pero la peligrosa mujer Nazzadi que nos había ofrecido un pacto anteriormente, me cortaba el paso.

Crucé la calle, pues ella estaba atenta a otros y durante un instante me senté en un banco a tratar de recuperar el aliento y a observarla. Ella también se plantó a apenas 30 metros de mi, observándome, acechándome. Sin apartar la vista de ella ni un sólo instante, consideré mis opciones.

Se puso a andar en dirección a mí, así que tome la ruta de mi espalda, que ampliaba aún más el rodeo pero era lo más seguro. Me alejé por otro de los ramales de la avenida, silencioso y abandonado. Era un callejón complicado, a mi derecha, chalets interminables con muros difíciles de superar y a mi izquierda, un campo de fútbol con una alambrada de varios metros. Si me veía atrapado, podía encontrarme en serios problemas. Casi había llegado a un descampado por el que poder descender cuando la dama fortuna hizo acto de presencia. Acto de presencia para los enemigos de la humanidad porque otro condenado monje surgió de las sombras a escasos metros de mi. Lo primero que hice fue rezar por que la Nazzadi no estuviese esperándome en el nacimiento de la calle y lo siguiente, al comprobar que no era así, fue escapar en aquella dirección. Parecía que los siervos del mal me buscaban, aquel polvo debía ser extremadamente importante. Considerando los peligros, decidí extremar las precauciones al límite. Tome una calle aún más lejana y comencé a atravesar en dirección este, en paralelo al parque donde estaba Arturo. Iría hasta el final y bajaría por algún lugar privado de luz, estaba claro que a la luz de las farolas era un blanco fácil.

Me tomó mucho tiempo, la caminata me pasó factura y empezaba a sentir el cansancio y los pies ardiendo por los esfuerzos, pero conseguí llegar sin percances hasta Arturo. Le conté que había burlado al monje guardián y al enterarse que había completado la hazaña sólo alabó "mis cojones" y no pude menos que sentirme alagado y complacido por mis esfuerzos.

Esperaba que me dijese que era, pero parecía tan confuso como yo. Quizás algún dios benevolente estaba de nuestra parte porque justo en ese momento, una compañera suya que si sabía de que se trataba llegó al parque escapando de los Nazzadis.

Ella lo reconoció, no entendí bien el nombre, pixum tal vez, pero no podría asegurarlo. De todas formas, eso no era lo importante, sino que necesitábamos alguien que supiera que hacer con él.

-Either sabrá que hacer con él -dijo la mujer, que respondía al nombre de Nerea.

-Pero Either se pasó al otro bando -dijo Arturo con disgusto.

-Es lo que ellos creen -dijo Nerea sonriendo con picardía.

Le tomó un segundo pero Arturo comenzó a sonreir. Luego, se giró hacia mí.

-Atacaremos a las 4:15. Si no quieres seguir, simplemente puedes esperar. Pero si quieres seguir ayudándonos, lleva este polvo al Asylum.

-¿El Asylum? ¿No es un enorme edificio que está junto al lugar donde se dió el concierto hace unas horas?

-Exacto.

-Erm... debo decir que he visto... algo, en esa azotea. Una criatura horrenda que parecía una pesadilla viviente.

-Si, me temo que es el guardián de Either, la mantiene allí, vigilada. Entenderé que no quieras ir...

-Iré.

Con el valor y la esperanza renovados me puse en marcha. No estaba lejos, pero al llegar, vi que un hombre se lanzaba de la azotea mientras profería gritos ininteligibles, como poseído. Me acerqué con renovado temor, aquella criatura parecía poseer poderes sobre la mente humana. Subí las escaleras metálicas rezando por no hacer ruido y me asomé a lo más alto de edificio. No había rastro de la criatura, sólo una luz en una de las esquinas, bajo un tejado de plástico velado.

Extremando la cautela, me interné en la azotea. Tenía varias estructuras sobre ella, triángulos de cristal como aquel del que provenía la luz, además de construcciones que obstruían la visión. Una tenía la puerta cerrada pero la otra mostraba entrañas de oscuridad. Me acerqué con cautela a la luz, evitando lo desconocido. Y cuando entré, justo avisté algo surgiendo por una esquina, pero no me detuve a mirar. Recordaba lo que su visión podía provocar.

En el interior de la estructura encontré a Either, observé que tenía más polvos como el que traía y además un líquido ambarino que brillaba en la oscuridad. Le dije que venía de parte de Arturo y que traía el pixum.

Me contó que no era el único que trataba de salvar a la humanidad y que varios valientes más habían aportado su inestimable ayuda pero necesitaba más. Necesitaba "Éter de vida", el líquido ámbar, para completar una bomba que podía debilitar al Conde. Le agradecí su información y me puse en camino de vuelta con Arturo pero cuando salía... él me cortó el paso. Conseguí escabullirme sin que me viese, pero estaba atrapado. La criatura me daba la espalda y acechaba con su mirada la escalera de subida.

No me quedó mas remedio que mirar al ser, esperando una oportunidad de escapar. Tenía unos brazos quitinosos, y muchas pequeñas patas bajo ellos que se movían con vida propia. Un enorme armazón cubría su espalda y un alargado cuello que acababa en una pequeña cabeza con varios ojos. A su espalda también había unas alas, deformes y agujereadas que hacían más imponente su presencia. Despedía un vapor oscuro que le dotaba de una apariencia digna de la mismísima muerte.

Escuché unos pasos que subían y un descuidado grupo llegó al tejado. Al instante, la criatura se avalanzó sobre ellos como un tigre sobre su comida, pero al ver que se acercaba, calleron de rodillas y comenzaron a formular un rezo pagano. La criatura se detuvo, complacida por su devoción. Conocía las palabras para salvarme de la criatura pero me preguntaba si a cambio entregaría mi alma.

A pesar de sus rezos al criatura les rondaba, pero al distraer su atención, pude escapar a sus espaldas.

Me tomó otro rato volver al parque, no tuvo nada de particular salvo el peso de mis pies y la fatiga de mi mente a tantas presiones.

Cuando llegué, quedé sorprendido. Varias decenas de supervivientes se habían alzado como multitud junto a Arturo y clamaban justicia, venganza y luchar contra los seres. Para mi gusto, estaban demasiado entusiasmados. Eran las 3:45 y armaban mucho revuelo, podían atraer miradas peligrosas. Mi intención era hablar con Arturo pero no fue posible. Con el ánimo subido, marcharon en dirección al Asylum a rescatar a Either. No estaba seguro de la sensatez de ese plan. Aunque fuéramos multitud, marchábamos contra un enemigo de habilidades desconocidas.

La marcha avanzaba a ritmo acelerado y más cuando el monje de las caderas surgió para atacar. Parecía llevar un aura de terror por bandera pues aunque eramos muchos más nos dispersamos. Por fortuna, se puso a perseguir a una apetecible presa colina arriba que gritaba aterrada. La mayor parte de la gente siguió a Arturo hacia la azotea aunque acordaron dividirse con Nerea. Una parte de la multitud iría con ella y esperaría la hora acordada para atacar.

Seguí de lejos a la multitud, luchando con mis propios límites humanos por seguir caminando. Llegué para ver las escaleras a la azotea repletas de gente. Escuché gritos, cánticos y una Nazzadi atrapando a una mujer ante nuestros ojos, separados sólo por una valla. En vista de la locura, me alejé un poco para obtener un plano más general.

La multitud rabiosa se dividía ahora en grupos más pequeños que iban por múltiples direcciones. Sin mayor información que la hora del ataque y decidiendo reservar algunas fuerzas para entonces, opté por sentarme entre un par de coches y esperar un rato.

Observé que tenía las piernas rajadas, con la emoción y locura de la noche ni me había percatado de mis heridas. Como ya estaban secas, no le di mayor importancia.





Vagué un poco por el aparcamiento y vi una mujer que parecía afectada por los susurros. Pedía a gritos histéricos que alguien la abrazase y se revolcaba en el suelo. Esperé a que pasase oculto tras los coches y me encaminé a la colina que había tras las gradas del anfiteatro. Di un pequeño rodeo pero llegué sin problemas. La colina carecía de luz, salvo la de la luna, así que me senté y esperé.

Vi al Conde en un anillo de fuego con sus allegados y vi a gente pasar y arrodillarse y otros seguir hacia el Asylum. Permanecí acechando, esperando la hora.

Una multitud se congregó en la colina. Me acerqué sin romper mi escondite hasta que pude distinguir a Nerea. Era el grupo de la resistencia. Se preparaban para usar un explosivo de gas para atacar al Conde pero me informó de que este sabía de su plan y de su ataque, así que no sabíamos que esperar. Nos infiltramos entre la multitud de adoradores y traidores a la humanidad y nos acercamos al acto final.

El conde comenzó a felicitar a los que ahora pertenecían a la Hermandad de la Bestia y mostró a las carcasas, criaturas sin mente que eran los que se habían opuesto a él.

Iba a seguir su discurso cuando una bomba estalló a sus pies. Arturo surgió entre los vapores y apuntó con su arma al Conde y disparó. La primera bala no ardió y todos temimos lo peor, pero luego, el estruendo del disparo llegó con la siguiente bala, y la siguiente, y la siguiente.

Y al acabar, el Conde... seguía en pie. Comenzó a reírse y con él, todos sus siervos, los Nazzadis, las criaturas, todos.

-¿De verdad creíais que las armas humanas podían matarme?

Pude ver como Arturo palidecía impotente ante la aparente invulnerabilidad del conde.
-Mis guerreros, daos un festín con su carne -dijo el conde.
Esas fueron las últimas palabras que escuchamos. Pensamos en escapar, pero las criaturas surgieron a nuestra espalda, acompañados de los Nazzadis, otros salieron de las sombras, criaturas sin nombre procedentes del mismo infierno. Tocas cayeron sobre nosotros, como si olieran a los que aún teníamos alma. Recuerdo una pila de cadáveres y verme atrapado entre dos doncellas guerreras que hundieron sus lanzas en mi carne mientras reían salvajemente y se regodeaban en la orgía de sangre.




Desperté a las horas, esperando que fuera un sueño, pero los cuerpos y restos que me rodeaban lo desmentían. Dolido, observé mis heridas y vi que no sangraban demasiado aunque dolían como el infierno. Sólo gracias a mi tamaño me había salvado de recibir un golpe letal. Las lanzas sólo habían cortado grasa. Me arrastré a mi vehículo y me alejé de allí sin encontrar rastro de nadie, como si nunca hubieran existido los monstruos.

Ahora cuento mi historia, para que todos se reúnan para defender la humanidad. Pronto, en agosto, las lunas se alinearan de nuevo y los siervos del mal resurgirán. De nosotros dependerá salvar a la humanidad.




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