17-06-2017 Atienza (SZ) - Hallazgo


Supervivientes:Ciudadanos de a pie que tratan de sobrevivir en un mundo cada vez más invadido por los zombis.
Zombis: Cadáver humano que vuelve a la vida. Estos no-muertos pueden matar y crear otro zombie al morder o arañar a cualquier ser viviente.
Zombi Zeta: son muertos que por particularidades fisiológicas y por ser muertos recientes conservan la capacidad de correr tras sus víctimas casi como si estuviesen vivos.
WRG: Una poderosa corporación que se extiende por todo el globo. Controla medios de comunicación. Tiene ejercito privado. Siempre en la escena del crimen, si hay un foco de infección allí está WRG. Cuidades destruidas, poblaciones masacradas, testigos silenciados son su firma. Pero nadie sabe cual es el objetivo de la corporación. Han creado lugares seguros que también han sido destruidos o infectados.
Resistencia: Los primeros grupos en organizarse contra WRG se autodenominaron "resistencia". Rápidamente cobraron fuerza entre la problación y se unieron cientos de seguidores. Se les culpa de varios desastres y muertes de civiles.









Sólo conocíamos la WRG de oídas. Muchos supervivientes lo mencionaban en sus relatos. La mayoría no lo presentaban como algo bueno, pero se había extendido el rumor de que iban a crear un lugar seguro no muy lejos de donde nos encontrábamos, con comida, agua y a salvo de los zombis, así que nos dirigimos allí.

Llegamos al lugar, Atienza, uno de los pocos lugares aún no asolado por los muertos, atraídos como muchos otros por las promesas de la WRG de un lugar seguro.

Eramos tres compañeros supervivientes y yo. Estaba Metal, un hombre robusto de poblada barba que imponía respeto con su sola presencia. Kaesar, que no conocía el miedo, aunque a veces ello le llevaba a pecar de temerario. Y por ultimo, la pequeña Ozú, que la habíamos adoptado al llegar sola y pérdida contando historias del maravilloso sur. Pero eso era en los viejos tiempos, ahora había escasez de alimentos y no le quedó mas remedio que irse. Era muy inocente pero tenía las manos largas, como demostró al agenciarse unos cuantos planos del pueblo.

El anuncio de que la WRG iba a crear un baluarte había atraido a gente de todas partes. Todos esperaban poder encontrar allí un auténtico refugio, estar a salvo. Su localización, el imponente castillo, fácil de defender y apartado de ciudades grandes, todo era ideal.

Asistimos a la presentación, esperanzados, pero todo se torció sin previo aviso. En medio del discurso, un hombre armado con un cóctel molotov atacó. Uno de los guardias se lanzó en medio del caos y salvo al alcalde pero otro pago el precio. Ardiendo en llamas vimos a un hombre caer por el balcón entre los gritos de la multitud. Mientras algunos trataban de socorrerle, el alcalde, impasible, felicitaba a su salvador y le ofrecían un puesto en la WRG. Cuando se internaron en el Ayuntamiento, un grito con la palabra “zombi” se alzó en el aire. Al instante, estallaron los chillidos entre la multitud y todos corrimos en desbandada, pero juntos, como ganado asustado.

La mayoría ni siquiera habían visto el zombi pero el terror que infundía su nombre era suficiente. No paramos hasta llegar a la iglesia de San Bartolomé.

Los supervivientes comenzaron a dispersarse, al igual que los rumores. Por aquí y por allá se escuchaba que se aproximaban zombis. También decían que las carreteras estaban cerradas hasta el amanecer y que nadie podría salir hasta entonces.

Recorrimos el pueblo, evitando a los no-muertos siempre que podíamos y escapando de ellos cuando no, siempre buscando respuestas o una salida. Obtuvimos lo primero en forma de lugareño.

Nos acercamos a él pero antes de poder entablar conversación, un zombi surgió y nos hizo escapar. Cuando pasó el peligro, volvimos con él.

Hablamos un rato largo y tendido, con cierta calma al haber pasado la amenaza inminente, pero pude discernir que en la aparente, inocente charla se ocultaba un interrogatorio muy sutil. Le contamos el ataque en el ayuntamiento pero no parecía muy escandalizado y no fue hasta que le mencioné que podría tratarse de rebeldes que dio un giro a la conversación. Nos confirmó que algo extraño pasaba y que en la cercana iglesia de la Trinidad había visto forasteros. Agradecidos por su ayuda, partimos colina arriba siguiendo uno de los mapas que Ozú había robado.

Subimos hasta un pequeño descampado con pista de baloncesto. Nos aseguramos de que nada se movía por él y nos internamos por unas escaleras de roca casi ocultas.

Subimos en silencio, con la iglesia justo encima de nosotros. Casi habíamos alcanzado el final, cuando nos detuvimos de golpe. Dos figuras se alzaban ante nosotros. Nos observaron y nosotros a ellos y entonces... hicimos una rápida señal con la linterna y la devolvieron. Aliviados de saber que eran vivos, seguimos subiendo.

Nos informaron de que el paso estaba bloqueado por un zombi y tras esperar unos momentos a ver si se marchaba, optamos por rodear en dirección opuesta, donde descubrimos una cuesta de tierra en total oscuridad. Subimos procurando no hacer ruido para evitar atraer la atención. Llegamos a la iglesia y la empezamos a rodear en busca de alguien.

Llegamos ante un miembro de la WRG que comenzó a explicarnos la situación, según su punto de vista claro. Los rebeldes eran los causantes del ataque y la WRG sólo quería hacer del pueblo un lugar seguro para la humanidad. Me callé mis dudas pero mis compañeros fueron demasiado emotivos y se dejaron guiar por el corazón al declararse firmes seguidores de la causa rebelde.

El hombre, sin mostrar signos de alterarse, nos ordenó ponernos de cara a la iglesia. Otro grupo de supervivientes se acercó y distrajo su atención. Mis compañeros esperaron, mansos, a que acabara pero yo tenía claro que su propósito no era otro que ejecutarnos. En cuanto se giró, salí corriendo con sigilo y me lancé a la cuesta de tierra. Me sorprendí al ver a mis compañeros aguardando tranquilos, de cara a la pared, sin sospechar nada Gesticulando con tanta fuerza que casi me desencajo el brazo al final conseguí que vinieran hacia mi en silencio.

Mi intención era escapar, pero mis compañeros expusieron un punto que no había contemplado, pedir clemencia. Si daba la alarma sobre nosotros, podía suponer un serio problema salir del pueblo, así que, con el corazón en un puño, volvimos cabizbajos esperando porque no hubiese tomado una firme decisión. Le expliqué que había convencido a mis compañeros de lo erróneo de su punto de vista y aunque manteniéndose algo escéptico, accedió a seguir hablando con nosotros. Para ello necesitaba primero una prueba. Debíamos sacar fotos de los zombis con la iglesia, ya que era muy conocida en la comarca, y así tendrían pruebas del ataque de la resistencia. No estábamos en posición de negarnos así que nos pusimos manos a la obra.

La tarea casi nos costó la vida a los cuatro, yo mismo estuve a punto de ser atrapado mientras tomaba la foto. Cuando uno de ellos se acercó a mi escondite, mi pulso se aceleró tanto que temí que viniese atraído por mis latidos. Pero al final, obtuvimos varias fotos y, satisfecho, nos señaló un lugar en el mapa al que debíamos dirigirnos, no sin antes felicitarnos por nuestra ayuda a la WRG.

Llegamos al lugar indicado y nos encontramos con una pastorcilla que tras seguirla para evitar a un zombi y escondernos bajo un puentecito, nos contó que era un miembro de la resistencia que se había infiltrado en Atienza para averiguar los planes de la WRG. Nos pidió que fuéramos a los juzgados, donde una compañera suya necesitaba ayuda.

Cuando salíamos, me sorprendí al ver en lo alto del puente a un zombi de cuclillas, presto para caer sobre nosotros. Salimos corriendo como si el mismísimo diablo viniera a reclamar nuestras almas.

Volvimos a pasar ante el amigable lugareño y a pesar de los terrores de la noche, le saludamos alegres de ver una cara amiga.

Pero nuestra alegría fue efímera, uno de los zombis zeta dobló una esquina y nos persiguió con hambre insaciable. Subiendo una brutal pendiente, me separé del grupo tratando de esquivar al muerto, cosa que logré al llegar a los escalones donde su avancé se ralentizó lo suficiente como para dejarle atrás.

Esperé a que pasara el peligro para seguir el camino de mis amigos y nos reencontramos en una calle paralela.

Llegamos a los juzgados y allí una mujer, de peligrosa mirada y una exuberante melena que le caía como una cascada de vino tinto, se presentó como miembro del grupo rebelde e investigadora jefe del llamado “Proyecto Burbuja”, el cual permitía paralizar a los muertos vivientes durante un periodo de tiempo limitado. El problema residía en que un espécimen había escapado y había tomado el sótano en el que investigaba y necesitaba una tarjeta de datos. Ella estaba herida así que nos pidió ayuda.

-Ah y, es sordo, así que hablar cuanto queráis -dijo desde la entrada.

La entrada al sótano estaba cargada de un ambiente opresor. El lugar era un caos y no había luz alguna. Fuimos descendiendo, muy poco a poco, reconociendo el terreno, con linternas teniendo en cuenta que no había otra opción. Cuando casi habíamos llegado abajo, un terrible grito llegó del fondo y el sonido de pasos corriendo. Salimos de allí a empujones y cerramos la puerta presas del pánico. La criatura arañó buscando la salida pero al poco se marchó escaleras abajo

Volvimos a intentarlo. Yo sudaba sin parar por una mezcla de miedo y el ambiente cargado del sótano. Viendo que si íbamos todos a la vez sólo incrementábamos el peligro, Kaesar se ofreció voluntario. Bajando armado sólo con una linterna y con unos, con perdón, huevos como dos castillos, se internó en el sótano. Aguardamos con la puerta abierta en la salida del sótano para no interponernos en su ruta de escape. Nos llegaron ruidos de pelea y un grito de advertencia. Ozú pudo mirar a los ojos sin vida de la criatura y huyó aterrada pero consiguió recobrar la compostura y volver para cerrar la puerta. Las uñas del zombi, manchadas de sangre contaminada, pasaron casi rozando su rostro.

Nos miramos temiendo lo peor. Llamamos a Kaesar a gritos, preguntando por su estado, pero no fue hasta después que supimos que helado por el pavor, aguantaba con el muerto a escasos centímetros, olfateando, buscando. Sólo la oscuridad absoluta lo salvaba de ser descubierto, pero tan cerca como estaba, temía hablar y que el simple aliento le delatara. Tras unos momentos, los más terribles de su vida según nos contó, el zombi se alejó y pudo gritar que abriéramos la puerta. Subió corriendo con la muerte en los talones y cerramos para siempre la puerta a ese temible infierno.

La mujer nos dio las gracias y nos despidió sin mucha ceremonia. Nos dijo que en el ayuntamiento podríamos encontrar a cierto hombre con el que debíamos hablar, otro de los suyos que necesitaba ayuda.

La ruta más corta era muy peligrosa y mientras debatíamos como actuar, una furgoneta comenzó a acercarse desde el final de la calle. Circulaba muy despacio, y nos temimos que algún zombi pudiera seguir su rastro y se ocultara de la vista. Varios nos inclinamos para mirar pero no había pies así que nos relajamos, no obstante, el instinto me gritaba que algo no estaba bien, así que me puse tras un coche, agachado, esperando que pasase. Una chica estaba más adelantada que yo y cuando por fin la furgoneta la rebasó, escuchamos su grito.

-Está detrás, está detrás -grito mientras volaba más rápido que un halcón.

Ambos se perdieron en la lejanía pero la joven no flaqueaba. Tomamos un callejón para evitar aquella peligrosa zona y llegamos a la plaza central dando un rodeo. Por extraño que parezca, incluso en ese caos había lugar para un bar, al fin y al cabo, esto es España. Tomamos algo esperando a que la saturación de supervivientes abandonara el ayuntamiento, ya que la gente acudía allí perdida y desorientada.

En la espera, presenciamos con pavor como ante nuestros ojos una muchacha era atrapada por uno de los zetas. Sus gritos nos llegaron, desgarradores, seguidos del sonido del masticar y desgarrar de la carne. La gente seguía amontonándose en el ayuntamiento, luchando por entrar y no estar a la intemperie, más aún con los alaridos de agonía de la muchacha.

La zombi se puso a perseguir a otro superviviente y al poco, unos soldados avanzaron, despejaron y aseguraron el lugar. Llegó el alcalde acompañado de su salvador para presentarlo a uno de los jefes de la WRG. El ejecutivo resultó ser el hermano del soldado pero, lejos de alegrarse, le lanzó un ultimátum.

-Tienes hasta las 5:45 para salir del pueblo... o te mataré -fueron sus siniestras palabras.

Tras su amenaza, se marchó y con él los soldados. La gente que se había agrupado aprovechando la momentánea seguridad se dispersó, pero para nuestra consternación, sólo sirvió para que más supervivientes tratasen de entrar al ayuntamiento. Viendo que hablar con nuestro objetivo podía ser imposible, seguimos al ejecutivo esperando obtener respuestas o una oportunidad de escapar. Le seguimos hasta lo más alto del pueblo, a la plaza de toros donde un muerto paseaba como perro guardián.

Cuando le alcanzamos, me acerqué a tratar de convencerlo, pero no tenía mucho que ofrecer y Ozú, inocente, mencionó a su hermano, cosa que lo alteró y que provocó que nos echara sin miramientos.

Nos reunimos para debatir como proceder, pero nuestras elucubraciones fueron interrumpidas por un zeta. Actuaba extraño, acechando desde la esquina como una bestia. Lo contemplamos unos instante dudando sobre qué hacer cuando una horda de muertos surgió tras él y salimos a todo correr hacia un callejón que llevaba a la cuesta de la iglesia. Un soldado muerto se lanzó hacia mi desde las sombras con la boca abierta, presto a devorarme. Sin un instante para pensarlo me lancé a la negrura del barranco, trastabillando y sufriendo varios cortes en la mano al chocar con una roca. El zombi, al perderme de vista, también perdió el interés.

Marchamos raudos de vuelta al ayuntamiento y esta vez, conseguimos acceder al interior. Allí aguardaba ni más ni menos que el hermano desdeñado y amenazado, que lejos de desalentarse, seguía luchando. Nos dijo que el atentado había sido planeado con la resistencia para acercarle a su hermano y que aún necesitaba ayuda y tiempo para convencerlo. Una muchachita rubia entró asustada, interrumpiéndole, y preguntó si se podía esconder. El soldado, hermano del directivo, se asomó y nos informó de que estábamos sitiados por una horda. Varios se arrastraban por el suelo, como atontados, esperando una presa que les abriera el apetito. Nuestro benefactor nos indicó que no podía matarlos a todos, así que nos cubriría lo mejor que pudiese. Tomó a Ozú a su cuidado y salió con ella a la cabeza. Metal y Kaesar les siguieron, evitando a los muertos del suelo que comenzaban a alterarse. Le tocó el turno a la muchachita, que viendo que salíamos decidió aprovechar. El problema fue que el miedo comenzó a envolverla. Miraba donde pisar entre los muertos que se agitaban y dudó. Al final, cuando comenzó a cruzar, una mano aferró su tobillo y todos se alzaron para el festín. Sin hacer ruido, di pasos hacia atrás y me oculté tras la pared, subiendo por las escaleras.

Escuché gritos, gemidos y lamentos. Cuando la cosa se calmó, me atreví a asomarme de nuevo a la calle. Estaba despejada la entrada, pero no muy lejos estaba la horda, de espaldas a mi. Me armé de valor, acercándome sigiloso a un callejón que anteriormente había visto. Uno de ellos se giró hacia mi y comenzó a lanzar sus balbuceos, pero corrí cuesta arriba donde no había luz alguna y perdieron las ganas de seguirme. Allí me encontré con Metal. Me contó que había escuchado a Kaesar gritar y que se habían separado. Fuimos por el monte, pegados a las últimas casas del pueblo. Dimos un rodeo hasta toparnos con Ozú. Nos contó que habían mordido a Kaesar pero que tenía salvación, había ido con unos soldados a que le administraran una cura.

No sabíamos muy bien que pensar de ello pero rezamos para que estuviese seguro. Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de que no sabíamos a donde debíamos ir a continuación. Optamos por otra pista que habíamos escuchado en el bar, la zona de la piscina. Fuimos hasta el lugar donde estaba Kaesar, pero de camino hacia él, varios zetas nos salieron a la espalda a perseguirnos. Les sacábamos ventaja y cuando llegamos instamos a Kaesar a que corriera y nos fuimos pendiente abajo sin poder preguntarle por su estado. Las piscinas estaban francamente lejos, y nos tomó un rato llegar.

Allí, nos encomendaron una misión que, en honor a la verdad, parecía una invitación a la muerte. Teníamos que buscar a cierto zombi que llevaba un líquido brillante, un líquido explosivo, es decir, teníamos que acercarnos a un muerto a robarle. Ni con el mismo Arsenio Lupin de nuestro lado me atrevería a semejante empresa, pero no parecíamos tener muchas opciones. Volvimos de nuevo, subiendo por un camino estrecho en la colina, evitando el pueblo.

Como no sabíamos para donde ir, pensamos en el alcalde al que habíamos visto no lejos del ayuntamiento. Llegamos a la entrada de una plaza paralela a la principal. Kaesar se adentró primero, con su habitual bravura, para inspeccionar. Se encontró con el alcalde y nos hizo señas, pero cuando nos acercamos una zombi zeta apareció en la mismísima cara de Metal. Se lanzó a su cuello y comenzó a devorar a nuestro compañero. Ozú y yo no tuvimos más opción que dar marcha atrás. Descendimos por una calle, esperando dar un rodeo. Pero nos topamos con otra horda y nos vimos obligados a escapar. En nuestra huida, nos equivocamos y acabamos en el más tenebroso callejón, sin luz alguna y sin salida, con vallas en ambos lados, pero también con mucha vegetación. En la oscuridad, esperamos a que nuestros verdugos vinieran a reclamar nuestras cabezas. No me atrevía ni a respirar y Ozú no estaba mejor, tramblando como un flan.

Los muertos comenzaron a pasar, siguiendo la luz de la calle, ajenos a nosotros, respiramos y justo en ese fatídico momento, comenzó a sonar una alarma de mi móvil. Casi sin aliento lo apagué, con el frío sudor del pánico cegando mis ojos. Los muertos se alejaron, ignorando el ruido del móvil. Quizás por la distancia, quizás porque tenían el oído afectado, en cualquier caso, suerte para nosotros y cuando creíamos que todo había pasado, un arbusto comenzó a moverse. En mi fuero interno no pude evitar pensar “¿¡¡Y ahora que cojones pasa!!?”. Esta vez, Ozú me agarró el brazo y no pude dejar de pensar que era más fuerte de lo que parecía porque me estaba retorciendo de dolor por lo mucho que apretaba. Nos aseguramos de que los zombis se habían ido y salimos a toda prisa del callejón sin indagar que demonios era lo que se movía allí dentro.

Esta vez si tomamos el callejón indicado y llegamos donde había fallecido Metal sólo para descubrir que Kaesar había corrido la misma suerte. El alcalde nos informó de que teníamos que ir al matadero y que lamentaba lo de nuestro amigo.

Sin tiempo para llorar a nuestros amigos caídos, fuimos para donde nos había indicado, pero de camino nos separamos. Ozú quería ir al bar, beber y olvidar todo pero yo necesitaba saber. La dejé con un grupo que iba hacia allá y fui al matadero, solo. Llegué, sólo para encontrarlo cerrado. Un soldado de la WRG me informó de que era tarde y que el directivo iba a anunciar algo en la plaza. Me felicitó por haber llegado allí y por la ayuda que había ofrecido a la corporación.

Volví a la plaza y no hallé rastro de los muertos. Una vez allí, el directivo expuso a su hermano, listo para ejecutarle pero, en el fondo, no podía. Ordenó que le echaran, pues aún debía haber algo de bondad en su corazón y se lo llevaron. Sus hombres dispersaron a la gente, abriendo por fin las carreteras.

Me encontré con Ozú y nos fuimos del pueblo con una mezcla de emociones extraña, apenados por las pérdidas pero alegres por haber sobrevivido y, en mi caso, deseoso de saber más. Aquello, acababa de empeza
r.








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