05/08/2017 Toro (Zamora) - La Hermandad

Toro (Zamora) - Siglo XVII.

Felipe IV se encuentra bajo la influencia de un culto llamado La Logia del Crepusculo de Plata que venera la muerte por encima de todas las cosas y ostenta la autoridad religiosa en el Reino Español.
Dirigen la vida espiritual del reino con mano de hierro y cualquiera que se desvíe de su doctrina es acusado de hereje y juzgado por el tribunal de la inquisición.
Pero los Hijos de la Luz tienen en su poder un artefacto con el que planean liberar el Reino de España de la influencia de la Logia.





El sol se ponía tiñendo el horizonte de un dorado tan fino y perfecto que ninguna tejedora podría alcanzar tal maestría jamás. Mientras disfrutaba de la belleza de aquel atardecer, recordé el serio asunto que me llevaba a Toro. El Santo Padre estaba preocupado, muy preocupado por los rumores de que España estaba siendo dominada por una Logia que alejaba a su rey de la fe cristiana y que amenazaba con acabar con los creyentes que no prodigaban adoración a sus creencias paganas y su culto a la muerte. Mis órdenes eran averiguar la magnitud del peligro y decidir si era necesaria invocar la santa cruzada para purgar esas tierra de todo mal.

Aunque la misión era un honor, también sabía que me mandaban como un miembro prescindible de la Iglesia, puesto que varios emisarios habían desaparecido en esa tarea. No obstante, no me quedaba más remedio que obedecer al Padre Supremo.






Llegué poco después de ponerse el sol, con los últimos tonos azules desvaneciéndose del firmamento. Me acerqué a la parroquia de Santa María la Mayor a presentar mis respetos ante el sagrado lugar, luego escuché a unos lugareños en el jardín próximo que hablaban del aumento de la presencia de la Logia en el pueblo. Me acerqué a la plaza mayor y escuché a dos caballeros hablando, con tono más alto de lo debido, seguramente por la bebida, del estado actual de España y la arrogancia cada vez mayor de la Logia. Uno de ellos sin duda era un viejo soldado de los tercios españoles y el otro parecía más un pensador.

Estaba sentado cerca, disfrutando de un refrigerio. Ellos se levantaron y se disponían a marcharse cuando un inocente roce con un hombre desencadenó una afrenta. El viento me impidió escuchar su charla pero por su forma de actuar, el joven intelectual usó su afilada lengua con el caballero y el espadachín se dispuso presto al duelo, duelo que por suerte, aceptó su amigo ya que supuse que de haber sido el joven, habría sido algo breve. Lucharon con presteza, las espadas volaban veloces, buscando cualquier hueco en el rival para otorgar su mortal beso. Reconociendo sus habilidades, ambos se presentaron; Íñigo de Torres era el ex soldado de los tercios, Pablo de Rojas era su oponente. Pero su trifurca fue interrumpida por un enviado de la Logia, los necesitaba para localizar y liquidar a dos ingleses que habían llegado a Toro. Íñigo quiso saber de que se les acusaba, pero no le respondieron. Con un grito, el monje de la Logia desencadenó el pánico al surgir sus bestias tras las columnas del ayuntamiento.





Con los zombis libres, todos los que estaban observando el duelo escaparon en todas direcciones. En mi huida, varios muertos estuvieron a punto de atraparme pero conseguí evitarlos. Aquello no era nada tranquilizador, los informes del Santo Padre eran ciertos, los muertos volvían a la vida y aquella extraña Logia tenía poder sobre ellos.




Pero aún era pronto para emitir juicios y opté por acercarme al alcázar de Toro, quizás allí algún soldado de su majestad pudiera ayudarme, pero al llegar, la muerte ya plagaba el lugar. Muertos por doquier, sus gritos impregnando la noche junto a los gritos de sus víctimas. El lugar estaba cerrado y en apariencia desierto, pero la puerta se abrió para descubrir el mismísimo Íñigo. Otras personas esperaban para entrar pero los muertos no se alejaban del portón. Me acerqué a preguntar a un grupo de jovencitas y me informaron de que dentro había un arsenal y que otras personas querían acceder a él para defenderse del peligro inminente.

Esperé, buscando una oportunidad pero tras muchos minutos decidí buscar información en otro lugar. No tardé mucho en volver a pensármelo. Di unas vueltas pero se demostró que era más peligroso ir desarmado que ir al alcázar. De regreso la situación no había mejorado, tuve que esperar otro rato, pero finalmente accedí a él.


Íñigo nos explicó que, en efecto, había armas, pero que si queríamos acceder a ellas debíamos llegar a la armería que estaba al otro lado del patio y en este había tres no-muertos. También nos pidió una para él, pues había perdido la suya al encontrarse con los zombis. Yo y otro nutrido de grupo de gente que esperaba encontrar algo con lo que defenderse entramos. Avanzamos muy despacio, aprovechando las sombras próximas a los muros y aunque en varias ocasiones los zombis pasaron a escasos centímetros de nosotros, varios consiguieron alcanzar el arsenal y traernos armas para todos. Les agradecí su ayuda y luego salimos corriendo con todas nuestras fuerzas para dejar atrás a los no-muertos.

Antes de salir, Íñigo nos mandó a buscar a Pablo, aunque no perdió ocasión de añadir un insulto al final del mensaje. 







Llegué al lugar que me había indicado y una vez más, entre con gente, aunque en este caso buscaban obtener el beneplácito de la Logia, ya que eran la única oportunidad de sobrevivir en ese pueblo. Pablo nos propuso otorgarnos su visto bueno, algo necesario para que siquiera se plantearan aceptarnos en la Logia, si superábamos una prueba de valor y habilidad. Había una sala llena de zombis y necesitaba limpiarla. Nuestra tarea era hacerlo por él. Me ofrecí voluntario y me sentía seguro al ir armado, pero mi orgullo me llevó al exceso de confianza. Entré en la sala y me lancé al no-muerto más próximo. Le cercené las extremidades pero cuando me disponía a enfrentarme con el segundo, un gruñido en mi oído me alertó de que tenía a uno a mi espalda, pero fue demasiado tarde. Sólo la protección divina del Altísimo me permitió escapar de sus garras, rodé perdiendo mi espada y salí malamente de la sala.

Una vez fuera, miré a mis compañeros avergonzado por mi derrota y mi soberbia. Aun así, estaba agradecido de seguir con vida y aprendí una valiosa lección, humildad y observación.

Entró uno de mis compañeros y, aunque con dificultades, acabó el trabajo. Satisfecho, Pablo nos mandó con uno de los hermanos de la Logia. Este esperaba en un patio cercano y allí, nos pidió reunir unas velas y un cáliz que había escondidos en el lugar. Un pequeña prueba más antes de aceptarnos como parte del culto y con esos elementos realizaríamos el ritual de iniciación. Aunque tenía mis reservas, esa era una excelente oportunidad de saber más sobre ellos. No tardamos en encontrarlos y el miembro de la Logia nos hizo reunirnos en un círculo en torno a las velas, luego, extrajo sangre de una de las criaturas y nos dijo que todos debíamos beber. Aquello me resultó preocupante, la sangre de aquellas criaturas era mortal, pero nos aseguró que si bebíamos del cáliz no nos pasaría nada. Como las salidas estaban cerradas y, a pesar del peligro, era la ocasión de conocerlos, bebí, al igual que todos.

-Ahora, sois miembros de la Logia y en la Logia, todos somos iguales. De la vida, la muerte y de la muerte, la vida. Recordarlo. 






Nos puso una marca, una runa, que abrasó nuestra piel pero sin dolor. Después, nos mandó a buscar a un miembro de la Inquisición. Lo encontramos en una plaza, muerto de frío y abatido, más aún cuando le informamos que nos enviaba la Logia.


El también había escuchado algo de los ingleses, pero necesitaba más información y sólo una dama de la Logia la tenía, una que vagaba cerca de la calle de la Reina. El problema fue que al llegar no estaba y dimos varias vueltas, escapando de la muerte varias veces. A pesar de todo, como estábamos por la zona, acabó llegando paseando como si nada, rodeada de su séquito de no-muertos. La mayoría huía de ella pero nosotros ahora eramos sus hermanos. La Logia ayuda a la Logia, y ella nos facilitó la información, sin pedir nada a cambio. Me sorprendió su generosidad y hermandad que nos prodigaba sólo por ser uno de los suyos. Aunque sus no-muertos, algo más ariscos, nos miraban como si fuéramos un plato apetecible.


Volvimos todo el camino para informar al inquisidor. Uno de los ingleses era nada más y nada menos que el príncipe de Gales y planeaba casarse con una princesa española para salvar el reino. El otro era un duque, el guardaespaldas del príncipe. El inquisidor también había averiguado algo, que uno de ellos estaba escondido en unos baños públicos cercanos a donde acabábamos de ir. Nos pidió que fuéramos a ayudarle. La situación seguía sin ser muy clara así que opté por seguir el juego a ver que más podía averiguar.


Llegamos a los baños y tal y como nos había dicho, allí estaba uno de los ingleses, el príncipe. La compañera que venía con nosotros recalcó lo “guapísimo” que era. Nos contó lo que ya sabíamos, el tema de su matrimonio y añadió algo más reciente. Uno de los asesinos que habían contratado los miembros de la Logia le había encontrado pero cuando se disponía a dar el golpe de gracia... le había perdonado. Tras la breve historia, nos pidió ayuda. Fuera, en un parque cercano, había perdido una bolsa con doblones de oro. El no podía salir porque todos le buscaban pero necesitaba ese oro para escapar de allí. Salimos en su busca y tras unas cuantas carreras con los zombis acosándonos, volvimos con su oro.

Teniendo dinero, necesitaba a su guardaespaldas y al conductor de su carruaje. Sabía donde estaba el primero, cerca de la santa parroquia. Atravesamos una vez más el pueblo pero de camino, en la plaza del pueblo, vimos que algo ocurría.


Íñigo se encontraba en el yugo, acusado de traición y de haber dejado escapar a los enemigos de la patria española, los ingleses, que tenían en su poder un artefacto capaz de afectar a los no-muertos. Pero antes de poder llevar a cabo la ejecución, el Inquisidor lo salvó en nombre del rey Felipe, dejando a Íñigo bajo la protección de su majestad.

Malaquías, el señor de la Logia, furioso, nos mandó a todos los presentes que le trajéramos la reliquia. Como no sabíamos ni como era la reliquia ni donde estaba, seguimos nuestro camino donde lo habíamos dejado, con el caballero, que era duque, aunque ahora ejercía de guardaespaldas, y lo encontramos en las escaleras traseras. Un elegante caballero de blanco. Nos dijo que había perdido la pista de su cochero, un hombre de chaqueta marrón y camisa blanca. Necesitaba asegurarse de su estado y conocer una marca que llevaba en su brazo. Por lo visto, le había mandado a buscar cierta información y tenían un código para en caso de necesidad, un código que se escribiría en su brazo.

Partimos en su búsqueda pero no muy lejos, en la calle principal, nos topamos con un nutrido grupo de zombis de blanco. Eran muertos recientes y aún tenían la capacidad de correr muy rápido. Los despisté, pero también perdí en el proceso a mis acompañantes. Intenté encontrarlos pero con los no-muertos por doquier, no pude dar con ellos. Así que proseguí mi búsqueda, lanzando una rápida oración para que se encontraran bien.


Durante horas, vagué por las calles sembradas de muerte. Unos amables jóvenes me informaron de lo que parecía el símbolo y yo estaba seguro de que el muerto era uno de los que me había mirado con apetito hacía rato, pero cuando volví con el caballero, me dijo que el símbolo no tenía sentido, que debía encontrar al cochero y comprobarlo. Bastante frustrado por la larga búsqueda, volví a ponerme en marcha. 








Me llevó otro rato más, pero por fin lo encontré. Era parte de la horda que acompañaba a la hermana de la Logia, tal y como recordaba.


Nunca pensé que pudiera plantearme mis principios pero al verlos, su simplicidad, su amor entre hermanos. En la Iglesia católica todo es jerarquía y a los más altos cargos sólo se llega con dinero y donaciones que acaban el manos de los corruptos que viven como reyes mientras que el bajo clero son los que trabajan y son de verdad humildes de corazón. La Logia sin embargo no era así, todos eran iguales. Me acerqué, libre de todo miedo. A diferencia de otros que sólo veían monstruos, yo empezaba a vislumbrar a una auténtica hermandad.

-Hermana -dije, viendo que al momento paraba a sus criaturas-, me envían buscando a un hombre de chaqueta marrón y camisa blanca.

-Si, éste de aquí, no eres el primero al que mandan.

-Me envía uno de los caballeros ingleses, enemigos de la Logia. Podríamos ir a por él ahora, pero si me ayudas, podemos hacerlos salir a todos, a todos los conspiradores que tratan de enfrentarse a la Logia.

No estaba seguro de cuanto de eso sentía, pero sabía que mi hermana de la Logia no pondría en duda mis palabras. Como esperaba, una vez más me ayudaron con verdadera familiaridad. Le mostré mi símbolo de la Logia y ella, amable, destapó en persona el símbolo del no-muerto. Lo grabé en mi cabeza y dando las gracias, volví con el caballero a paso tranquilo. Sabía que mi hermana no me atacaría y así fue.


Volví con el amable caballero que me había tenido horas dando vueltas mientras él esperaba a la bartola. Le dije que su siervo estaba muerto y en manos de la Logia y le dibujé el símbolo en la arena. De ahí me envió al que hacía horas había estado bebiendo con Íñigo, el joven de lengua afilada.


Sin duda era un hombre ilustrado en el que hallé afinidad. Sus poemas eran auténticas maravillas capaz de emocionar al más duro de los hombres. Por respeto no citaré ninguno ya que no son de mi autoría. Tras una charla en la que, con orgullo debo añadir, le ayude a acabar algunas bellas estrofas, me indicó que mi viaje concluiría con el señor de la Logia.

De nuevo y por última vez, recorrí el pueblo hasta un portón donde aguardaba Malaquías, pero me informó del hallazgo de la reliquia y de que Íñigo la tenía y que estaba en el centro del pueblo. Malaquías tenía un plan pero no me conocía y no terminaba de fiarse, es más, no se molestó en controlar a su zombi mascota que me persiguió un trecho.


En la plaza, dos hombres llegaron, cada uno presentando sus argumentos, tratando de seducir a Íñigo. El primero, el príncipe, que pedía que se la devolviese, pero Íñigo se negó. Primero de todo era un soldado de los tercios españoles, no iba a darle las llevas del reino al enemigo. El segundo, el propio Malaquías, que prometía llevar al país a su máxima gloria. Pero Íñigo también le negó a él la reliquia, no se fiaba en absoluto de la Logia.

Malaquías entró en cólera e invocó todo el poder de la Logia del Crepúsculo de Plata. Millares de no-muertos aparecieron desde cada calle, desde cada esquina y desde cada rincón. Pude ver que me ignoraban, protegido por mi marca de la Logia, pero todos los demás eran devorados y despedazados, aunque alcancé a ver a Íñigo escabullirse de la matanza con la reliquia, dejando un mar de muerte tras haber provocado a poderes superiores a él.





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