12/08/2017 La Cala de Mijas (Málaga) - Piratas

En el interior de España sólo quedaba muerte. Con mi familia descansando bajo tierra y toda Madrid infectada, emprendí rumbo a la costa, esperando encontrar a los pocos parientes que me quedaban. Fue una auténtica odisea pero conseguí llegar a la provincia de Málaga. Cuando estaba a punto de caer exhausto, vi un pueblo en el crepúsculo del día.



Alozaina, un pueblo cercano a la costa que era donde vivían mis parientes, o esperaba que aún viviesen. Encontré cobijo en un hotel abandonado. Había una llave para una de las habitaciones individuales y decidí probar suerte. Era un zulo, con una ventana a un patio interior y sin ventilación. No tenía baño, así que exploré el piso esperando encontrar agua en la cisterna. Lo encontré pero apestaba a pintura, alguien la había derramado por toda la bañera. Supuse que quien fuese escapó con prisa y no se molestó en limpiar. Descansé abrumado por el calor y partí al día siguiente en dirección a Mijas.



Era un pueblo emergente. Al no quedar gasolina y no haber más sistema de transporte que sus burros, todos los que quisieran transportar mercancías usaban uno. El pueblo se había convertido en una fortaleza. Aprovechando su situación en la ladera de una montaña, habían sellado los principales pasos con barricadas. Me dejaron entrar a comerciar, pero sólo durante unas horas. Me quedé en sus jardines, durmiendo unas horas, libre de la amenaza de los no-muertos. El pueblo se mantenía animado y las vistas seguían siendo increíbles. Unos de los lugareños me dijo que allí quedaban pocos zombis. Al pareces, cuando todo empezó, las masas, igual que ganado, habían acudido todos a la costa esperando hacerse a la mar. El resultado fue una carnicería indescriptible, millones de muertos.

Le pregunté entonces que cómo era posible que estuviese tan tranquilo, y resultó que los no-muertos, en su limitada inteligencia, en ausencia de vivos y ruidos, se veían atraídos al mar por el oleaje y que ellos solos se internaban en las profundidades ignotas del gran azul. Por muy resistentes que fuesen, el oleaje, las rocas, los animales y los ilimitados peligros acababan con la mayoría. De vez en cuando alguno era escupido de vuelta, pero estaban tan hinchados y abotargados que apenas podían moverse.

Algo más tranquilo al saber que no había muchos muertos, seguí por la costa buscando el pueblo de mis tíos. Me topé con una antigua fortaleza pero los amables ocupantes me lanzaron una lluvia de flechas en cuanto me acerqué, así que seguí sin detenerme mucho allí.



De camino una vez más, una gran multitud llamó mi atención en la Cala de Mijas. Me acerqué a un grupo de supervivientes y me explicaron que un capitán estaba buscando nuevo personal para su tripulación. Aquella noticia había atraído a centenares de personas que esperaban encontrar un futuro en alta mar. El anuncio se haría poco antes de media noche así que esperé con los simpáticos supervivientes. Me contaron sus aventuras, quedándome claro que eran más veteranos que yo en el asunto de los zombis. Aún así no tuvieron reparos en contarme algunas epopeyas pasadas y fascinantes teorías sobre la luz en el cuerpo humano. Aunque me moría por poner en práctica las teorías que me ilustraban, en especial con los excelentes sujetos de pruebas que se veían por la playa de la Cala (algunos incluso se presentaban voluntarios por si no fuera bastante tentador), decidí que necesitaba un baño antes del anuncio. Llevaba todo el día andando y me sentía pegajoso por el sudor y la humedad. Ya era de noche, pero me dirigí a uno de los extremos y, a pesar del fuerte oleaje, me di un buen chapuzón. Las olas me golpearon fuerte pero lo que me dolió fue una oscura piedra cuyas espinas aún llevo clavadas.

Fresco, aunque cansado, volví al parque de la Butibamba donde conseguí algo de comer y beber. Estaba disfrutando de mi primera comida en días cuando un pequeño grupo llamó mi atención. Les escuché cuchichear algo de su capitán y de que entre la multitud estarían a salvo, pero hablaban bajo y no entendí mucho más. Vieron algo y salieron corriendo. Al momento, una voz se alzó entre el gentío, era el capitán.

La primera impresión no auguraba nada bueno. Con una pose chula, arrogante, creída, se dirigió a la multitud como si fueran escoria. Aunque se explayó en su explicación, el mensaje era claro, unos supuestos traidores le habían robado algo y lo quería de vuelta. Al que se lo llevase se ganaría un lugar en su tripulación. Además, como pequeño aliciente, había liberado zombis para limitar a los traidores y ocupar con ellos las salidas del lugar. Algunos llegarían al pueblo pero no parecía importarle las bajas civiles.

Como suele pasar en estos casos, uno empezó a correr y el resto, sin saber siquiera porqué, le imitamos y nos esparcimos por doquier. Seguí al grueso del grupo hasta una gasolinera abandonada, pero entonces me pregunté si quería ser uno más o si quería ser el primero en encontrar el objeto robado y tener oportunidades reales de escapar, así que cambié de ruta. Volví siguiendo mis pasos. Al hacerlo, pude ver a dos no muertos, pero fui lo bastante hábil como para no ser visto por ellos. Así seguí un buen trecho, evitando con la noche a aquellos zombis que parecían capaces de alcanzarme corriendo.

No fui el primero, pero al menos tampoco el último. En el rincón más alejado di con el capitán. Como no terminaba de fiarme de él, le observé oculto entre los arbustos y las palmeras, tratando de medir que podía esperar de él. Mientras, él mataba a varios zombis sin dificultad aparente.

Varios grupos se acercaron y finalmente, unos se pasaron de listos. El capitán hizo que los ataran y me acerqué a ver si podía ayudar. El capitán, hacha en mano, declaró que si no le llevábamos una foto con un no-muerto cerca o muy cerca, los liquidaría. En principio era una prueba de valor, para ver si podíamos ser parte de su tripulación, aunque en el fondo a mi me dio más la impresión de que era un capullo arrogante y que quería poner en riesgo vidas humanas por el mero placer de poder hacerlo.

Nos jugamos la vida pero conseguimos una foto. El capitán, más que impresionado parecía aburrido y decepcionado de no poder matar a los rehenes, pero cumplió su palabra y los liberó. Nos mandó a ayudar a uno de sus compañeros y recordó que quería encontrar lo robado y añadió que estaba en un maletín. No era de mucha ayuda pero mejor que nada.

Su compañero no estaba muy lejos pero andar por la arena era muy complicado y no tardé en aproximarme a la zona cubierta por tablones para poder caminar normal. Varios muertos rondaban cerca de donde se escondía el hombre y tuve que arrastrarme por la arena para llegar a él.

Resultó ser un tipo recio armado con un bate de beisbol que nos dijo que los traidores usaban un código para comunicarse y nos informó de donde había una parte de este que podíamos usar para descifrarlo y que nos llevaría a uno de los traidores. Fui a donde me indicó y pasé varias veces por allí buscando a alguien. En mis paseos, me topé con uno de los rebeldes. Lejos de ser un villano como lo pintaba el capitán, era un hombre entregado a la razón y se ofreció a dialogar con nosotros y nos planteó varios dilemas morales referentes a ayudar a su capitán.

Aun así, no le correspondía a él decirme a quien ayudar, así que seguí buscando el código. Me tomó un rato más y no fue hasta toparme con un superviviente que me hizo ver lo evidente. Que el código no lo tenía alguien, estaba en el suelo. Dándome de cabezazos contra la pared, le saqué unas fotos y volví con el tipo del bate a toda prisa esperando que la pista me llevara al líder rebelde para dialogar con él.



Una vez más, acercarme a la playa fue peligroso y me tomó un rato, sólo para llegar y ser reenviado a otra localización a buscar la clave para descifrar el código. Una vez más, tuve que dar varias vueltas, llegando incluso a contemplar al terror de una horda que se adueñaba de las calles, haciendo casi imposible el paso.

Una vez más, con ayuda de otro superviviente, encontré los códigos y los tradujimos. Se trataba, en efecto, de uno de los rebeldes y estaba oculta en un viejo barco varado. Como no me conocía de nada y no podía saber quienes eran los lacayos del capitán, me pidió agua de mar para limpiar una herida y tras esta pequeña muestra, decidió dar el siguiente paso. Me mandó a buscar a un piloto, supuse que el del barco, que estaba al otro lado del pueblo, para informarle de que ella estaba bien.

Tuve que dar varios rodeos pero llegué tarde. Otros supervivientes con menos escrúpulos habían vendido a los rebeldes y el capitán reunió a todos en el parque. Se colocó tras la protección de una valla de hierro. Todos los presentes pensábamos que era para protegerse de nosotros y que no impidiésemos que llevara a cabo la ejecución. Por desgracia, iban fuertemente armados y la consumaron, pero no acabó ahí. El ruido atrajo a las hordas de muertos que entraron por el único camino que había. Atrapados, salvo el capitán, su tripulación y los que habían traicionado a los rebeldes, que se ocultaban tras su muro de hierro, sólo pudimos contemplar las hordas no-muertas abalanzándose sobre nosotros. Algunos consiguieron escapar, los más hábiles, trepando las vallas, pero la mayoría fueron atrapados y devorados sólo para ser llevados como mercancía al barco del descarado pirata. Yo pude evitar el trágico final por la simple desconfianza que me inspiraba y que evitó que me acercara a él en el momento final, pero contemplé aterrado la magnitud de la maldad humana.

No será la última vez que nos veamos, los muertos claman justicia, claman venganza y los muertos... son pacientes.





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