19/08/2017 - Argamasilla de Calatrava



Argamasilla fue tomada por un grupo armado de diferentes secciones del ejército y algunos mercenarios al poco de desatarse el apocalipsis.

Bajo el mando del General Gómez, la ciudad y los pocos supervivientes que allí quedaron han construido un verdadero punto seguro en la península.

Durante un tiempo la pequeña zona sur de Argamasilla, bien defendida y amurallada, con la barrera del río por el norte y las carreteras inutilizadas por el sur, ha sido suficiente, pero Argamasilla ha trabajado en la expansión.

El Grupo Armado de Argamasilla de Calatrava o GAAC ha decidido dar cobijo y protección a todo aquel que se gane su sitio en la nueva zona de la ciudad, limpiándola durante lo que esperan que sea una dura noche de combates.

El rumor se extendió en kilómetros a la redonda. Me encontraba en Madrid cuando, de boca de unos supervivientes, escuché noticias de aquella oportunidad. Estaba cansado de vivir a la intemperie, temiendo el acoso de los no-muertos, así que decidí probar suerte.

Era un largo viaje repleto de peligros. Muchos no lo consiguieron pero de camino allí me topé con dos compañeros. Ambos eran jóvenes; ella había sobrevivido sacando provecho a su belleza y aparente inocencia para encandilar, confundir y aprovecharse de los ingenuos supervivientes con los que se topaba; aunque decía estar tratando de cambiar y ser mejor persona, no terminaba de fiarme. Él era un hábil navajero, poco hablador pero cuya mirada contaba historias, duras historias de las dificultades que había pasado para llegar allí.

Cuando llegamos a Argamasilla, nos acercamos a la larguísima cola que había para inscribirse y registrarse para tener opciones a la ciudadanía. Nos tomó varias horas. Casi habíamos acabado cuando al pasar por un túnel de aislamiento, un escape de un peligroso gas alcanzó a mis compañeros. No tardaron en ponerse a toser y los militares se los llevaron en dirección al pueblo, ignorando mis preguntas. Aunque ofuscado y ofendido, había hecho un interminable viaje como para dar marcha atrás, así que, a pesar de todo, firmé por la oportunidad de un mañana mejor.

Nos reunieron para la presentación en la plaza. Por lo visto, con los recursos del ejercito y los mercenarios habían sido capaces de crear u obtener, no estoy seguro de su origen, un dispositivo que aturdía y permitía controlar a los zombis siempre que estuviesen en su radio de acción. El modelo que tenían allí era a pequeña escala y sólo afectaba a la plaza en la que nos encontrábamos. Para ilustrarnos, liberaron dos sujetos de pruebas, dos no-muertos. Ambos se movían siguiendo a los guardias que les guiaban con una facilidad que no había visto nunca; sin duda, algo les amansaba.

Desactivaron el campo de supresión y al instante los zombis se volvieron agresivos y trataron de atacar a la gente. Luego, reactivaron de nuevo el campo de supresión y les prendieron en llamas y quedó claro que incluso bajo un efecto tan poderoso como las lenguas de fuego que lamían su piel seguía sin alterarse. Cumplida su función, ejecutaron a los no-muertos.

Nos informaron que necesitaban que les ayudásemos a completar el dispositivo definitivo y que había tres campamentos en la nueva zona y allí nos dirían que teníamos que hacer. Los militares se dispersaron y nosotros con ellos. Al desactivarse el campo de supresión, las decenas de muertos que había por la zona comenzaron a surgir atraídos por el ruido. Mientras comenzábamos a correr, reconocí una leonina cabellera naranja de una amiga, un viejo grupo de supervivientes con el que ya me había topado otras veces. Marchamos un rato alegres incluso en aquel caos pero nos topamos con los muertos y, escapando de ellos, nos separamos. En mi huida, dejé muy lejanos dos de los campamentos, así que me acerqué a la base del extremo norte, la base Beta.

Los gritos de supervivientes menos afortunados comenzaban a llenar la noche. Sólo esperaba que no fueran muchos y que los no-muertos se volvieran legión. Al llegar, varios soldados guardaban el lugar desde un viejo polideportivo que habían amurallado para resistir a los zombis. El Teniente nos informó de que sus exploradores habían mandado un mensaje cifrado sobre la localización de una de las piezas fundamentales del supresor. El problema era que el código con el que estaba encriptado se había perdido y necesitaba que se recuperase cuanto antes. Él no podía abandonar su puesto ya que tenía que organizar a todas las fuerzas expedicionarias, así que nos mandó a otros supervivientes y a mi a que había en su puesto. 



El código se encontraba por las paredes del lugar, camuflado a simple vista, como un árbol en el bosque. Comencé a descifrarlo pero debería haber copiado los códigos y marcharme porque varios no-muertos llegaron al lugar y lo infestaron antes de que completase mi tarea. Me tomó muchos riesgos volver y copiar más símbolos y tuve que deducir varias letras pero después de casi una hora lo conseguí. Mi destino era una guardería cercana. Los muertos acechaban cerca pero me acerqué cuando se pusieron a perseguir a un nutrido grupo de supervivientes.

Una guapa soldado custodiaba la entrada. Por lo visto, su unidad transportaba a un civil cuando de transformó en zombi y en la locura del momento consiguió morder a sus compañeros, dejando una carnicería allí dentro. Me dijo que necesitaba unas coordenadas ocultas en la pared, sólo visibles bajo el espectro de luz ultravioleta, para lo que me dio una linterna especial. Ella no se atrevía a entrar ya que los restos de sus compañeros se encontraban esparcidos por el lugar.

Usando la más absoluta de las calmas y empleando todo el subterfugio y sutileza que podía, me interné en el lugar. Estaba plagado de muertos, pero la oscuridad reinante los mantenía aletargados. Sabía que si provocaba cualquier ruido o encendía una luz estaba muerto, así que ande con lentitud, cuidando cada paso. A la mitad, encontré uno de ellos tirado en el suelo, sabía que no estaba del todo muerto porque tenia un tic en el pie. Lo peor es que le reconocí, era mi compañero de viaje. Así que te trajeron aquí y tu provocaste esto viejo amigo, pensé para mis adentros. Lamentaba no haberle conocido mejor. Le dediqué una rápida plegaria y me centré en la tarea que tenía entre manos. Por muchos que lo lamentase, ahora era una amenaza y si le pisaba gritaría y la horda del lugar caería sobre mí sin misericordia. Levanté el pie sobre él y, con todo el cuidado que pude, lo apoyé al otro lado suplicando que no hiciese ruido. Lo conseguí y sin dejar de medir mis movimiento, crucé el resto del cuerpo. El camino hasta las coordenadas estaba abierto aunque el problema era un zombi pegado a ellas. Me acerqué para tomar nota y tuve que apuntarlas usando la luz de la luna que se deslizaba por la ventana. Al acabar, volví hacia la puerta. Cuando estaba entre ambos zombis un leve tintineo de mi bolsillo casi me paralizó de miedo, pero por suerte fue tan sutil que sólo yo lo escuché. Seguí el camino comenzando a sudar por la tensión. Tenía que pasar sobre mi compañero de nuevo. Esta vez, me agarré al marco de una puerta para apoyar parte de mi peso y una vez más pude pasar sobre él sin hacer ruido para llegar a la puerta y saborear de nuevo el cálido aire de la libertad.

Le enseñé las coordenadas a la mujer y me indicó que pertenecían a la vieja casa de la Inquisición. Me dispuse a partir presto hacia allá.

Con mi habitual suerte, que se debe en gran parte a ir en silencio y a ser sólo uno, lo que llama menos la atención, los zombis se centraron en grupos mas jugosos y numerosos que en mí y pude pasar desapercibido hasta una auténtica casa de los horrores. El lugar estaba en la zona que me había dicho aunque el aspecto no se parecía a lo que había imaginado, pero estaba tan concurrido por supervivientes que pensé que, en efecto, allí había algo. Los muertos estaban muy activos y una docena de supervivientes trataba de entrar. Me acerqué hasta una esquina de absoluta oscuridad y esperé a ver que cabía esperar del lugar. La gente salía corriendo de la casa por una rampa que giraba sobre una esquina antes de tocar el suelo. Aquello parecía una trampa mortal. Si salías perseguido de un no-muerto y doblabas la esquina podías verte atrapado si allí había otro. Vi a varios saltar desesperados, pero eran jóvenes y estaban en forma. Sabía que si yo intentaba saltar la barandilla terminaría con las rodillas rotas en el mejor de los casos, así que esperé midiendo la situación. Vi una oportunidad cuando salieron a toda prisa varios supervivientes con un zombi detrás que se alejó en pos de ellos. Me acerqué agachado cuando una auténtica fiera surgió corriendo tras la gente.

Me quedé paralizado al reconocerla, era mi compañera. Una mirada furiosa, movimientos felinos, más propios de una bestia sedienta de sangre que de un humano y persiguiendo a cualquier presa a su alcance. Durante un tenso instante, intercambiamos miradas, aunque desconozco que alcanzó a ver, ya que yo estaba lejos de la luz y vestido de oscuro. Con pasos lentos y pausados, me deslicé de nuevo a mi escondite a un escaso metro de distancia y recé una vez más esperando que no se hubiese fijado mucho en mí. Pude escucharla olfateando el aire y justo cuando temía que se lanzara para darse un banquete con mi carne, un superviviente que escapaba a toda prisa llamó su atención y salió en su persecución.

La situación no me gustaba nada y me seguía escamando el aspecto del lugar, así que atrapé a uno de los supervivientes y le interrogué. Resultó que estaba equivocado, la casa de la Inquisición estaba una calle más arriba. Agradecido de no tener que entrar en aquella trampa mortal, me alejé de allí con nuevo rumbo.

Al llegar, comprobé satisfecho que aquello si que parecía una señora casa de la Inquisición por los exquisitos grabados sobre la puerta. Un soldado aguardaba en el lugar, uno de los exploradores. Había escapado de una horda que había asaltado su campamento y necesitaba que alguien volviera y le llevara a su comandante uno de los ingredientes que se custodiaban en el puesto. El no podía andar porque estaba herido, así que me pidió que completara esa tarea por él. El puesto resultó estar cerca, y no me costó conseguir el componente; no fue tan sencillo fue encontrar a su comandante. Me había dicho que era el mayor Pérez y que estaba por la zona pero tras dar varias vueltas, sólo conseguí encontrar a dos no-muertos que me persiguieron durante varias calles.

Me topé con una patrulla de mercenarios, su líder, que parecía el mismísimo Dr. Muerte, me ordenó ir de inmediato a la base Alfa, en el teatro, ya que el general tenía un anuncio importante que hacer. Como no quedaba lejos, fui allí.

El tema resultó mucho mas grave de lo que pensaba. Con una soga al cuello, colocaron a uno de los soldados sobre unos taburetes, preparado para ser ejecutado. Otros supervivientes clamaban justicia y que le perdonase la vida. El general habló. Aquel hombre se había hecho pasar por un ciudadano, pero se trataba de un traidor, nada menos que el segundo al mando del propio general. Aunque algunas voces aclamaban un ajusticiamiento, la mayoría continuaban siendo compasivas. Pero el general nos recordó que su palabra era ley. El soldado trató de suplicar tristemente por su vida y aseguró al general que obedecería a partir de ahora como si sus órdenes fueran la palabra de Dios. El general accedió, tenía una orden que darle. Muere. Durante un instante, vi la duda en el rostro del traidor, un instante antes de ser sustituida por el pánico el soldado tras él lanzó a volar de una patada el taburete.

Con tristeza, vi como la luz de sus ojos se iba apagando al tiempo que sus espasmos. Aquel comportamiento bárbaro me parecía preocupante y me hizo plantear el futuro que me esperaba si conseguía una plaza en la zona segura. Pero antes de llegar a eso tenía que tener la opción. Nos despidieron y contemplamos a los soldados defender la entrada de varios zombis. Una vez despejada, pasamos sobre los cuerpos humeantes y partimos a seguir nuestras misiones. Uno de los capitanes, Ramírez, que iba armado con un llamativo sable, tubo la gentileza de indicarme cual de sus compañeros era Pérez y resultó ser el que me había mandado a buscar los códigos. Maldiciendo mi limitada capacidad para recordar nombres, volví a la base Beta, esta vez con muchas más dificultades, ya que cada vez más y más zombis salían a las calles por el ir y venir de supervivientes.

Cuando llegué, le di el exótico ingrediente y me encomendó una nueva tarea. Por desgracia, también constaba de más códigos que descifrar. Maldiciendo para mis adentros al ejército por tanto secretismo, partí, esta vez acompañado de un nutrido grupo. 



Con riesgos y pesares, desciframos el código, que nos enviaba a un colegio. Allí un soldado nos puso a prueba antes de dejarnos seguir. Había perdido muchos compañeros por culpa de reclutas novatos y cobardes; no pensaba dejar que volviera a suceder, dijeran lo que dijeran sus superiores. Si queríamos unirnos, teníamos que demostrar nuestro valor. Así que nos puso una prueba, que consistía en distraer a uno de los no-muertos de la zona y llevarlo a una determinada posición, todo ello ayudándonos entre nosotros para que no fuese sólo a por uno. Me parecía algo caprichoso y un peligro innecesario pero uno de mis compañeros aceptó y se ofreció de cebo mientras los demás tratábamos de atraer la atención cuando se veía apurado. Tras un rato de gritos y carreras, complacimos al soldado y ejecutó a los zombis cercanos. Mandó al grupo a la base Gamma mientras que a mí me ordenó volver con el mayor para informarle del éxito de la prueba.

En esta ocasión volver resultó una prueba épica. En el cruce entre el nuevo muro que limitaba la zona y las calles, un harapiento zombi de camisa blanca me impedía el paso. Algunos supervivientes, más jóvenes y osados, pasaron corriendo, pero yo no confiaba tanto en mi velocidad. Esperé a ver si se marchaba pero al no tener suerte me fui pueblo adentro. Tomé la primera calle que se desviaba hacia la base Beta a la vez que algunos supervivientes pero cuando nos habíamos internado varias decenas de metros, un ágil no-muerto apareció desde una esquina y nos persiguió obligándonos a escapar. El grupo de supervivientes torció hacia una lado y yo hacia otro y el zombi se decidió por la cantidad, así que me dejó tirarme en un banco para tratar de reponerme. Comenzaban a dolerme seriamente todas las articulaciones de cintura para abajo, pero tenía que llegar al mayor Pérez. Tras ese momento para reponerme, y viendo que el zombi volvía con los labios ensangrentados a introducirse por la calle, volví por donde había venido esperando que se hubiese despejado, pero no tenía suerte, seguía el maldito zombi custodiando el lugar. Otros supervivientes se habían reunido esperando pasar igual que yo y cuando pensaba que no podía ser peor, tres zombis más se le sumaron. Comenzaron a perseguirnos y para despistarlos me metí por un callejón y me escondí mientras les veía pasar a toda prisa tras los supervivientes. Volví una vez más y el camino parecía despejado así que me apresuré.

Casi había conseguido pasar, pero un no-muerto silencioso comenzó a seguirme. Me extrañó que no emitiera los típicos gritos agónicos de los zombis y me percaté de que se trataba del traidor ejecutado. Supuse que la soga le había destrozado partes importantes del cuello y que por eso no emitía sonidos. Avanzaba despacio, así que le dejé atrás; el problema fue que varios zombis me cortaron el paso. Me escondí tras un contenedor, entre la espada y la pared sin salida aparente, pensando que había llegado mi hora.

Un grito distrajo al muerto más cercano y aproveché para correr, pero mis pisadas le atrajeron, frené en seco y el me imitó. Estaba a tan sólo un par de metros, sabía que estaba mirando a la muerte a los ojos. Reuniendo todas las fuerzas que me quedaban, me lancé hacia adelante lo más rápido que era capaz, conseguí pasar ante él y me alejé sintiendo un escalofrío, el aliento de la tumba que me llamaba. Escapando perdí mi dignidad, aparte de 10 años de vida por el esfuerzo, puesto que se me comenzaron a resbalar los pantalones y cerca estuve de “hacerle un calvo” involuntario al no-muerto. Por suerte, doble una esquina y se quedó atrás aburrido de perseguirme. Cuando por fin me detuve, la idea de volver y dejar que me mordiera para acabar con la agonía cruzó mi mente. Sin aliento y con un dolor bestial atravesándome las piernas, me tomé un momento para tratar de reponerme. Unos supervivientes que pasaban por allí se preocuparon por mi pero les tranquilicé al decir que se debía a que acababa de darme la carrera de mi vida. Aun con los dolores, no pude evitar alegrarme de que aún quedara tan buena gente por el mundo que se preocupaba de un desconocido incluso en pleno apocalipsis.

Tardé en volver a a sentir el aliento de la vida por mis venas, pero me recuperé y pude seguir de camino al mayor Pérez. Me costaba caminar y asusté a más de un superviviente que me confundían con un muerto por cómo andaba. Cuando llegué y le di el informe al teniente, me acerqué a una de las cisternas del baño, esperando que aun tuviesen algo de agua. Conseguí rellenar una botella y me tiré al suelo a beberla. Jamás me había sabido el agua tan dulce como en ese momento.

El mayor me informó que podía dar por completada mi ayuda en Beta, pero que para poder aspirar a ser ciudadano, aún debía completar misiones en Alfa y Gamma para obtener las recomendaciones de todos los capitanes. Mantuve mi habitual actitud positiva y pensé entre tirarme a los muertos, saltar el muro y largarme o esperar a la muerte allí mismo. Me quedé un largo rato meditando sobre lo duro que era estar vivo; pasado el dolor, decidí ir al punto Alfa, siguiendo la recomendación del mayor.

El camino estaba infestado de zombis y no me quedó más remedio que descender más y más en dirección sur, tratando de evitarlos. Llegué al río, o a su lecho ya que estaba más seco que una piedra en medio del Sahara. Sentía que no podía más, así que me acerqué al puente y aprovechando las cornisas, me senté en su lateral, bastante oculto por los árboles y arbustos próximos. Descansé otro rato allí, vi pasar unos grupos, una zombi de una larga cabellera roja y después de un rato una melena leonina anaranjada que reconocí, la chica del viejo grupo de amigos supervivientes. Se acercaron sin poder contener la risa al ver donde estaba y les saludé. Pasaron de largo, puesto que tenían prisa y era peligroso, planeaba quedarme más pero un grupo de zombis me vio en ese momento así que aproveché para ir con ellos un rato. Ellos iban a la casa de los horrores, a falta de un nombre mejor, que ahora estaba silenciosa. Me despedí de ellos y seguí bordeando por una calle adyacente.

Un soldado que pasó corriendo me informó que había que volver al teatro. Habían completado del dispositivo supresor y necesitaban a todos para activarlo. Estaba ya muy cerca cuando una horda surgió ante mis narices. Un zombi con mono naranja me persiguió, obligándome a correr al límite de mis fuerzas una vez más. Subí toda la calle con los músculos ardiendo y maldiciendo mi suerte, pero no pensaba dejarme coger viendo el final de la noche tan próximo.

Le despisté y, una vez más, tuve que pararme a recuperar el aliento que se me escapaba con cada latido. Volví y cuando casi había llegado de nuevo al callejón, otra horda surgió. No podía creer que los cielos me odiaran tanto, pero unos gritos atrajeron su atención y ni siquiera me vieron, pasando de largo. Me acerqué temeroso de lo que pudiera encontrar al doblar la esquina pero esta vez lo encontré despejado. Fui rápido al teatro y entré, tranquilo de estar a salvo con varios guardias armados. Tomé una de las sillas y caí exhausto. El capitán Ramírez estaba allí, bromeando con otros supervivientes y consiguió animarme a pesar del cansancio. El lugar no tardó en atestarse de supervivientes, aunque menos que durante la ejecución del traidor. No todos lo habían conseguido.

El general se presentó ante nosotros y nos felicitó. Sin más florituras, anunció que iríamos a la base Beta, todos, y juntos atraeríamos hasta el último zombi que quedase y con el dispositivo los aniquilaríamos a todos.

Nos reunimos y avanzamos con soldados abriendo y cerrando la marcha. Los disparos volaban por todas partes. Decenas de zombis surgían desde cada esquina y apresurábamos la marcha. Los no-muertos llegaron a cortarnos el paso pero los acribillaron a tiros y pasamos sobre ellos. Pude ver a mi compañera, agonizando a mis pies, por fin descansando. No me detuve a admirarla, seguí al general sin perder tiempo, los muertos de todo el pueblo se acercaba por detrás. Aunque cada paso era una tortura, sabía que si paraba ahora moriría.

Llegamos a la base Beta y activaron el dispositivo cuando los miles de zombis llegaron. Fue duro pero nos alzamos con la victoria al caer el último de ellos para no volver a alzarse y sin ninguna baja más por nuestra parte. Nos dejaron descansar en la zona segura una semana, como agradecimiento por la ayuda pero sólo un reducido grupo se había ganado la ciudadanía. El resto, pasado el plazo, volvimos a ser expulsados al páramo. Quizás dentro de un año volvamos a tener la oportunidad de encontrar paz tras aquellos muros.






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