11/09/2017 - Un amigo que se va....

No es una historia de zombis




Esta historia no tiene un feliz comienzo. Pero si tiene una larga historia llena de felicidad y un final feliz.

Se ha ido. Sus últimos días han sido sufrimiento y dolor. Pero antes de dejarnos, soñó. Soñó unos minutos y pudo olvidar el dolor, el sufrimiento y el pesar. Sé que en ese momento, mientras dormía, soñaba en nosotros, porque lo eramos todo para él. Lo que más le dolía de no poder moverse era no poder venir con nosotros, no poder ir a saludar al que entraba por la puerta, no poder ir a frotarse contra nosotros y que le acariciásemos.

Despertaba por las noches y lloraba porque estaba sólo y quería que alguien le hiciese compañía. Cuando había alguien acariciándole, casi parecía que el dolor remitía. Pero incluso así tenía momentos en los que el dolor era tan intenso que nos enseñaba los dientes para que no le tocásemos. Al final, sólo dejaba de gemir cuando le daba una galleta. Me daban ganas de comprar la tienda entera y no parar de darle. Eran su vicio.

No importa que sepas el minuto en el que va a desaparecer de tu vida alguien que amas, no estás preparado. Lo único que puedes hacer, es aguantar lo mejor que puedas, darle todos los mimos que puedas, decirle cuánto lo quieres y cuando lleguen las lágrimas, que llegarán, déjalas fluir, pues son el homenaje final, contienen los restos del alma que te ha entregado en vida y que necesita para poder irse. No los retengas. Deja que se vaya y quédate con los infinitos momentos de alegría que te ha dado.

Tuvo la suerte de irse en paz, en el salón de su casa, rodeado de todos a los que lo querían, incluida su veterinaria, que hizo todo cuanto pudo y más por ayudarle. Incluso cuando a veces le gruñía, ella se entregaba a fondo a su vocación, la de ayudar a los que no saben decir qué les duele. No hay nada más digno de respeto que eso. Mientras le inyectaba la dosis de roja gelatina que acabaría con él, sólo podía mirar su respiración, como subía y bajaba, temiendo que no volviera a respirar, que ese fuese su última bocanada de aire... hasta que lo fue. Fue cuando lo escuché, ese sonido sin sonido que hace el corazón al romperse. Y cuando yacía ya en el suelo sin vida, Alicia, nuestra encantadora veterinaria, dijo algo que me emocionó. Fue al vernos a todos con las lágrimas en los ojos.

-Qué vida tan feliz, en un hogar lleno de amor.

Y era verdad, incluso con nuestros más y nuestros menos, todos le amábamos y sé que donde quiera que esté, nos estará esperando.

Las últimas semanas ha sido un lento pero constante proceso de degradación, desde un final en el que no podía ni moverse, postrado en el suelo, había pasado por un proceso de necesitar ayuda para levantarse y antes, de dificultad para andar.

Fue repentino, se fue de vacaciones en agosto y después de disfrutar su último verano, sólo le quedaba un cada vez mayor dolor.

Llevaba un año de múltiples operaciones. Había tenido orzuelos, piedras en la vejiga, incluso habíamos tenido que castrarlo porque la testosterona le estaba provocando tumorcillos internos. Después de todo eso, salvo que teníamos que sacarle varias veces al día porque se meaba, fue bien durante algunos meses.

Este pequeño epitafio no hará justicia a todo lo que él era, a todo lo que representaba. Su más de una década de lealtad incondicional, alegrías, lametones con una lengua de dudosa limpieza y caras inclinadas al decirle tonterías.



Su mera presencia ya alegraba el lugar. Siempre que le llamabas iba raudo a ver para qué le necesitabas... o si había comida de por medio. Si le gritabas enfadado, bajaba la cabeza pero incluso así, se quedaba a tu lado. Si tenías un mal día o estabas enfermo, se quedaba a tu lado y venía a cada rato a verte como diciendo "¿Ya estás bien?". Su familia era su mundo y para su familia él lo era también.

Compadezco al que no sea capaz de amar a un perro y desprecio con todo mi ser a las abyectas criaturas que son capaces de abandonarlos o cosas peores por... ¿Irse de vacaciones? Inconcebible.

Esa clase de dedicación no se ve entre seres humanos. Cada vez más independientes, más liberados de ataduras, más indiferentes y a su lado, esos pequeños seres que dependen de ti, viven para ti y eres su todo, piensan en ti despiertos y sueñan contigo dormidos... y a veces con correr un rato por una pradera.

Te seguirá por toda la casa, sólo por estar a tu lado y ver que nuevas cosas maravillosas harás. Y cuando el mío se sentaba a mi lado y me miraba con sus tiernos ojitos, no podía evitar acariciarle un rato largo y tendido.

Teníamos una coña con él y era que cuando hacía que pegaba a mi padre con la mano o un palo, se ponía a ladrar con ojos de loco, pero si me lo hacían a mi el cabrón se callaba. Se ve que me tenía por el hombre de acero.

SI le hablabas mucho, o decías cosas raras y palabras aleatorias que no conociese, comenzaba a ladear la cabeza y te miraba como diciendo “Pobre, debe estar mal de la cabeza. Bueno, habrá que quererle igual” y se acercaba a restregarse contra tí para quitarte la tontería.

Recuerdo que en cierta ocasión, bajando en el ascensor, se subió un vecino y acostumbrado como estaba a dar la pata para que le diera una galletita, le soltó un patadón en todo los huevos al pobre hombre que por suerte dijo “perritooooo” y se empezó a partir de risa.

Siempre que le ofrecía algo, cualquier cosa, la olfateaba primero y luego, apartaba la cabeza. Podía ser un lápiz, una coliflor, una mesa. Repetía el proceso hasta que yo me quedaba sin objetos. Y luego siempre le cambiaba la cara con una galleta. Conseguí que al escuchar “tranquilito" lo tomase con suma delicadeza.

Tan valiente y tan vulnerable a la vez. Cómo gruñía ante cualquier perro por grande que sea y como temía a la zapatilla justiciera. Cómo vigilaba que nadie te hiciese daño y a la vez, se escondía entre tus piernas cuando escuchaba un petardo.

Siempre había sido un gruñón y no le gustaba nada que desconocidos le tocasen la cabeza. Siempre alguno que se pensaba que los perros son juguetes se acercaban a tocarle y no se daban cuenta de que para él era como si tu te acercas y le tocas las tetas a una desconocida. Demasiado educado era que sólo gruñía.

Con los perros era un poco lotería, pero en general a los machos les gruñía. Se salvaban los jóvenes, que se le acercaban emocionadísimos y los ignoraba como poco dignos de atención aunque a veces alguno le sacaba a él el lado juguetón y se ponían a corretear.

También era muy digno y orgulloso. Cuando hacía caca ponía esa cara de “este es un momento incómodo para ambos, no me mires y yo no te miro”. Y alguna vez que le habían anestesiado, en lugar de tumbarse, se mantenía sentado mientras se le cerraban los ojos y se caía para los lados.

Me mordió una vez, que le atrapé entre mis piernas cuando salía algo enfadado a ver a una amiga de mi hermano que se había venido a casa. En cuanto vio lo que había hecho, corrió a meterse bajo la mesa de mi padre. Enfadado pero sin miedo, saqué el arma de sus pesadillas. Me quité la zapatilla y me acerqué con ella en alto. Le di un par de cachetes en el culo y lo encerré un rato en el baño a oscuras. El miedo a la terrible pantufla le venía de pequeño, que se comió unas y le hice lo mismo. Con un rato en el baño aprendía la lección y no había que hacerle daño. Fueron las únicas veces que le castigué seriamente.

También le prohibí subir a mi cama. Es muy alta y el muy cafre saltaba a lo bruto y después de comerse el suelo un par de veces, comencé a evitar que subiese y cuando lo hacía le bajaba en brazos. Cuando me iba al trabajo le cerraba la puerta, para que no lo hiciese fuera de mi guardia.

Teníamos un vínculo especial, mientras que a los demás les gruñía si le ponían una inyección, conmigo siempre se comportaba galante hasta que le ofrecían una galleta de recompensa, momento en el que se lanzaba con ansia a ver qué le daban. Ese vínculo se forja con años de confianza y cariño.



Ya de pequeño, me dio el mayor susto de mi vida. Le paseaba por el parque y salió corriendo. Lo más seguro es que por haber visto el coche de mi madre pasar por la carretera cuando se iba. Salió a toda velocidad y yo le perseguí, escuché un choque y un gemido que me hizo temer lo peor. Encontré un coche parado y seguí los lamentos de mi perro que gateaba hacia casa arrastrando el culo. El pobre sólo quería volver a casa. Tuve que llevarle a un veterinario de urgencia en el coche de la chica que lo había atropellado. Cuando lo dejamos allí para que lo observaran vi que la pobre mujer se sentía culpable y que incluso irrumpía en lágrimas por haber hecho daño a un perrito y no pude evitar conmoverme. No había tenido culpa de nada. Me dejó su teléfono para saber como evolucionaba. Por suerte, se curó sin mayor problema de aquello y pude cerrar ese capítulo.

En navidad y cumpleaños, eran sus momentos de máxima emoción. Cada regalo era una maravilla desconocida. Se acercaba ilusionado para tratar de morder el papel, oler que había dentro y si podía, morder también lo que había dentro. Cuando estaba todo lleno de envoltorios, iba tan feliz mordiendo a diestro y siniestro y rompiendo los papeles o te traía sus juguetes nuevos para enseñártelos. Eso era algo que le enseñé en un principio para poder cambiarme sin llenarme de pelos.

Desde pequeño, siempre fue muy emotivo y apasionado. Cuando llegábamos alguno a casa, se tiraba encima. A mí, que siempre visto de negro, me ponía perdido. Así que para que se tranquilizase y no viniera tan a lo loco, le enseñe que cuando llegaba a casa, tenía que traerme un juguete y mostrármelo. Así que, desde entonces, siempre que llegaba a casa venía corriendo, buscaba un juguete y venía a mi cuarto a sentarse delante mío con el juguete en la boca y moviendo la cola, esperando que dijera “Pero que guetito más bonitoooooo” que provocaba que se emocionase aún más y no pudiera resistirse a venir a restregarse y que le rascase la barriga.

No me gusta decir que le compramos, suena a esclavista. Prefiero decir, el día que tramitamos su adopción y pagamos gastos de gestión. No recuerdo el pueblo, pero recuerdo que le llevábamos en brazos. Era ya un perrito en toda regla y pesaba sus kilitos. Nos perdimos y nos fuimos turnando para llevarlo. Pasó por los brazos de todos. Comenzó a llover y bajo esa lluvia, al final llegamos al coche. Ya era uno de nosotros, uno de la familia y nunca nos separaríamos de él y su nombre, sería Ural.


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