23/09/2017 - Amigos y amores, amores y amigos

No se basa en nadie, por si os suena, aunque espero que no.



Amigos y amores, amores y amigos











Almudena llevaba poco tiempo muerta. Recordaba haber tenido un novio. Un novio al que amaba con locura. Había dejado de ver a sus amigos por dedicar todo su tiempo, energía y esfuerzo a él. Inteligente, culto, guapo y atlético... No podía dejar de pensar en él. Incluso cuando él la había abandonado, el Apocalipsis los había unido de nuevo y sabía que ahora su amor era verdadero. Cuando los zombis les rodearon, la empujó contra ellos y aprovecho para escapar mientras ella le veía huir sin mirar atrás. Aun así, le perdonó.


Tardó meses, larga fue su búsqueda, más siendo una no-muerta. Le costaba caminar, le costaba pensar y estaba esa sempiterna sensación de hambre. Tras muchas penurias, le encontró. Y lo que vio, destruyó la mitad del corazón que le había reservado sólo para él.


Acurrucado junto a una dama desconocida, se achuchaban, abrazaban y besaban. Lo peor es que pudo escucharle las mismas frases que la habían enamorado. Las mismas frases que había pensado que eran suyas se las entregaba a otra mujer sin reparos. Las mismas promesas, las mismas caricias. Las había vendido a la primera que había encontrado.


"Jamás nos separemos", "Daría mi vida por ti", "Te quiero"... Todo lo que le había dicho, poco antes de empujarla para salvarse, él lo repetía, como un simple guión. No sentía nada de eso. No sabía si lo había hecho por sobrevivir, para acostarse con ella o por tener un trofeo más a pesar del Apocalipsis. Lo que sabía es que quería venganza. Su rabia era tal que, a pesar de sus ansías de carne humana, contuvo el virus zombi que devoraba su mente y entrañas. Espero a la noche y cuando dormían abrazados, se acercó con lentitud y dejo caer una minúscula gota de su baba en la comisura de los labios de su nueva amante y esperó. Esperó y esperó mientras se envenenaba con la visión de la traición.


El joven despertó y saludo alegre al nuevo día mientras el sol comenzaba a rozar su mejilla. Cuando se acerco a su querida para darle un beso, esta se despertó y le arranco el labio.


Gritó, gritó de dolor, pero más aún porque sabía qué significaba aquel mordisco. Estaba condenado. Dio unos pasos hacia atrás temblando y unas manos le envolvieron.


-Te he estado buscando amor -dijo ella.


El sólo escucho un gruñido y el sonido de su cuello al ser desgarrado por un mordisco y luego, dolor y oscuridad.


Completa su venganza, se sintió vacía, vacía de todo. Le había buscado durante meses, solo quería abrazarle y que él acariciarse su cabello y le susurrase que todo estaría bien. Pero ahora estaba sola, y no había a donde acudir.


Volvió a emprender la marcha, sin rumbo, sin destino, sin esperanza. Bajo sol y lluvia, sin saber qué hacía, preguntándose si debía simplemente tirarse a un barranco.


Pasando por un solitario barrio, un ruido de vidrio roto llamo su atención. Provenía de una oscura tasca en la que se veía alguna débil luz titilar. Se acercó y comprobó que la puerta estaba abierta. Se adentró en el lugar sin vacilar.


Sus ojos zombis tardaban mucho más en ajustarse a la oscuridad que cuando era humana, así que permaneció ciega un rato.


-Pero, ¿qué tenemos aquí? -gruño una voz.


-Carne fresca -dijo otra


-Nah, es una de nosotros... -dijo una más lejana.
-Curvassssss -dijo una voz mermada.


Debo aclarar que los zombis adquieren una extraña capacidad, entienden a los muertos y a los vivos, aunque estos últimos sólo escuchan gruñidos de los zombis. Así que Almudena se quedó dudando de cual de los casos se trataba. Si eran muertos, no había que temer; el problema eran los vivos que tenían armas, armas que podían despedazar un zombi y, aunque no sentía mucho apego a la vida, la idea de quedar postrada sin brazos o piernas era aún menos halagüeña.


-Nena estás de vicio, incluso para estar muerta.


-¿Sois vivos o muertos?


-Ja, ¿crees que los vivos entrarían en este desecho de lugar?


-¡Eh!, ¡eh!, cuidadito con meterte con mi bar o vas a la calle.


-¿Se puede saber que hacéis aquí?


-Tomar el té. ¿Tú que crees?


-Perdónale, es un amargado. Desde que olvidó el estómago en una barca no “traga” con nadie.


-Ja, ja, qué gracioso.


-Respondiendo a tu pregunta mi querida niña, esperamos el abrazo eterno. Si salimos por ahí, el ansia de sangre nos consume. Aquí podemos esperar el fin y pasarlo bien. Por cierto, soy Óscar. El amargado es Lucas. El... limitadito es Ben. Federico es.... peculiar. Para estar muerto conserva mucho libido. Aquel tan reseco es el mismísimo Diego de Marcilla, el de la legendaria historia de los amantes de Teruel -dijo un zombi de aspecto anciano.
-¿El de “tonta ella y tonto él”? -preguntó Almudena.


-¡Vaya!, los mamertos desta época son legión -se le escuchó decir a Diego desde el rincón en el que estaba sentado.


-¿Cómo? -dijo Almudena con la impresión de que la había insultado.


-Ni caso querida, se ofende con nada -dijo el anciano no-muerto Lucas-. Por cierto, no nos has dicho tu nombre.


-Soy Almudena.


-Y ¿qué te trae por aquí?


-Nada, vi luz.


-Eso sería el por qué entraste aquí, pero ¿cómo has acabado sola por aquí?


-¡Eso no te importa!


-¡Oh!, ya veo. Asuntos del corazón. Has venido al sitio indicado, somos expertos en el corazón.


-Si, súper expertos. ¡Mira!, el mío está bajo la mesa de tu derecha y parece en buen estado, ja -dijo Lucas.


-Yo soy experto con otro órgano ja, ja, ja -dijo Federico.


Por fin se le acostumbraron los ojos. A excepción de la ingente cantidad de polvo y roña, el lugar estaba en buen estado. El techo estaba un poco combado pero se conservaba íntegro. La barra del bar estaba al fondo a la derecha que era donde estaban la mayoría. Los zombis más habladores estaban allí pero no estaba segura de cual era cual. Ben estaba bajo una mesa a la derecha de la entrada, tirado en el suelo sin piernas. Diego estaba sentado al fondo a la izquierda, aislado de los demás, conservando cierta pose altiva incluso muerto. Almudena se acercó a la barra.


-¿Lleváis mucho aquí?


-Un poco, nena, un poco. El que más lleva es Óscar, aquí nuestro barman -dijo Federico


-¿No tenéis hambre?


-Siempre tenemos hambre, pero si no hay un humano restregándonos la carne por las narices no se vuelve insoportable -dijo Óscar.


-Haaaaaaaaaaaaaaambre -dijo Ben desde el rincón.


-Si, si. Te “mueres” de hambre, ya lo sabemos -dijo Lucas son sonrisa burlona.


-Yo me “muero” por conocer a esta gatita ja, ,ja, ja -dijo Federico acercando su taburete al lugar en la barra en el que estaba apoyada Almudena.


-Sigue soñando.


-Vamos, nena, que estás de “muerte” ja, ja, ja -dijo Federico.


-Ajá, gracias -respondió áspera.


-¿Porqué no nos cuentas tu historia, cariño?


-Mejor empezar vosotros.


-Yo llevo aquí desde que empezó esta historia. Me mordió uno de mis clientes. Un borracho, o eso pensaba yo, pero estaba infectado.


-Yo estaba en el banco, escondiéndome, cuando un tipo con el que íbamos dejó caer sus canicas. Dios sabrá porqué las llevaba. Se nos lanzaron encima los zombis y ahí nos quedamos, encerrados. Pero no te lo pierdas, el tipo quería las canicas a toda costa y se inventó no sé qué de cuento para que otros supervivientes entraran a recogerlas. Creo que tres eran una edición limitada o algo así. El caso es que, los lumbreras entraron al cuarto conmigo y mi colega Ben, el que está allí tirado -dijo Lucas señalando a la mesa bajo la que se ocultaba Ben.


-¿Qué le pasó en las piernas?


-¡Ah!, eso es por perseguir a muchos humanos descalzo. Se ha dejado las piernas por ahí tiradas. Como decía, el caso es que los supervivientes entraban, y no te creerías las burradas que hacían. Vale que queríamos comerlos un poco, pero entre que no veíamos casi un pijo y que estábamos medio colgaos de tanto estar allí encerrados, no hacía falta tanto drama para pasar. Y aun así, tiraban todo, nos bombardeaban a canicazos, hasta me dieron una buena castaña.


-¿Te golpearon?


-No, no. Me dieron una castaña. Las de los árboles. ¡Mira! La conseguí arrastrar hasta aquí y la dejé en la mesa de ahí.


Almudena se acercó y comprobó que, en efecto, había una castaña bastante hermosa sobre la mesa.





-Vaya, y... ¿Qué más os tiraron?


-De todo, botellas vacías de agua, las sillas, incluso había algún genio que aunque el tipo de las canicas les decía que no veíamos, nos lanzaban barritas luminosas. Aunque sin duda lo peor eran las canicas, el suelo era de madera y cuando las hacían rodar, bueno, pero cuando las tiraban te volvías loco, no veías, había ruido por todas partes y se te iba la cabeza. Aunque no eramos los únicos que lo pasaban mal, algunos se pusieron nerviosos y le dieron a la luz y ahí si que podíamos verlos y amigo, que festín. Uno se arrimaba a la pared blanca como la leche y el todo de negro. Si pudiera me habría reído. Otra se ocultaba ante mi tras una silla de medio metro. Fue una buena noche.


-Qué bien que dejes de hablar de ti por un momento -dijo Federico.


-¡Ah! Y unas bragas usadas


-Anda, osea que guardabas lo mejor para el final.


Almudena fijó en él la mirada y sus frías facciones muertas consiguieron hacer un breve giño de asco.
-Y... ¿a qué olían?
Entonces Almudena directamente se fue hasta el extremo de la barra, lo más alejada de él.


-¿Qué? Estoy muerto. ¿No puedo uno ser un pervertido y que no le juzguen ni estando muerto?


Lucas se acercó con disimulo a Federico y le susurró algo al óido


-¿¡A flores!?, estás echo un guarrete -gritó éste al momento.


-La madre que te parió, ¿te quieres callar? No te vuelvo a decir nada -dijo alejándose de él.


-Vamos, vamos, no os iréis a volver todos refiasnos por que haya una mujer aquí. Le quitáis toda la gracia a estar muertos.


-Y creo que es mi turno de contar....


-¡No me interesa! -atajó Almueda.


-Aguafiestas....

-¿Qué hay de ti, silencioso Don Diego?

-No hay mucho que contar, joven dama. La maldición me levantó a mi y a mi dama. Lo último que recuerdo fue el fulminante dolor de saber que nunca sería mía, ni tan siquiera podría tener un beso. Y me desperté a su lado. Pero el mundo había cambiado. No hay consideración. Íbamos de la mano y podéis creer que unos jóvenes al ver nuestras galas nos dijeron "¿cual es tu linaje? ¿Tus cojones que van de traje? " y que en nuestros ojos se notaba "tensión sexual no resuelta". En mis tiempos los jóvenes mostraban respeto a sus mayores, más si estaban muertos. Mi amada no pudo soportar la verguenza y se tiró a un barranco.

-Dios, cuanto lo siento -dijo Almudena compartiendo su dolor y soledad.


-Ya... gracias. En mis tiempos nadie se metía en la vida de los demás, sólo el padre... igual no es tan mala esta época. Me gustaría estar vivo -dijo quedándose mirando al techo con aspecto de estar meditando algo profundo.


-Y ¿qué hacéis, os sentáis aquí a contar chistes malos?


-Toooooooooooooodo el día -dijo Óscar.


-Vamos, vamos, no me seas sibarita -dijo Lucas.


-¿Podemos escuchar ahora tu historia, joven? -dijo Óscar.


Almudena decidió contarles todo.


-Vaya, de buena te has librado -dijo Óscar.


-Si elijes a los novios como las inversiones, te vendo mi zapato, ja -dijo Lucas


-No seas mamón, ten un poco de compasión por la niña. No supo ver que su amor era un cerdo, déjalo ahí.


-Siiiiii, que cerdo..... -dijo Federico mirando de un lado a otro rápidamente.


-¿Y no queréis salir de aquí? -preguntó ella.


-¿Para qué? Sólo mataríamos gente y nos volveríamos locos. No aquí estamos bien, hablamos, reímos y esperamos la plácida visita de la muerte con una sonrisa en la boca.... si conservamos la boca para cuando llegue.


-Yo contengo el aliento ja, ja ,ja -dijo Federico.


-Humanossssssssssss.... comidaaaaaaaaaaaaaa.... aaaahghgh.


-Lo que Miss Elocuencia quiere decir, es que la carne llama más que nada y por eso nos escondemos aquí. En los momentos de claridad nos alejamos de los vivos pero se empeñan en acercarse, en provocarnos con su carne..... carrrrrrrrrrrrrrrne, o deliciosa y jugosa de sangre...... a lo que iba. Aquí no entra nadie y nadie nos molesta y así podemos vivir esta no vida en paz.


-Yo estoy investigando una carne humana sintética. Todo comienza con salvado de avena y …. -comenzó Óscar.

-¡A callar!, ¡Deja de intentar envenenarnos! -le acalló Lucas.

-¡Eh!, vamos a contar todo el repertorio de chistes de zombis para la nueva -dijo Federico.

Sin saber porqué, Almudena sintió que entre todos esos locos y degenerados estaba a gusto. 












-¿Te apetece una copa? -dijo Pablo.

-¿Estás loco?, no voy a jugarme la vida por una copa -dijo Samuel.

-Venga tío, estoy seco y en este pueblo de mala muerte no hay zombis.

-¿Y tú que sabes? Podrían estar ahí atrapados.
-Ya verás como no.

Sin esperarle, Pablo se acercó a la puerta, dio varios golpes y esperó. Samuel estaba tras un coche mirando con recelo. Pero no se escuchó nada.

-¿Ves?, muerto.

-¡Calla!

-Venga, tengo sed.

Pablo entró y en la penumbra no veía nada. Encendió la luz y alumbró el lugar. La linterna se le resbaló de la mano al ver varios cuerpos en la barra. Se quedó inmóvil esperando que se movieran por el ruido pero no hubo el menos atisbo de movimiento. Se agachó y se arrastró hasta donde había caído la linterna pero al recogerla alumbró una cara putrefacta a escasos centímetros. Se puso de pie de un salto, haciendo saltar la mesa con la cabeza y provocando gran estruendo. Alumbró todo el lugar, y vio más cuerpos pero ninguno se movía. Aguardó un instante a que su corazón volviera a latir normal y luego miró de nuevo el cuerpo a sus pies. Le faltaban la mitad de las piernas y parecía muy descompuesto pero su cara tenía una mueca extraña que no supo situar.

Se acercó a la barra con cautela. Los cuerpos estaban apoyaos sobre ella, mirando al frente, así que, asegurándose de que todos estaban bien muertos haciendo ruido y moviendo la linterna, se acercó.

Lo que vio lo dejó atónito. Aquellos muertos, que descansaban en aquel lugar tan plácidamente sonreían. Como si hubieran hallado la paz y la felicidad en la muerte.

Se le quitaron las ganas de tomar una copa. Salió de allí procurando alterar lo menos posible el lugar y sin dar explicaciones a su compañero, se marcharon.

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