2017-10-22 - Guijuelo - Ni dormir se puede...

Ni dormir se puede...

 

 


Eran los años 20 cuando una fría noche llegué a Guijuelo atraído por el ruido de petardos. Los imprudentes humanos lanzaban cohetes y celebraban a gritos sus fiestas. Me acerqué hasta una plaza bastante iluminada. Había un cartel extraño en una puerta roja al lado de unos montones de escombros. El dulce olor a carroña me atrajo pero no había humanos y al estar tan cerca, los sonidos venían de todas partes sin tener rumbo fijo.

Los primeros en llegar fueron unos soldados. Parecían buscar algo pero no lo tenían claro. Me hicieron dar vueltas sin dignarse a dejarse morder un poco. Cuando estaban a punto de irse, uno se fijó en el cartel y se puso a sacarle copiarlo. Los perseguí pero salieron por patas. Después de ellos, muchos más llegaron, pero corrían veloces nada más verme y no había forma de hincar el diente a alguno.

En la puerta siempre había alguno sacando mirando el papel pero nada más verme corrían, aunque más de uno se mostró demasiado imprudente.

Cuando pasó un rato, comenzó a llegar menos gente y me puse a seguir a un grupo que me despistó en las sombras de un callejón.

Seguí por la calle principal, andando con cuidado. Recordaba vagamente de mis días de vivo que las dos luces que se acercan rápido son peligro. Por ello más que nada fue que me contuve de perseguir hasta el infinito a un grupo de jovenzuelos descarados que no paraban de gritar “¡Cuidado con el gordo!”. Tomando buena nota para presentar una denuncia ante el sindicato zombi, les seguí sin correr por miedo a los pares de luces que aparecían cada cierto tiempo.

La única excepción fue un grupo de blanco con una rubia apetitosa. Sonreí ante la idea de mordisquearla, pero me esquivó con habilidad y no me quedó más remedio que seguir al acoso a los jóvenes impertinentes.

Les seguí hasta que me despistaron en unas vías y allí el olor a muerto me llevó junto a dos compañeros que dormían en las vías del tren y que se escondían bajo un puente. Estaban descansando tranquilamente, así que me tumbé con ellos para tratar de olvidar el mal rato.

Como no, un vivo tenía que venir a estropear el momento. Un pedazo borracho estaba dando voces al lado del puente. El jodido llevaba una curda encima que no se lamía. Se puso a pegar voces preguntando por su hermana perdida.

La gente, que venía a las fiestas del pueblo, comenzó a acercarse, entretenida por el espectáculo que daba. Al tipo, no se muy bien porqué, se le ocurrió dar la brasa con el tema de los zombis y para demostrar que existían, quería que la gente se acercase a donde estábamos para demostrar que no nos había atropellado un tren sino que eramos muertos de verdad, fruto de una infección.

La gente, divertida por las ocurrencias del borrachuzo, se puse a bajar a las vías a darnos la brasa. En un principio, intentaban no haber mucho ruido pero, como no, el mamao se ponía a gritar que cuantos éramos, que si estábamos enteros y que si su vieja en vinagre. Ya eso mosqueaba, pero estábamos tirados en un montón de paja roñosa y se podía aguantar, era un coñazo levantarse. Lo que colmó el vaso es que va el tío y se pone a tocar el silbato. Ahí ya nos levantamos encabronados con tanta tontería. Perseguimos a la gente y corrieron como alma que lleva el diablo perdiéndose en la distancia para luego ir a gritarle al borracho, que resulta que era el jefe de estación, que por qué cojones se había puesto a pitar, a lo que este se disculpaba, todo borracho.

Esos fueron los primeros que vi, pero el tipo estaba como una cuba y sólo había sido el comienzo. Más y más gente llegaba y por lo visto se había marcado de meta personal enseñarles a todos que los muertos de las vías eran zombis por infección, no por atropello, con lo que todo el rato grupos de gente bajaban a hacernos la puñeta y el tío, como seguía con un pedo que ni Alfredo, seguía pifiando la hora del tren y pitando cada dos por tres. Al final, comenzamos a subir para comérnoslo, pero él se escondía asustado tras los vehículos. Eso si, el susto le duraba poco porque en cuanto nos volvíamos a tumbar, otra vez a berrear.

Hubo un grupo que se acercó más que cualquiera. Un tipo que portaba un extraño objeto con una luz que no paraba de enfocarnos, quizás un nuevo modelo de cámara con un carrete mas pequeño.

Les perseguí hasta el borde de la calzada que bordeaba las vías, que estaba a unos metros sobre el nivel de ésta. Todos consiguieron trepar antes de que los alcanzásemos e incluso una niña con un mal peinado, seguramente fruto del mal gusto juvenil, se puso a chulear. Haciendo un esfuerzo monumental que nos hacía vomitar sangre, conseguimos subir aferrándonos a las pequeñas grietas del suelo tras patalear con dificultad. Cuando por fin subimos, nos entregamos a sembrar el caos.

Les perseguimos varias veces, pero huyeron valientemente. Cuando la zona se hubo calmado, nos volvimos a descansar.

La noche transcurrió bastante tiempo bajo la misma sombra. No fue casi hasta el amanecer que la borrachera se le bajó y por fin se fue a su maldita casa o a donde fuese, pero fue sustituido por un grupo de zombis que nos invitó a ir con ellos. Sin muchas ganas, les seguimos a lo que era la reunión de todo el ganado humano.

Estaban discutiendo, casi como si les diera igual ver a cien zombis ante los muros. Pude observar el alcance de nuestro poder. La valla temblaba como un árbol zarandeado por el viento. No tardó en quebrarse para dejar paso a un magnífico festín.

Alcancé a una rubia despistada que cuando me miró vi en sus ojos deseos de ser devorada, quizás cansada del Apocalipsis. 



El resto de no-muertos se lanzaron también a por los demás supervivientes. Cada uno dándose el gusto después de una noche aguantando sus fiestas.

Solo unos pocos escaparon, los que aprovecharon la oleada inicial para escabullirse por la brecha en el muro mientras sus compañeros eran comidos pero ya les llegaría su hora.

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