30/09/2017 - Medina del Campo - Hay para todos...







Eramos un grupo numeroso. Algunos habían soportado más penurias que otros. Una chica había sobrevivido dos años sin que la muerte osara rozar uno solo de sus cabellos y eso que era joven y en apariencia inexperta, pero su agilidad la hacía inalcanzable. Había gente de todos los rincones de España. Desde Galicia a Madrid y seguro que otros de lugares más lejanos. Hasta una vieja amiga, que daba los mejores abrazos, apareció por allí para hacernos olvidar los pesares del Apocalipsis unos instantes. Le acompañaba su protector caballero y un fiero aunque reducido grupo que había recorrido una larga distancia en pos de la esperanza. Todos nos acercamos a Medina del Campo. El ejército se había atrevido a prometer un nuevo punto seguro allí.

Lo malo de todo grupo es que surgen rencillas. Que si esta me debe unos antibióticos, que si la otra bebe mucha agua y mil historias que no quiero contar porque son dramas. Aún con todo, conseguimos llegar a Medina, buscando ayuda para una compañera que estaba infestada de pulgas, tenía el abdomen mordido y lleno de picaduras y necesitaba un médico. Los soldados habían prometido ayudar a quienes contribuyesen a liberar el lugar.

Allí coincidimos todos. Algunos viejos conocidos y otros nuevos pero todos fuimos a la plaza mayor. Esperábamos un anuncio formal pero en su lugar un par de tipos se pusieron a hablar de cosas raras. Francamente, debían estar un poco chalaos o borrachos. Uno hasta se subió al balcón y se calló de cabeza para sobresalto de los presentes. El otro se lo tomó con calma y, como si no tuviera importancia, anunció que estábamos rodeados de no-muertos.

Nos vimos rodeados por una decena de muertos y salimos en tropel. Una amiga cayó con varios encima y se salvó a duras penas por un vial de antídoto a tiempo, pero las marcas le quedaron, al igual que algunas babas de sangre.

Corrimos hasta que dejamos atrás la locura de las masas frenéticas y asustadas. La mayoría de mis conocidos se había perdido en el caos del momento y no teníamos tiempo de buscarlos. Tenía que haber algún militar que nos ayudase. Habíamos visto a algunos al entrar al pueblo. Volvimos sobre nuestros pasos y llegamos a un paso de muchos arcos. Ocultos tras los coches había un grupo de militares.

Hablamos con una soldado, alta y esbelta, que tenia una expresión... extraña. No sabía si iba a reír, a matarnos o a cantar una ópera. Sin embargo, tras ella si había una mirada clara, que se fijaba en mí con un deseo que ninguna mujer me había expresado jamás. Era la mirada de un zombi hambriento que veía un suculento manjar de grandes carnes. De seguro tanta grasa lo habría rematado de no-muerto para dejarlo como muerto completo pero no parecía importarle. Era un zombi poderoso, grande y fuerte pero por suerte, una buena reja metálica se interponía entre nosotros.

La mujer no nos dio mucha información, en resumen, nos mandó al carajo. Eso si, con elegancia. Marchamos por una calle tras los arcos y subiendo una cuesta encontramos un lugar acristalado que parecía atraer multitud de supervivientes. También atrajo a un zombi y tuvimos que escondernos unos minutos hasta que pasó. Luego, fuimos al edificio y subimos unas escaleras hasta llegar a una especie de plaza interna en forma de balcón desde la que se podía ver toda la zona.

Un militar nos mandó hacer una fila. Parecía bastante disgustado y con prisas. El resultado fue bastante penoso ya que todos eramos civiles. Tuvo que repetirlo bastante hasta que quedó algo que podría pasar por fila. Luego, la gente se dividió en grupos y fueron pasando cuando los llamaba. Los zombis rondaban el lugar mientras esperábamos nuestro turno. Cuando volvió a salir, ordenó que se presentara el capitán del equipo que nos precedía. Cuando entraron, por algún motivo extraño, la gente de mi grupo dijo que yo fuera el capitán. Como líder natural, mi primer pensamiento fue tener claro que los sacrificaba a todos para salvarme, luego que primero los hombres para quedarme sólo con mujeres y luego que a ver si podía sacar privilegios extra. Mientras tan altos pensamientos me invadían, el soldado salió de nuevo.

Mi primer acto, como no, fue cagarla. Me adelanté para informar de cuantos éramos y acto seguido me dijo que aún no lo había pedido. Luego, otro del grupo hablo a la vez que yo cuando sí lo pidió. Entramos y por fin recibimos una explicación de que pasaba. En efecto, los militares necesitaban ayuda y para empezar necesitaban agua, lo más esencial que puede haber. En el auditorio había una sala con varias botellas. El peligro radicaba en un montón de infantes que habían quedado atrapados y muertos allí dentro. Se entiende que no seguían muertos. Armados sólo con unas porras, teníamos que recuperar unos cuantos suministros para demostrar que servíamos para algo. También había un mapa que indicaba donde estaba uno de sus compañeros a los que debíamos ayudar

Nos dirigimos a la sala. Eramos ciento y la madre para mi gusto. El lugar era estrecho y la sala era como de cine, en pendiente con escaleras y muchas butacas y decenas de zombis entre medias. No teníamos porras para todos así que nos las dividimos. El grupo comenzó a separarse y las porras empezaron a tener enemigos en muchos frentes. Estaba atrapado en la última fila, desarmado, cuando uno de los zombis, un niño de unos 8 años, comenzó a acercarse. Mi compañero en la fila de al lado estaba también rodeado pero a más distancia. Comencé a darle golpecitos en el brazo para que me dejara la porra un momento. El zombi seguía acercándose y mi compañero no me hacía caso. Comencé a susurrar su nombre y a pedirle la porra

-Pepito, la porra. Pepito, la porra.

Todo ello sin dejar de darle golpes en el brazo, cada vez más rápidos y fuertes. Tenía el zombi prácticamente encima y pensaba tirar a Pepito encima suyo y salir por patas cuando me dio la porra y le di sin contemplaciones en toda la espinilla. El zombi cayó al suelo y pude respirar. Mis compañeras también estaban atrapadas así que las insté a pasar por encima del zombi e ir en dirección contraria. Por toda la sala se sucedían combates. Los zombis pululaban por doquier. Teníamos que coordinarnos para compartir las porras cuando se acercaban. Algunos no lo consiguieron.

Hicieron las señas de que teníamos suministros y comenzamos a replegarnos. En la entrada de la sala, Pepito y yo contuvimos a los zombis que trataban de salir. El resto del grupo aguardaba a los rezagados con ansias y comenzaron a armar revuelo, así que les dije que corriera el aire y se alejaran.

Mantuve a los zombis en la sala; con unos golpes en la rodilla se quedaban tranquilos en el suelo. Nuestro compañero lo pasó mal, pero al final consiguió salir. Fuimos con el soldado y le enseñamos el lugar que creía haber visto uno de nosotros en el mapa allí dentro. Puso una extraña cara de poker, pero nos dijo que fuéramos allí si era lo que marcaba el mapa.

Salimos y un zombi cruzó la esquina. Comenzamos a alejarnos pero nos acosó con gran persistencia. Corrimos hasta sentir que la sed y la fatiga nos estrangulaban la traquea. Conseguimos despistarle y avanzamos hacia el lugar. No había nada, ni muertos. Dimos vueltas aumentando el perímetro hasta que un sitio llamó nuestra atención, pero estaba custodiado por un zombi muy agresivo. Al parecer, se trataba de un científico ,pero no terminábamos de verlo claro, así que dimos un rodeo. Cruzamos el río, más seco que una momia, y llegamos a él desde la pasarela. El zombi seguía allí pero para alcanzarnos o subía unas escaleras o una larga rampa; en ambos casos esperábamos poder escapar.

Nos tomó un rato pero descubrimos que alrededor del científico había unas marcas rojas en el suelo que la criatura evitaba con todas sus fuerzas. Nos acercamos cuando el zombi se despistó y nos contó que allí sólo estaba él, así que dedujimos que habían mirado el mapa al revés, por lo que el sitio era justo en el lado opuesto del pueblo. Bordeando el río nos dimos la vuelta hacia la zona.

Mientras caminábamos me fijé que tres compañeras llevaban camisas a juego y estampado a la altura de la cintura llevaban sus nombres con un rojo brillante que las hacía lucir bastante horteras. Intenté no darle más vueltas al asunto y fui charlando con los miembros del grupo. Una de las horteras iba guiando con precisión gracias al mapa que no soltaba. Otra compañera contaba historias de su señor muerto, un tal Almidón... o Alquitrán, no recuerdo bien. Parecía dispuesta a ver el mundo arder por vengarle. Temiendo meter la pata, procuré evitar el tema, bastante tenía con los zombis como para crear más peligros. Una pareja feliz nos acompañaba, aunque no recuerdo el momento exacto en que empezaron a ir a nuestro lado. También nos seguía una familia entera que parecían en su salsa y las otras dos horteras iban también un poco “ a su bola”. Con tan variopinto grupo seguimos de camino al que esperábamos que fuera el lugar correcto.

Llegamos y parecía ser un parque. Un zombi con una camisa como de Freddy Krueger compenzó a perseguirnos y nos separamos. Luego, otro más se fue acercando a mí. Un hombre colosal, de estos que dices cargan él y un toro, el uno contra el otro y el toro se va a Parla. Me oculté tras un coche y se acercó a apenas un metro y medio de mi pero al final se marchó. Nos fuimos reuniendo cerca del parque. Poco a poco, todos los que habían huido volvieron. Al parecer, había un mapa en una zona precintada donde se marcaba el siguiente sitio al que ir, pero a su lado había un zombi que estaba más apalancando en el lugar que un político en su cargo.

Costó muchos esfuerzos, pero entre muchos supervivientes y muchos gritos y sustos consiguieron sacar una foto del mapa y salimos de allí como alma que lleva el diablo. Pagamos un alto precio, la familia entera, salvo el hijo mayor, cayó allí. Tratando de consolar al muchacho por su terrible pérdida, seguimos avanzando, siempre hacia adelante. Otro paseo más y llegamos a un viejo palacio de un marqués.

Otra joven del ejército, de cincelados pómulos, esperaba por ayuda. Me miraba de reojo, como si diera más miedo que los zombis y trataba de ocultarse bajo su gorra mientras nos explicaba la situación. No pude evitar preguntarme si le inquietaba que fijara en ella la mirada o mi presencia le molestaba de alguna forma. Sea como fuere, nos contó que habían montado un pequeño centro de suministros y que había algunos medicamentos por el suelo que necesitaba. Había un zombi dentro y el problema era que al abrir la puerta se activaba una alarma al minuto. Ella estaba desarmada así que no podía entrar. Como el lugar era pequeño, cuatro nos ofrecimos voluntarios para no saturar el lugar.

Dentro, el zombi aguardaba distraído con una luz. El lugar era pequeño, un hall con escaleras separadas con una barandilla y una rampa a la izquierda. Comenzamos a recoger víveres. Lo complicado era encontrar los medicamentos entre tanto material. Pepito se quedó paralizado con el muerto a escasos centímetros, olfateando su cuello. Dos compañeros recogieron unos packs de alimentos, pero cuando yo tenía el mio en la mano, la alarma sonó. El muerto me miró victorioso. Estaba atrapado a los pies de la rampa, contra la esquina. Sin pararme a pensar, subí de un salto a la rampa y comencé a rodear con el corazón palpitando. El muerto custodiaba la salida, comenzó a subir por un lado de la escalera y usando la barandilla de escudo bajé por el otro lado. Aguardé fuera con la puerta entornada para que mi compañero saliese pero el muerto le persiguió y se tiró encima suyo mordiéndole. La alarma comenzó a sonar de nuevo y abandonó su presa para perseguir ese atractivo alboroto. Sin dudar, la joven que custodiaba el lugar cerró la puerta. Teníamos otro vial, el último, que le inyectamos de inmediato. Con eso se calmó sabiendo que no moriría por la infección zombi, pero el dolor de la hería seguía siendo brutal. Completada la tarea, nos envió a ponernos a las órdenes del general Espinosa.

Era un hombre apuesto, con una barba y bigotes cortos, de regio aspecto y regio carácter culminados con una cicatriz que hablaba de luchas pasadas, luchas que habían templado su carácter bajo los fuegos más abrasadores del infierno. Alabó nuestras habilidades y nos expresó sus dudas iniciales respecto a la utilidad de los supervivientes. Le dimos unos cuantos suministros que cargábamos y traíamos de parte de los soldados como muestra de nuestra ayuda y nos mandó al siguiente punto. Pensé que había quedado satisfecho con mi actuación por la mirada de aprobación que me dedicó.

Una doctora aguardaba en el parque. Había una zombi merodeando, pero casi sentía lastima por ella, era un terreno basto y extenso y había decenas y decenas de supervivientes, pero ninguno fácil de alcanzar. El parque tenía una forma extraña. Bordillos de mas de medio metro contenían la zona de hierba y el camino de tierra discurría entre ellos, muy por debajo por lo que para ella suponía un problema, mientras que los supervivientes subían con facilidad de un salto.

Esperamos nuestro turno y nos mandó con el doctor al que fuimos antes para descubrir nuestra equivocación. Usando la misma estrategia del puente llegamos a él. Hablado más en profundidad con y de él, debo decir que parecía un poco... sonado. Tenía el pelo azul, algo que achaqué a un excéntrico capricho de estilo, pero el mismo con confesó haber probado algunas de sus mezclas y comprendí que alguna había tenido más efecto que el de alterar el pelo. Aun así, el tipo seguía teniendo cierto flow que no se podía explicar.

Nos mandó a un sótano a buscar el primero de dos líquidos, advirtiéndonos de que había un zombi cegado dentro, un compañero suyo al que había tirado ácido al convertirse, pero antes pasamos por la plaza del pueblo para presenciar un acto del ejército. Allí, nos encontramos con otro de los compañeros que provenían de Galicia. Él dirigía el grupo como un auténtico gentleman, protegiendo a las damas mientras su compañero no perdía detalle con la cámara. No pudimos explayarnos en los saludos ya que uno de los soldados de Espinosa fue acusado de traición, pero éste le dio ocasión de defenderse. El soldado llamó a sus colaboradores, un grupo que parecía dispuesto a derrocar al general, pero resultó ser una trampa. El soldado era un infiltrado buscando opositores al régimen de Espinosa. El cabecilla del grupo fue ejecutado sin contemplaciones por un pelotón de fusilamiento.

Tras el aleccionador suceso, seguimos nuestro camino al sótano. Custodiaba la entrada otro zombi robusto que quitaba las ganas de acercarse. Se alejó de la entrada justo cuando planeábamos quien debía entrar del grupo, pero vi la oportunidad y la aproveché. El sótano tenía escaleras y más escaleras. Parecía descender hasta las profundidades de la tierra. La falta de aire era agobiante. Al poco estaba sudando por la mezcla de oscuridad, profundidad, sequedad y terror. En teoría era ciego, pero había otro y no tenía muy claro que ese también lo fuera así que fui en penumbra. Encontré el líquido azul y me disponía a salir cuando tres supervivientes me cortaron el paso. El zombi se quedó inmóvil a un metro de la salida, igual que yo. Nos tomó un tiempo a oscuras, todos quietos, casi si atrevernos a respirar, esperando que el frágil equilibrio se alterase. Uno de los supervivientes bajó y viendo por fin un hueco en las escaleras me lancé hacia ellas y conseguí salir de allí.

Casi había salido por la puerta de nuevo a la calle cuando el zombi que guardaba el lugar apareció ante mí. Huyendo con valentía y perdiendo la rabadilla volví dentro, esperando que mis compañeros en al calle lo alejaran a gritos. Conseguí salir pero, cuando ya estaba en la calle, uno de mis compañeros me preguntó si había visto donde había que ir en el mapa y casi me doy de cabezazos contra una farola. Por suerte, los supervivientes que habían bajado poce después de mí se habían acordado y nos indicaron el lugar.

El líquido rojo estaba en el interior de un cuerpo, rodeado por una horda de muertos. Entre ellos, la familia de nuestro compañero Pepito. Mientras Pepito se quedaba en una esquina sollozando por ver a su familia muerta, el joven de la pareja se acercó al cuerpo aprovechando que la horda se comía a uno de los suyos por algún extraño motivo.

Volvimos con el doctor, que nos explicó el por qué de esa actitud. Mezclando ambos líquidos y tirándolo a un zombi las criaturas se devorarían al marcado. Buscamos un grupo de tres o más para que pudieran devorarse. La cosa iba bien, pero el chico que iba a marcarla dudó y al dudar se alejó de su grupo y cuando la manchó, no pasó nada. Estaba preparado para todo menos para eso. Fue como un pantallazo azul de Windows. Mientras estaba en modo cortocircuito, el zombi se volvió hacia mi y tan abstraído como estaba no noté los mordiscos. Sólo pasado unos instantes una dulce voz me dijo “Tonto del culo, si se la tenían que comer, ¿cómo lo van ha hacer si están a tomar por saco?”

Lo que sigue es del fragmento del diario de uno de los acompañantes del fallecido

No le pudimos salvar. No teníamos más viales. Tan guapo, fuerte y valiente. Puro de corazón, al igual que encantador y, sobre todo, tan modesto. Contemplamos con lágrimas en los ojos como el zombi se daba un festín.

No podíamos detenernos a llorar su pérdida. Conteniendo el llanto por la muerte de tal héroes, pensamos en donde había una horda y volvimos donde estaba el cuerpo con el líquido rojo. Allí había muchos zombis. No quedó más remedio que lanzar el líquido al zombi más cercano, que resultó ser el hermano de Pepito. Aquella noche estaba resultando feroz e impasible al sufrimiento ajeno. Grabamos la prueba que necesitaba el doctor para comprobar los resultados y volvimos con él. Ambos doctores quedaron contentos con el vídeo del resultado del experimento. De allí nos envió al último grupo que necesitaba ayuda. Íbamos contra reloj y nos encomendaron ir a una base. No supimos si nos indicaron mal o no nos enteramos pero cuando llegamos al lugar, los soldados no quisieron atendernos. Era el puesto que habíamos visitado al principio. Justo el zombi que acechaba tras los barrotes se liberó y tuvimos que escapar.

No quedaba tiempo para más. El general reunió a todos los supervivientes. Iban a usar los líquidos de los doctores para atraer a todas las criaturas y acabar con ellas de una vez. Debíamos permanecer en el centro del perímetro de los soldados para que las criaturas vinieran, pero con el líquido inundando sus sentidos no nos atacarían si no hacíamos movimientos raros. Cuando esparcieron el elemento, no tardaron en aparecer docenas de muertos que se mezclaron con la multitud. A un gesto del general, todos se alejaron muy despacio hasta salir del área, cuando no quedaba nadie, los soldados acribillaron a los muertos, dejando por fin Medina del Campo libre.





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