2017/11/11 - Mejorada del Campo












Mi madre se había contagiado del virus zombi. Sólo podía curarse con un carísimo tratamiento que sólo la WRG podía suministrar. Necesitaba dinero a cualquier precio. Nada hay más importante para mí que la familia.

Partí en busca de dinero. Sabía que no había forma legal de conseguir tamaña fortuna, por lo menos de forma ética. Había escuchado que Mejorada del Campo había sido tomada por un grupo de ricos hijos de altos funcionarios de WRG. Se dedicaban a saciar sus ansias de ocio aprovechando su dinero y cuanto más brutal fuera el evento mejor lo pasaban.

Llegué al poco de caer la noche. Se notaba que iba a ser una fría noche. Allí, en una plaza de toros, los salvajes habían montado su coliseo de espectáculos. La gente apostaba, frenética por duplicar sus beneficios y por ver sangre. Un par de hombres luchaba en el interior de un anillo de fuego. La lucha era a muerte. El vencido sería pasto de los no-muertos que se movían en la periferia del anillo, atraídos por su brillo pero de algún modo, espantados de acercarse a él.

Ambos contendientes mantenían una lucha frenética, esperando una abertura, un despiste, una debilidad en su rival. Les tiraron unas antorchar y comenzaron un duelo de golpes. He de decir que era impresionante. Puede que fueran unos bárbaros pero sabían montar un buen espectáculo.

Al final, uno de los dos cayó derrotado y el ganador echó arena sobre las ascuas para permitir a los zombis penetrar en el círculo y devorar al vencido mientras el escapaba.

Repartieron los beneficios y el presentador, un tipo estrafalario con un gorro de carnaval, anunció que cada uno de sus compañeros se había preparado su propio espectáculo y que teníamos ocasión de ganar “mucha pasta”. A medianoche, habría un evento en el que tendríamos oportunidad de ganar pasta y, al final, el ganador sería premiado con un sustancioso regalo. Necesitaba ese regalo, el dinero y todo lo que pudiera obtener.

Nos dispersamos, buscando a sus compañeros y ocasiones de apostar y obtener más dinero. Encontré a una tipeja ante un extenso callejón. Tenía el fetiche, como descubriría que compartía con sus amigos, de putear a los “pobretones”. Me prometió duplicar todo el dinero que tenía si cruzaba el callejón rebosante de zombis. Me daría una pequeña ayuda, sangre de no-muerto. Me camuflaría de ellos pero sólo unos minutos, mientras estuviese fresca. Como mi situación era de todo o nada y no parecía una tarea imposible, metí todo mi dinero.

Metí las manos y me manché bien la cara con la sangre y comencé a caminar. Había varias decenas de muertos y el callejón estaba mal iluminado, así que sólo distinguían siniestras formas que se movían de forma informe y agitada. Más de uno me rozó y me olisqueó pero me aseguraba de acercar mi mano, con sangre, a su nariz para que primase la esencia zombi.

Conseguí atravesar el callejón y volví dando un rodeo hasta mi macabra benefactora. Cuando llegué, abrió el bote y metió el doble de mi dinero, lo cerró y cuando pensaba que me lo iba a dar... lo tiró de nuevo a lo profundo del callejón, alterando a todos los zombis y haciendo que se amontonaran a su alrededor.

-Si lo quieres... ¡cógelo! ¡Ah! … y el efecto de la sangre ya ha pasado – dijo mientras se marchaba partiéndose de risa.

Sabía que necesitaba recuperar el dinero y que esa malnacida no me iba a ayudar. Internarse allí era suicida, necesitaba una distracción. En ese momento, un grupo de borrachos pasaba por allí armando revuelo, inconscientes del peligro de los zombis y de que la banda los había traído y soltado por el pueblo para divertirse.

-¡Eh!, Amigos, ¡Amigos! -les llamé.

-Qhué pasha, tronco -dijo uno más mamado que vivo.

-Tenéis pinta de saber disfrutar de un buen whisky -dije sonriendo amigable.

-Wua, shaval, no shabes con quien hablah. Shomos unos ezpertos -dijo el cabecilla.

-Pues igual podríais ayudarme. Se me ha caído rodando una botella por ese callejón y me da cosa ir a recogerla. Os importaría...

-¡Ja!, eres un mierdecillas. Voy... voy a pillar esa botella, y me las bebos con mis amigosh -dijo hinchando el pecho-. Vamosh tíos, aquí hay priva gratissss.

Esperé unos instantes a que se internasen y cuando escuché el primer grito, corrí dentro, evitando los muertos que se agolpaban al rededor de los borrachos que no paraban de gritar y me acerqué al bote. Uno de los muertos se paró a escasa distancia y se acercó a mi. Juntando todo el valor que pude reunir, junté ambas manos justo ante su nariz y recé. No tenía más que inclinarse y me mordería. Durante unos segundos, le escuché olfatear, dudando, y justo cuando comenzaba a abrir la boca, un grito ahogado de sangre atrajo su atención al borracho más cercano y se alejó. Volví a respirar, agarré el bote y corrí por mi vida.

No era mucho para lo que había tenido que pasar. Eran sólo 600 dólares y necesitaba más, muchísimo más, así que, sin más opciones, seguí buscando a otro de aquellos tipos que pudiera duplicar esa cifra o, quizás, yo tenía que apostar más duro.

Llegué a un gimnasio atraído por una multitud enfervorecida por la sangre. Otro de los macabros miembros de la banda tenía su espectáculo allí. Este consistía en apostar, meter en un bote la pasta y tirarlo a un zombi atado a un poste.

Llegué justo cuando el zombi limpiaba un cadáver reciente, con sus resto esparcidos por el lugar.

-Quién quiere apostar -dijo el presentador.

Varias personas dieron un paso al frente, yo entre ellos.

-La apuesta mínima serán 500 dólares -dijo.

Todos pusimos dinero. Eramos cuatro así que podía sacar un buen pellizco si ganaba. El problema era ese mismo, que eran tres que podían quitarme el dinero.

-La regla es sencilla. El que lo coja se lo queda. ¡Empezad! -dijo cortando las cuerdas del zombi.

Este se lanzó a perseguirnos. Uno le hizo una finta y se lanzó a por el dinero. Quería impedirlo pero el zombi se centró en mí. Corrí haciendo un círculo hacia el tipo que estaba cogiendo el dinero. Cargué hacia él con todas mis fuerzas y le aparté de un empujón del bote, siendo lanzado contra la pared. El público gritó encantado por la muestra de brutalidad y el zombi corrió directo a nosotros. Me aparté y dejé que se deleitara con el derribado. Me acerqué a paso tranquilo, los otros jugadores me observaron aterrados, sin atreverse a jugarse la vida por dinero. Agarré el bote, saqué mi dinero y salí de allí sin mirar atrás a pesar de la insistencia del presentador en hablar conmigo.

Seguía siendo insuficiente, pero en poco tiempo casi había cuadriplicado mi dinero. Necesitaba seguir con ese ritmo.

Llegué a un colegio. Allí, otro grupo esperaba su oportunidad de ganar dinero. El problema fue que todos se lanzaron a por mí y me ofrecieron en sacrificio. Contra mi voluntad me arrastraron entre todos, ayudados por el tipo de aquella llamemosle “prueba” o “apuesta”, que con una pala me golpeaba para que fuera más fácil arrastrarme. Me ataron a un poste y me dejaron allí mientras ellos se colocaban a buena distancia para mirar. Me quedé petrificado, mirando en todas direcciones temiendo llamar la atención de cualquier zombi cuando mi plan se fue al garete al sonar una alarma justo en lo alto de la columna. De las sombras del patio surgió una mole, un coloso, el más impresionante de los zombis, vestido con un largo abrigo de cuero marrón. Se acercaba a mí con rapidez. Sabía que mi única oportunidad era soltar la cuerda y salir por piernas. Llegó a mi antes de que pudiera liberarme, pero había aflojado las cuerdas. Comencé a girar al rededor de la columna mientras él, con torpeza, trataba de agarrarme. De los golpes que daba él y de la tensión que ejercía yo girando, la columna comenzó a soltarse, con la buena fortuna que tanto ella como medio tejado cayó sobre el zombi, permitiendo que me liberase. Pero no tardó en resurgir, el poder que emanaba de aquel ser era incontenible. Apartando los restos, comenzó a arrastrarse fuera de los escombros y a seguirme y entonces vi mi oportunidad de vengarme. Deslizándome por el linde sombrío de la valla del colegio, me acerqué a la puerta seguido del zombi mientras los cabrones que me habían vendido y el jefe de la prueba contaban ganancias y hacían nuevas apuestas. Llegué a la puerta y la atranqué desde fuera. Cuando se quisieron acercar, el colosal zombi ya estaba sobre ellos y comenzó a despedazar gente. Estaba rabioso, quizás los zombis también se cabrean y este estaba enfadado por que le había tirado un tejado. Todos corrieron a la salida pero en vano trataron de abrir.

-¡Por favor, ayúdanos! -gritaban.

-¿Qué me ofrecéis? -dije, sonriendo con malicia.

-¡Toma!¡Toma! Es todo lo que tenemos -dijo ofreciéndome una bolsa llena de dinero.

-Gracias -dije mirando satisfecho.

-Ahora abre la puerta.

-Me temo que está atrancada. Tranquilos, os mandaré ayuda.

Y me marché mientras sus gritos y maldiciones acompañaban mi marcha. Eché cuentas y calculaba que en la bolsa podían haber entre 20 y 30 mil dolares. Era una buena pasta, pero aún no era ni la mitad de lo que necesitaba.

Llegué a un parque infantil de esos que mezclan columpios, tobogán, etc, todos en uno, formando una única estructura con todos juntos, donde otro de esos malnacidos había decidido pasar la noche. Este tenía menos espectadores, así que pude hablar con él. Tenía que hacer un recorrido por los columpios y traer una campana sin tocarla, sólo por el mango y sin que sonara.

-¿Cuánto me pagas? -le pregunté.

-500 dolares.

-Eso es basura, necesito más, mucho más. Por qué no lo hacemos más interesante.

-Me gusta como suena eso. ¿Qué propones?

-Se que te mueres por ver a ese bicho comerse a alguien -dije señalando al zombi que vagaba en los columpios -. Yo no pienso dejarme comer, así que haré esto, te traeré a alguien y haré que muera en los columpios para darte un buen espectáculo.

-Suena interesante. Muy bien. Dame un buen entretenimiento y te daré 10 mil dólares.

-Excelente.

Partí en busca de alguna víctima. Me encontré con gente de la prueba del gimnasio que me evitaron con cara de asco. Seguí hasta encontrarme dos jovencitas que no serían ni mayores de edad.

-¿Qué hacéis aquí?

-Nos hemos perdido. Estábamos en casa de una amiga cuando un zombi entró y tuvimos que salir corriendo, pero nos separamos y no sabemos a donde ir -dijo una, sin parar de temblar.

-He visto un parque donde podemos escondernos. Tiene columpios altos y allí no llegarán los zombis. Venid, yo os protegeré.

Se pegaron a mi como si lo creyeran de verdad. Sentía lástima por ellas pero no significaban nada comparado con mi madre. Eran el precio por su vida.

Llegamos y el zombi no estaba a la vista. Vi una buena oportunidad. Me aseguré que mi espectador, del que dependía mi paga, tuviera buenas vistas, me giré hacia las niñas y les hice un gesto para que guardaran silencio y que subieran por el tobogán.

Primero subió una, pero cuando la segunda la seguía, resbaló y cayó. El ruido atrajo al instante al zombi. La niña, horrorizada, volvió a trepar a toda prisa. Lo tenía casi encima y sabía que no escaparía, así que atrape a la niña del tobillo y la lancé a sus pies. Subí mientras la niña lloraba y gritaba de terror y dolor. Su amiga esperaba arriba del columpio y al subir me observó aterrada, como si esperase que me la comiese. Pasé de largo y busqué en lo alto del columpio hasta ver la campana. Cuando volví, la niña seguía en el mismo sitio y el zombi había dado buena cuenta de su amiga y trataba de subir al columpio. Pude ver a mi pagador mirando con una sonrisa. Sabía lo que quería y podía ser una buena carta para obtener un plus. Agarré a la niña, que se había hecho todo encima y, sin oponer resistencia, dejó que la llevase ante el tobogán. Sólo entonces me miró.

-Por favor -musitó.

-Lo siento -le dije mientras le daba una patada.

Sentía el asco cada vez mayor que me daba mientras escuchaba sus gritos y lamentos. No quise ni mirar. No paraba de repetirme que todo era por salvar a mi madre. Me recompuse como pude antes de acercarme a mi pagador.

-Eso merece un extra, ¿no te parece? -le dije con tono arrogante.

-Ya lo creo amigo, nunca había conocido a semejante hijo de puta -dijo sonriendo como un maníaco-. Ten, 15 mil. Me ha encantado ese extra.

-Gracias, sabía que te gustaría.

Cogí el dinero y me marché manteniendo la pose hasta doblar la esquina. Entonces me apresuré entre un par de coches a vomitar todo lo que había tomado de aquí a la primera papilla. No pude reprimir las lágrimas. Tenía casi la mitad del dinero pero... ¿a qué precio? Seguí caminando, con dudas cada vez mayores y con un sentimiento de repulsa hacia mi propio ser. Pero no podía parar, había llegado muy lejos como para dar marcha atrás.

Escuché a algunos viandantes decir que en la plaza iba a empezar el siguiente evento así que me encaminé raudo hacía allí.

Pidieron entre el público a los que más dinero tenían y a los que menos. Estaba seguro de ser el que más tenía a excepción de los propios niños ricos, pero algo en todo aquello me resultaba sospechoso, así que opté por hacer mutis. Se llevaron a tres pobretones y a uno con 22 mil dolares. Luego, explicaron el juego. La ruleta rusa. El rico giraría la ruleta y dispararía. Si mataba a alguien, le duplicaban lo que tenía, si no, el otro tenía oportunidad de vengarse y quitarle todo y ocupar su lugar o sólo la mitad. Respiré aliviado. Podía duplicar mi dinero, pero estaba seguro de que era mucho más posible que perdiera todo o me matasen. El resultado, para no alargarnos, fue que todos murieron salvo uno de los pobres que se fue con 44 mil.

Era una cabronada, pero si podía liquidar a ese tipo, no tendría que matar a nadie más. Y puede que sólo robar el dinero y correr fuera suficiente. Comencé a seguirlo pero estaba acompañado por un grupo de amigos que le felicitaba, así que tenía que ser cauto. Sus amigos querían seguir jugando aunque él quería irse a casa con lo ganado, pero como suele pasar en los grupos, acabó cediendo y yendo con ellos.

Les seguí a distancia. Se toparon con un tipo que se escondía entre los arbustos, mirando a un callejón en el que parecía haber algo interesante. Al parecer, la gracia era traer una foto de un cartel con un código que había pegado. La foto tenía que ser clara. Y el punto de todo es que cuatro zombis custodiaban el estrecho lugar; entre ellos, el colosal zombi de la chaqueta de cuero que parecía haber escapado del colegio. Les ofreció dos mil dolares a cada uno por la foto. El ganador pasó de la oferta, ya que para él era nada, pero sus compañeros se mostraron entusiasmados.

-Me voy a poner ciego de alcohol -dijo uno.

-Yo me pienso ir de putas -dijo otro.

Con unos planes tan originales, altruistas y dignos de elogio, se pusieron en camino a jugarse la vida. El ganados de los 44 mil se mantenía a distancia pero demasiado cerca de sus compañeros. Necesitaba diezmar su grupo, así que, desde un ángulo que no me veían, agarré una lata y la tiré hacia ellos. Cuando golpeó, los zombis se volvieron locos y se lanzaron a por ellos. Dos de sus amigos fueron atrapados y sus gritos de agonía me castigaron los oídos. Era necesario y no parecían gente dignas del regalo de la vida.

Mientras, sus amigos, haciendo gala de compañerismo, sacaron la foto y volvieron a por su recompensa.

-Puto Álvaro, sabía que iba a pencar -decía uno sonriendo.

-Joder, como te pasas. ¿Y qué le dices a Maripuri?

-No te preocupes.... ya me aseguraré de consolarla.

-Tíos, me siento mal y quiero irme a casa -dijo el ganador.

-Los cojones, no me seas marica -dijo el que parecía llevar el pin del mas chulo.

-Tío, tengo pasta y quiero disfrutarla.

-Que casi hemos acabado, ganamos un poco más y nos piramos. Además, luego hay otro evento en la plaza, tronco, y estos cabrones se lo montan cojonudo, no me seas nenaza.

-Tío, yo paso.

-¡Eh! -dijo mientras sacaba una navaja automática- No me hagas repetírtelo, nos quedamos hasta que acabe.

-Vale, vale, relaja, tío -dijo el otro visiblemente amedrentado.

El macarra miró un instante al tipo que acababa de darles la pasta, luego al bate que este llevaba y luego a la pistola que asomaba de su cinto. Decidió que no merecía la pena el riesgo y se marcharon. Seguí al grupo calle abajo.

Pensaba como podría obtener su dinero cuando una horda surgió de entre los arbustos, alcanzando al ganador con su dinero. Mientras se lo comían, en su afán avaricioso sus amigos trataban de quitarle le mochila y, por ello, todos sucumbieron. Me escondí mientras el banquete terminaba y cuando sólo fueron un montón de huesos y algunas vísceras desparramadas, la horda siguió su camino, momento que aproveché para acercarme y robar lo de los tres, obteniendo suficiente para la operación de mi madre.

El coliseo improvisado estaba cerca de donde había aparcado. Como ya no necesitaba más, observé por una ranura el evento final. El grupo había envenenado a los espectadores y el antídoto estaba en su campeón. Lo que no esperaban, o quizás si, es que las gradas se lanzaran como bestias a por él. Consiguió matar a muchos pero luego lo despedazaron vivo, ni los zombis eran tan crueles. Aún respiraba mientras que unos tiraban de sus piernas y otros de su torso y se partía por la mitad en un grito espeluznante. La gente bebía de su sangre como animales y entonces, el broche de oro. Los niños ricos abrieron las puertas y liberaron decenas de zombis mientras cerraban la plaza y ellos escapaban habiendo pasado una noche en la que habían triunfado sobre el patético populacho. Me alejé de la grieta. No quería ver lo que iba a pasar. Los gritos inundaron la noche.

Conduje tratando de no pensar en nada, ya que debía concentrarme en la carretera y podía venirme abajo si permitía que mis pensamientos salieran a la luz de mi consciencia.

Llegué a casa, esperanzado, quería decirle a mi madre que todo estaría bien, que la podía salvar, pero me paré en seco. Las luces estaban apagadas y la poca luz que entraba desde el descansillo mostraba una forma de cuclillas, con un sonido de masticar, de roer. Brillos de fluidos rojos inundaban el suelo. Reconocí la figura. Caí de rodillas. El ruido la atrajo. Se levantó y comenzó a caminar hacia mí. Cuando estuvo a escasos centímetros, la luz la iluminó, despejando todas las dudas.

-Madre -dije antes de que cayera sobre mí, desgarrándome el cuello.

Mientras se desvanecía mi consciencia, pude ver las llamas, las llamas del infierno y todos a los que había condenado esa noche a acabar en él. Me esperaban, con mil torturas cada uno, mi castigo por volverme un animal. Es lo justo, fue lo último que pensé.


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