2017/11/18 - Conil de la Frontera - Pescadores... ¡A las armas!









Conil de la Frontera, un pueblo asolado por la codicia de un hombre, un hombre sin ningún tipo de escrúpulos o aprecio por las vidas humanas. Todo comenzó hará unos meses. Se supo que un rico empresario estaba mostrando interés por nuestro pueblo pero no supimos más detalles. Al poco, una plaga asoló el mar, contaminando la pesca y haciendo enfermar a todo aquel que la consumiese. Las tres familias, los Tur, los Virtud y los Guzmán se vieron ante una grave crisis. Era temporada baja de turismo y dependíamos por completo de la pesca. El empresario, "muy oportunamente", comenzó a hacer ofertas por los territorios y empresas de cada familia. Los Tur, la familia menos arraigada en el pueblo, no tardaron en aceptar, en cuanto vieron un bache en su vertiginoso ascenso, vendieron todo, incluido su apellido, marchándose y dejando como único remanente a unos pocos rezagados que se quedaron trabajando para su nuevo jefe.

La cosa iba de mal en peor para las otras dos familias y el empresario, Manuel, no paraba de hacer ofertas, ofertas que unas semanas atrás habrían parecido ridículas pero que en esta ocasión algunos se planteaban aceptar aún siendo un insulto.

Manuel pensaba dar una charla esa misma noche ante la Torre de Guzmán, puesto que mucha gente estaba descontenta y debió pensar que dar la cara y contarles una bonita historia calmaría los ánimos. Nada más lejos de la verdad. Incluso extranjeros del propio pueblo, al poco de escuchar las barbaridades que contaba, le abuchearon sin compasión, casi acallando los abucheos de los del propio pueblo. Aquello no le gustó nada a Manuel, llegando al extremo de perder su máscara al liberar zombis sobre los civiles allí reunidos.

Las gentes corrieron despavoridas pero, por suerte, las familias, en especial los Virtud, salieron a defender su pueblo nada más verlo en peligro. Armados con lo que buenamente encontraron por sus casas, no dudaron en salir a combatir contra los zombis. Gracias a ellos que pude escapar de la plaza donde estábamos.

Me topé con Manuel cerca de la Iglesia de Santa Catalina y le espeté sobre qué demonios estaba haciendo. Me contestó con absoluta calma y tranquilidad que no sabía a que me refería, que sin duda, aquellos muertos los habían traído las familias descontentas. Me ofreció hablar con algunos de sus empleados para que viera que el era un honrado empresario. No le creí una palabra, pero pensé que igual podía obtener alguna prueba de lo que tramaba y quizás de su culpabilidad.

Me mandó con uno de sus pescadores, al que no tarde en encontrar, pero cuando nos disponíamos a charlar, una horda de muertos apareció y tuvimos que ocultarnos usando una manta que tenía manchada de sangre de no-muertos. Me susurró que si no hacíamos ruido, con dicha manta pasaríamos inadvertidos. Le pregunté por su nuevo jefe y me dijo que al menos le pagaba, aunque le tenía esa noche tomando muestras de sangre y no sabía para qué. Pensé que resultaba sospechoso e intenté indagar más pero me dijo que estaba muy ocupado y me mandó con otra empleada que igual podía ayudarme.

Me acerqué, pero mantuve la distancia. Vi que estaba tomando haciendo algo con unos jóvenes. Me acerqué a escondidas y vi que estaba midiendo algo. Luego, les señaló hacia un zombi que tenía encadenado. Se acercaron sin mucho ánimo mientras la mujer observaba un medidor. Cuando cruzó una marca que tenía, torció la cara en gesto reprobatorio y se acercó con sigilo para dar una patada por la espalda al joven, que cayó de cara ante el zombi que se apresuró a comerse su rostro. La mujer que le acompañaba se quedó petrificada por el horror, hecho que la loca aprovechó para empujarla a ella también.

Salí de allí corriendo hasta perder el aliento. Estaba cerca de la Lonja de Pescados y me encontré con una mujer de la familia Virtud. Estaba temblando por la fresca noche y me pidió ayuda. Había perdido las llaves al colarse un bicho, un zombi, en la oficina y no se atrevía a entrar a buscarlas y las necesitaba para irse a casa.

Accedí a entrar, sólo para coger las llaves, no pensaba enfrentarme a esa criatura. Era un largo pasillo y el zombi estaba en el medio, embobado como si pensara en sus cosas. El lugar estaba en completa oscuridad y me deslicé todo lo sigiloso que pude. Cuando pasé a su lado, comenzó a inquietarse y a olfatear el aire. Avancé hasta el final del pasillo donde me había dicho la mujer que se le habían caído y tanteé hasta encontrar las llaves. El zombi avanzaba, lento pero incansable, hacia mí. No tenía por donde escapar, era muy estrecho y su andar desigual lo hacía zarandearse y rozar las paredes. Además, estaba seguro de que sería capaz de olerme si se acercaba de nuevo, ahora estaba atento. Tomé un jarrón que había adornando el final del pasillo, me apreté todo lo que pude contra la pared y lo lancé contra el extremo más alejado de la puerta. El estruendo hizo que el zombi corriera hacia él, pasando a escasos centímetros de mí. Corrí hacia la puerta procurando que mis pisadas no sonaran demasiado y salí para sentir el aire puro en mis pulmones. Nunca más, me dije a mi mismo, tu caballerosidad por poco te cuesta la vida. Me apoyé unos instantes en la pared tratando de recuperar los años que había perdido por tanta tensión. Me sentía exhausto.

Le dí las llaves y ella me dio un fuerte abrazo. Fue lo más reconfortante de la noche. Luego, se marchó a toda prisa sin parar de darme las gracias y me dijo que fuera a hablar con su patrón, el patriarca de los Virtud, cerca de la Torre de Guzmán.

Después de aquella experiencia, no me veía con mucho ánimo de cruzar la ciudad y quizás toparme con otro maldito muerto, pero tampoco quería estar sin hacer nada y que el pueblo se viniera abajo. Fui hasta allá de nuevo y lo encontré breando con varios muertos. Le ayudé como pude pero estaba exhausto. Iba a contarle que había ayudado a una de sus familiares pero cortó mi historia por lo sano, no había tiempo. En lo alto de la torre, Manuel había estado trabajando y tenía constancia de que se había dejado su portátil con el USB conectado a él. Podía tener la información que necesitábamos para acusar a Manuel y acabar con él para siempre. Intentó dar unos pasos pero no podía. No soy médico pero tenía pinta de haberse torcido el tobillo. Pensé en callarme y hacerme el sueco, pero una voz interna, esa que siempre piensas, cierra la puta boca, me dijo que no era lo correcto, más cuando había un montón de escalones. Le dije que vigilase la entrada, que yo subiría y me advirtió de que tuviera cuidado, que había escuchado ruidos y podía haber algún zombi.

Subí las escaleras, una vez más a oscuras sin ver un pijo y pensando que seguro iba a tropezar y caer rodando escaleras abajo por tonto. Llegué a lo alto y, en efecto, un zombi vagaba por el lugar dándose de cabezazos contra las paredes y dejando todo perdido de sangre. Vi, con la débil luz que se filtraba por una estrecha ventana, el portátil y esperaba que el USB estuviese aún conectado a él. Cuando el zombi se alejó de la escalera, subí con sigilo y me acerqué a la mesa. Recorrí los límites del portátil buscando algo que sobresaliera y, por fortuna, lo encontré. Saqué el USB y cuando giré, vi que el no-muerto estaba casi encima mía. Rodé hacia un lado de forma poco elegante y me lancé hacia las escaleras con la criatura detrás. Caímos rodando ambos todas las escaleras hasta abajo, aunque se ve que su fragilidad zombi le pasó factura y también confieso que le usé para amortiguar la mayoría de golpes. El caso es que al llegar abajo, era un amasijo de huesos rotos. Me incorporé como pude y salí de la torre.

El patriarca de los Virtud estaba fuera, con algún muerto más a los pies y le dejé el USB. Me pidió, aún con todo lo que había hecho, que fuera a ver a un par de familiares. Estaban en el bosque de Conil y estaba preocupado por ellos y quería que les dijera que tenía un USB que podía contener pruebas contra Manuel.

No me hacía gracia, pero teníamos que estar unidos contra Manuel, así que me puse en camino. El lugar era un bosquecito dentro del pueblo, en una colina. La subí perdiendo el aliento y allí me encontré con dos hermanos. Una, Alejandra, la pequeña, y otro, Cristian, el hermano mayor, una mole, grande, guapo, fuerte, daba seguridad estar cerca suyo, modesto, humilde, muy humilde, de esas personas que no se echan flores encima.

Les dije que me mandaba su patriarca para decirles que tenía el USB. Ellos tenían otros planes. Me contaron la historia de las familias de Conil. Los Virtud llevaban 200 años ya por allí y siempre eran los primeros en dar todo por su pueblo. Procedían de una larga tradición de navegantes y, antes de pedirme ayuda, querían que les dibujara la estrella guía de todo marino. Supe que se refería a la estrella Polar y usando unas ramas, dibujé la constelación. A continuación, me dijeron que debía ir con los Guzmán, la familia más antigua, con 800 años a sus espalada en Conil. No eran mala gente, pero tenían poca sangre en las venas. Esperaban que Manuel fuera sólo una molestia igual que otras muchas plagas que habían asolado el lugar y que, cuando pasara, ellos seguirían allí. Teníamos que quitar esa absurda idea de sus cabezas. Con el recuerdo de la estrella Polar reciente, debía hacer que recordaran sus orígenes, que ellos eran marineros, pescadores, igual que la mayoría en el pueblo y que debíamos ser una piña, debíamos ir todos juntos y expulsar a ese infame rufián, a ese bastardo que estaba contaminando las aguas. Se explayaron un poco en los insultos puesto que Alejandra también había ido a la charla de Manuel y también había escapado por los pelos de los muertos.

Me mandaron a un sitio en el que estaban seguros de que estaría la jefa de los Guzmán. Era joven pero tradicional en sus formas, aún así, esperaban que fuera capaz de convencerla. Mientras, ellos seguirían reuniendo gente para luchar contra Manuel y sus muertos... también contra los zombis.

La encontré en La Chanca, donde me habían indicado, pero no parecía muy para la labor de escucharme. Uno de los zombis la había asaltado y había perdido todos sus documentos en el patio, esparcidos por allí y cada vez más ilegibles por las babas sangrientas de las criaturas. Me dijo, no de muy buenas maneras, que si quería hablar conmigo, tenía que recuperar los papeles. Aunque tenía ganas de mandarla a hacer puñetas, me contuve pensando en el pueblo. El zombi estaba paseando por el lugar y cuando se alejó, aproveché para entrar. Los papeles estaban asquerosos y, mientras apartaba un cacho de intestino de uno de ellos, pensé en lo mucho que me iba a ofender como la pava esa me dijera que no le valían y que me fuera a tomar por saco. Me olvidé de ello cuando el zombi clavó su mirada en mi y me vi reflejado como un jugoso filete. Agarré el último papel que tenía a mano y huí valientemente.

Le di todos los papeles a la muchacha y esperé paciente a que sus suspiros acabaran mientras trataba de colocarlos en orden. Cuando por fin acabó, no la dejé hablar. No pude contenerme, ella estaba allí preocupada por unos estúpidos papeles mientras había gente muriendo en las calles y los muertos asolaban el pueblo. Al parecer, mi furia despertó algo en ella, ya que me miró con determinación. Esperaba que fuera determinación para ayudarme y no para partirme la boca y, por suerte, fue la primera opción. Me dijo que debía reunir a sus familiares y me mandó a por uno que estaba en la playa, buscando a una amiga argentina que se había perdido y que nos reuniríamos todos ante la Torre de Guzmán.

Me tomó un rato llegar porque empezaba a haber muchos muertos, entre los originales y los nuevos infectados, pero encontré al tipo justo cuando temía tener que ayudarlo a buscar a su amiga pero, por suerte, él ya lo había hecho y casi chocan contra mí en su huida de los muertos que vagaban por la playa. Le hizo un resumen rápido, enfatizando que era su patrona la que lo había ordenado. No se paró mucho a pensar, la lealtad a la familia era absoluta e indiscutible, así que fuimos a la Torre y observamos una multitud allí reunida. Usando unos toneles de los que sobresalían las piernas de un zombi ahogado, los hijos e hijas de los Virtud y los Guzmán trabajaban juntos para marcar a todos los presentes con sangre.

Manuel llegó arrogante, pensando que la multitud venía a suplicar. Se subió al atril una vez más y comenzó su discurso restregando en las narices a la gente que ahora no gritaban tanto. Pero le interrumpieron, los dos patriarcas de las familias subieron junto a él. Le dejaron claro que no se iban a someter y Manuel, con cara de “muy bien, es lo que esperaba”, dio un silbido y una multitud de zombis se plantó en la entrada de la plaza.

Lejos de amedrentarse, los patriarcas le remarcaron que observase un poco a la multitud reunida. Todos estaban manchados de sangre. Todos menos Manuel. Sólo él iba a oler apetecible para los zombis. Al instante, el digno empresario comenzó a perder la compostura al tiempo que comprendía que no tenía el poder. Sacó su última baza. Le dijo que tenía a su hija, que si le pasaba algo, sus hombres la matarían. El amado líder de los Virtud sonrió y señaló a unas caras en la multitud.

    -¿Los reconoces? -le dijo sonriendo- Son tus trabajadores, que están hartos de tí y de tu crueldad. Todo Conil está en contra tuya, unidos como nunca.

Los zombis comenzaron a introducirse entre la gente, ignorando a la mayoría y olisqueando a alguno poco manchado, pero la mayoría fueron directos a por Manuel. El patriarca de los Virtud le empujó fuera del atril sin contemplaciones, cayendo de rodillas y, mientras contemplaba una multitud de manos pálidas que se dirigían a él, comenzó a gritar como un niño pequeño, gritos que no tardaron en convertirse en alaridos de dolor.

Cuando el festín acabó, tomamos las armas y, camuflados con la sangre, limpiamos Conil y salvamos la comarca de una plaga zombi.

Las celebraciones duraron días y las familias acordaron volverse una sola con el matrimonio de los dos jóvenes patriarcas.


























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