2017/11/25 - Posadas - Envenenados





La noche prometía ser de lo más anodina. Un evento culinario... wow, que ilusión... pero claro, mi chica insistía que desde que comenzó el apocalipsis, siempre ponía excusas para no salir y no me quedó más remedio que ir a ver a un franchute dando de comer a unos peces gordos.

Había mucha gente reunida, "cuanto aburrimiento hay en el mundo" pensé, mientras ponía los ojos en blanco. Mi dulce Lidia miraba con entusiasmo, como si ver a un chef de 8 estrellas Michelín fuera la gran cosa, aunque ahora que pensaba en ello, me sonaba que sólo eran 3 las que se podían tener. Una pesada de los derechos de los zombis se acercó para darme la brasa de que había maltrato contra los zombis. No le hice ni caso y traté de no entablar contacto visual ya que nunca se iría; esa clase de gente tiene serios problemas. El evento comenzó, con mucho misterio, precediendo a todos los concursantes una falsa niebla que más que darle publicidad daba malas vibraciones, como una secta de Nosferatu surgiendo según se disipaba. Pero acabando con el dramatismo, una alegre presentadora se puso a animar la noche. Primero, presentó al chef, que lejos de ser el pijo refinado estirado que esperaba, se mostró bastante adusto y declinó hablar. La presentadora trató de quitarle importancia, aunque el alcalde parecía un poco molesto.

Luego, la presentadora se centró en presentar al jurado. La primera, una modista francesa, era una pequeña dama que lucía un conjunto de lo más atractivo, además de un valiosísimo collar de platino y diamantes. Le seguía un cantante de pelo largo, el típico moñas que canta alguna chorrada sobre sentimientos y las vuelve a todas locas. Luego, el alcalde, el obseso con los votos que siempre estaba pensando como exprimirnos y sacarnos más pero que se las apañaba para ser reelegido una y otra vez. Lidia le adoraba y aún no se por qué. Algo de que era achuchable como un osito, para mi que lo que le hacía falta era una buena ostia. Al trío estrella les acompañaban dos representantes de WRG, uno de investigación de no sé qué, con pinta de que lo habían rescatado del sótano de su madre para hacer experimentos para ellos y otro bajito y con una cara de mala ostia que mejor no toser cerca suyo.

La alegre presentadora dio pie a que el chef presentara los platos, aunque más que presentar, diría que los tiró sobre la mesa sin mucha ceremonia y juraría que eran bollitos de la tienda de la esquina. En cuanto los dejó, se apresuró a salir de allí a toda prisa y el jurado se dispuso a catar los supuestos manjares. Cuando sólo habían tomado un bocado y la presentadora se acercaba a preguntar impresiones, una voz se alzó en la multitud.

-¡No comáis! -se escuchó al fondo del gentío.

El que había hablado avanzó hasta el atril. Se presentó como un superviviente de Quijorna y hermano del falso chef que acababa de servirles. Aquello alteró de forma visible a los representantes de WRG. Pero no acabó ahí, afirmó que la comida había sido envenenada. Aquello desató el pánico entre el jurado. El alcalde trató de limpiarse la boca con su corbata, la modista estaba temblando, pero el peor fue el cantante, que se puso a gritar como una niña histérica. Se acercó al tipo bajito con cara de pocos amigos y le zarandeó pidiendo ayuda. El soldado, ni corto ni perezoso, sacó la pistola y le metió 3 tiros. El resto de personajes, a excepción de su compañero, huyeron aterrados más por su locura que por el veneno zombi que acababan de tomar.

El comandante dijo que el falso chef debería haber dejado pistas de su paradero o de un antídoto y que le buscásemos y prometió dinero, mucho dinero, al que le ayudase, y lanzó un puñado de billetes a los más cercanos para probar que decía la verdad. Atraídos por los disparos, un pequeño grupo de zombis irrumpió en la plaza mientras la multitud, codiciosa, se afanaba en recolectar billetes. La primera en caer fue la presentadora que, observando como la gente se pisaba y empujaba, no se dio cuenta de que los zombis se acercaban por su espalda hasta que sus manos la apresaron. Sus gritos fueron el detonante de la estampida. La multitud se dispersó en todas direcciones, aterrada, mientras que yo sólo podía pensar en irme a casa y atrancar la puerta; pero Lidia tenía otros planes. Quería que nos comprásemos una casa y esta era la oportunidad que esperábamos. La intenté convencer, pero era tozuda como una mula y prefería jugarse la vida a dejar pasar unos miles de euros. 




Vi a lo lejos al tipo que había detenido la cata, aunque tarde. Le seguimos hasta un parque. Cuando le alcanzamos, le exigí ayuda. Había vidas en peligro; su hermano parecía dispuesto a todo, ya había envenenado a tres inocentes. Nos dijo que en el parque había un mensaje de su hermano, pero un zombi los custodiaba. Si le ayudábamos nos ayudaría el después. Mientras distraía al zombi valientemente, Lidia sacó unas fotos al mensaje. Miento, ella hizo todo mientras yo observaba asustado a la distancia. Estaba como loca. El mensaje era un código encriptado pero con la ayuda del hermano, lo desciframos. No eran más que los desvaríos de un loco que clamaba venganza por su esposa muerta, Marta.

Frustrados, le preguntamos sin tenía alguna pista sobre el paradero de su hermano. Nos dijo que él no, pero que uno de los ayudantes de cocina puede que supiese algo. Le había visto correr hacia un paso subterráneo bajo las vías del tren.

Encontramos al pobre infeliz colgando bajo las vías del tren. Se había enredado con una cuerda y pendía de un hilo justo a la altura de un alegre zombi que lo mordía como si fuera un bufet. Lidia se lanzó hacia él y lo aplastó contra la pared de una patada voladora. No sabía de donde sacaba tantas energías. Me acerqué para ver si necesitaba ayuda pero se levantó rápido y se puso a rebuscar en el cuerpo. Me estaba poniendo enfermo y me acerqué para ver si podía la podía convencer de marcharnos. Cuando estaba a su lado, el cuerpo se cayó sobre mí. Grité con una mezcla de repugnancia y susto. Me aparté las tripas de la cara y me arrastré hasta una esquina. Lidia, lejos de ayudarme, concentró su búsqueda. Yo traté de limpiarme la repugnante sustancia que me cubría, pero sólo conseguía esparcirla más. Lidia encontró un folleto de la Cueva del Moro. Como no llevaba nada más, ignoró el cuerpo, me ignoró a mi y se marchó dedicándome únicamente un "vamos, no seas nenaza". La seguí a regañadientes, aunque bastante ofendido. No era una nenaza por apreciar mi vida.

Encontramos a otro de los ayudantes cerca de la susodicha cueva. Se quedó anonadado por conocer la muerte de su compañero y no quiso hablar más con nosotros, sólo nos indicó que uno de los miembros de WRG habría cruzado delante suyo en dirección al lavadero.

Le encontramos y resultó ser el científico friki. Había echado algún líquido a una fuente y necesitaba que le ayudásemos atrayendo algún zombi para tomar muestras de sangre. Como no, la loca de Lidia hizo de cebo y atrajo a varios zombis mientras yo me quedaba al lado del friki en relativa seguridad. Al llegar a la fuente, los zombis que la seguían se quedaron paralizados, como si los efluvios provenientes de la fuente cortaran su pobre actividad cerebral. El friki aprovechó para tomar muestras y nos dijo que buscásemos a la modista y al alcalde, ya que sus muestras de sangre le podrían resultar útiles. Sabía que la modista se había escondido en la biblioteca.

Nos costó un poco llegar porqué había sido movida de lugar cuando un año antes se había producido una masacre dentro con zombis. Cuando la encontramos, la puerta estaba abierta y había sangre. Lidia entró sin mirar atrás pero yo no lo tenía tan claro. Las luces de emergencia estaban encendidas y su sangriento brillar le daba un aspecto aún más macabro al lugar. Vimos en las escaleras un par de formas. Avanzamos pisando de la forma más cuidadosa que podíamos. Nos llegaron los sonidos del masticar y el desgarrar. Una de las formas estaba sobre la otra. Cuando nos acercamos lo suficiente, observamos con horror a la modista, con sus piernas siendo desgarradas por un zombi de aspecto terrorífico con sus largas barbas y greñas desaliñadas. Se concentraba en arrancar un tatuaje que tenía en el muslo y la pobre mujer, aún viva, sufría en silencio, demasiado cansada hasta para gritar, sólo gimoteaba mientras un hilo de sangre le salía de la comisura de los labios. El zombi alzó la cabeza, como si captase un ruido, pero el rico sabor a sangre y carne le hizo olvidarse de ello y siguió hincando el diente al muslo. La modista, con sus últimas fuerzas, nos señaló un papel manchado con su sangre no lejos del zombi. Lidia, como siempre, ignorando el peligro, se acercó con cuidado y lo tomó. No había luz suficiente, así que, miramos por última vez a la pobre mujer que nos imploraba con la mirada que acabásemos con su sufrimiento y nos marchamos.

El mensaje hablaba de un ingrediente cercano al Cementerio Histórico. De camino, vimos al alcalde refugiarse no muy lejos, en el centro cultural, pero teniendo una pista y sabiendo donde iba a estar, le ignoramos, por el momento. Escuchamos un ruido y al asomarnos por una esquina, vimos una imagen muy cómica, menos si eres tú el que la vive claro. Un tipo vestido de chef y encadenado daba saltitos tratando de escapar de una horda de zombis que le perseguía de cerca. No pude evitar sentir pena por el hombre y me lancé a ayudarle a pesar de las quejas de Lidia que `pensaba que nos iba a ralentizar. Con nuestra ayuda, consiguió despistar a los zombis. Le quitamos la mordaza y comenzó a soltar una retahíla de afrancesamientos. Cuando se calmó, nos hizo saber que era el auténtico chef. Intentamos liberarlo, pero las cadenas estaban muy apretadas. Nos dijo que había escuchado al loco de Quijona, que su contraseña era el número con el que los bastardos de WRG marcaron a su mujer. Cuando pensábamos en lo inútil de esa información, ya que sólo Dios sabría donde andaba su mujer, nos informó que ella estaba aquí. Por algún extraño vínculo o azares del destino, ella parecía seguir a su marido. El chef nos suplicó ayuda y como no podía moverse, le tiramos a un contenedor de basura y le dije que guardara silencio hasta mi regreso.

Me disponía a buscar a la mujer, algo que no me hacía ninguna gracia, pero tenía una rara sensación de empatía con aquel hombre. Lidia, por su parte, no quiso saber más del tema. Me dijo que íbamos con el alcalde y me negué. No podía aceptarlo. Aunque no conociese a ese hombre, no podía marcharme y hacer como que no existía. Ya me pesaba demasiado la mirada de la modista, suplicando ayuda. No podía añadir más peso a mi conciencia. Me dijo que era un iluso imbécil y se marchó. Yo hice lo propio en dirección opuesta.

La búsqueda fue muy complicada. La impresión inicial cuando ves un zombi es salir por piernas y ahora tenía que controlar eso, el miedo y encima buscar algo como un número marcado en alguna no-muerta. Aproveché arbustos, vallas y todo lo que pude para acercarme a diversos zombis y observarlos pero la búsqueda se presentó larga e infructuosa. No fue hasta que me atrajo un grito que tuve suerte. No obstante, el desdichado que había gritado no la tuvo.
Una horda de zombis se repartía sus entrañas y mientras se distraían con el proceso, pude ver los inequívocos números marcados a la espalda de una zombi. Corrí de vuelta al chef y lo encontré algo aturdido por la peste del contenedor. Le liberé y me dio las gracias llorando. Me confesó que no era un verdadero chef, que sólo se había aprovechado de la gente y que dirigía una tasca y que nunca volvería a hacerlo. Le dije que ahora debía buscar a mi mujer, que había ido con el alcalde y el chef me despidió con una buena lista de insultos hacia él, ya que había pasado, le había visto encadenado y no le había ayudado.

Delante del centro cultural, un flaco zombi montaba guardia. Me acerqué cuanto pude sin llamar su atención. Pensaba como podía esquivarlo cuando un tipo comenzó a hacer sonar una alarma, de esas de manivela que usan en las películas cuando hay un bombardeo aéreo. No sabía a que venía eso pero corrí a la oficina de turismo, entré y eché el pestillo. Cuando encendí la luz, me quedé paralizado. Allí estaba Lidia... y el alcalde... envueltos en un abrazo y un apasionado beso. Ella me miró y sonrió con malicia. Luego, volvió a besar al bastardo. No podía creer lo que veía.

-Acéptalo, él sí es un hombre- dijo con un acento que se clavaba en la carne.

El alcalde me miró como un insecto.

-Y este, ¿quién es? -dijo despectivo.

-Mi ex-novio, pero es un cobarde inútil que prefiere ayudar a desconocidos antes que a su chica.

-No es cierto, quería salvar una vida -dije ofendido.

-Si quieres ayudar, ve al colegio de la Virgen de la Salud. Haz algo útil y consígueme la cura. La fiebre y el dolor de cabeza me están matando pero tu novia...

-Ex -puntualizó Lidia.

-...me lo está haciendo más pasajero.

Quería golpear al maldito bastardo pero era un monstruo enorme e imponente y el buen juicio se imponía a la furia. No quería saber nada más, abrí la puerta y salí, sin mirar siquiera si había zombis.

Caminé sin rumbo, odiándome por ser tan cobarde, por ser tan inútil, por haber tenido fe en mi novia, por pensar que teníamos algo especial y un sin fin de cosas más. Y entonces, una idea. No me consideraba muy vengativo pero ahora mismo, sentía como el corazón se me desgarraba. Le ganaría en su propio juego. Conseguiría la cura, conseguiría el dinero y se la negaría al alcalde. Podría restregar fajos de billetes en la cara de esos dos traidores.

Fui al dichoso colegio y me encontré al cabronazo de la WRG. Le dije lo poco que había descubierto y se enfadó. Cogió un fumigador que tenía y me lo echó a la cara.

-Ahora tu también estas infectado, así te darás más prisa -me espetó sin más-. Tengo una pista. Hay un cirujano plástico en el pueblo y un falso chef, demasiadas casualidades. Búscale y descubre si ha hecho lo que pienso que ha hecho.

Me señaló en su mapa donde le habían informado que había sido visto y, sin otra opción, fui allí.

El lugar parecía abandonado de toda vida y de toda muerte. No había movimiento. Unas sólidas puertas guardaban el lugar y permanecían abiertas. Entré con cautela e inspeccioné el piso de abajo. Al no encontrar nada, subí.

Encontré un tipo con ropa de doctor que se afanaba en tratar lo que parecía ser una persona herida.

-¿Es usted el cirujano? -pregunté.

Ni caso. Me acerqué.

-¿Es usted el cirujano plástico? -pregunté más alto.

-¡Calle y ayúdeme! -dijo sin sacar las manos de las entrañas del paciente.

-Yo no sé nada de medicina -dije asqueado por la idea.

-¡Venga aquí, le necesito! -dijo con tal énfasis que no pude ignorarlo.

Me acerqué a él y observé las entrañas del hombre de cerca. Tuve que contenerme para no vomitar en ellas.

-¡Aquí, aquí, aquí!¡ponga la mano aquí! -dijo moviendo un brazo que agarraba una arteria.

Sin apenas poder mirar, introduje la mano en sus aún calientes y jugosas entrañas. Apreté la arteria mientras el se afanaba en hacer lo que fuera que estuviera haciendo. Sólo podía escuchar sonidos jugosos y espeluznantes. Y cuando parecía que iba a acabar, la luz se fue.

-¡Maldición! -fue lo único que escuché antes de que me saltara un chorro de sangre.

Se escuchó el chorrear durante un rato mientras me apartaba de un salto y esta vez no podía contenerme. Solté todo en una papelera próxima.

-Ya no hay nada que hacer... -le escuché decir- Y tú, ¿Qué quieres?

-Necesito saber si operó a un hombre, un hombre de Quijorna.

-Sí.

-Necesito encontrarlo.

-Pues sólo se me ocurre “El Nido”, allí le dejé todas las medicinas y medicamentos que tiene que tomar para el posoperatorio.

Había pasado por allí, era un lugar curioso con una colosal puerta con ramas entretejidas en ella. Llegué allí y me encontré al mismísimo tipejo, el envenenador. Me dijo que estaba dispuesto a entregarse pero antes quería dos objetos de su mujer. Pensé si sería tan cabrón de pedirme que volviera a buscar a su mujer. No fue así. Quería recuperar dos objetos que significaban mucho para él. Uno, estaba allí mismo, en el patio de los olivos, pero había un zombi rondando el lugar. Era un pequeño collar metálico con un cascabel. Era simple pero bonito. Me interné en el patio con cautela. El zombi estaba tirado en la hierba, royendo un cacho de alambre de la cerca. No había ninguna luz, así que tenía la ventaja de que no podía verme aunque yo tampoco veía nada. Caminé a tientas y me topé con un hierro que surgía de la hierba. Tendría como 1 metro de alto y estaba bien plantado. No era lo que buscaba así que lo evité. Llegué a donde la débil luz mostraba el contorno de los olivos. Me había dicho que había perdido el collar por allí, así que tanteé el suelo hasta encontrarlo. Cuando lo cogí, el cascabel emitió un tenue sonido que el zombi escuchó. Este, comenzó a levantarse y me apresuré a correr hacia la puerta, con tan mala suerte de que el hierro se me clavó en todo el huevo izquierdo. Reprimiendo el grito y con la vista nublada, gateé hasta la puerta como pude y la cerré. Luego, me tomé mi tiempo para morir de dolor. Cuando pasó un rato, conseguí ponerme en pie y le di el maldito collar al tipo. Necesitaba otra cosa más, una foto que había perdido en el cine. Me estaba calentando ya con sus favores pero si me seguía sin presentar pelea sería mucho mejor que tener que arrastrarle. Además, necesitaba el antídoto y si no cooperaba podía ser difícil sonsacarlo.

Fui al cine, que por suerte no estaba muy lejos. No tuve tan buena estrella con el asunto de los zombis, que infestaban el lugar. No tenía ganas de jugarme la vida por eso así que lo hice sencillo. Con una rama empecé a reventar coches hasta que la alarma de uno empezó a sonar y me dispuse a esperar escondido. Tardaron casi una hora, son lentos los malditos, pero cuando vi que ningún otro salía, entré yo. Rebusqué entre las sillas y evité un par de zombis casi despedazados que sólo podían arrastrarse. La encontré en una butaca de las primeras filas y entonces me percaté de que ya no se escuchaba la alarma. Me asomé y vi que estaban esparcidos por la calle. No había otra salida, comenzaba a sentir nauseas y fiebre. Si esperaba demasiado puede que no lo contase. Así que apreté la cintura, cogí aire y salí corriendo entre la multitud de zombis. Sentí las manos de más de uno rozándome con las yemas de los dedos pero conseguí escapar. No paré hasta llegar de nuevo al Nido, donde asfixiado recuperé el aliento. Le di la foto y cumplió su palabra, me siguió sin presentar batalla e incluso sacó unas esposas que me dio para que le atara.

Volvimos a la plaza, donde el comandante me había indicado que fuera si le encontraba. Subió al atril y me indicó que le subiera. La gente se reunió, curiosa aunque algo asustada ante el inquietante comandante. Este no les prestó atención y se puso a lo que le interesaba. Comenzó a propinar una brutal paliza al falso chef que le había envenenado.

-¡Dame el antídoto!¡Dame el antídoto! -repetía una y otra vez.

Tras un rato en el que sentí que enfermaba y no sabía si por él o por la brutalidad de la paliza, el final el falso chef alzó las manos pidiendo que parase.

-¡Por fin!, ya era hora de que hicieras algo bien. ¿Dónde lo tienes? -dijo el comandante limpiando sus manos.

-En mi bolsillo -jadeó mientras escupía una flema sangrienta.

El comandante metió la mano y sacó un frasco, un pequeño vial con un líquido color miel y se lo bebió de un sorbo. Me quedé petrificado. “¿Y yo qué?” fue lo único que pude pensar. Pero me distrajo una risa. El falso chef comenzó a reírse. El comandante también se quedó extrañado.

-Te ríes, ¿has perdido la poca cordura que te quedaba? ¿o es que esperabas vencer a la WRG? -dijo el comandante.

-A la WRG... no. Pero a ti, a ti te voy a ver retorciéndote como el animal que eres.

Justo cuando lo dijo, el comandante tuvo una arcada y luego, otra. Se llevó la mano a la boca y un chorro de sangre la salpicó y se deslizó entre sus dedos antes de caer de rodillas.

-No habría envenenado a inocentes. A diferencia de WRG, sólo mato a quien lo merece. Tu sólito te has tomado el veneno.

El comandante cayó al suelo y se retorció de dolor mientras se ahogaba en su propia sangre. Comencé a flaquear yo también. Caí de rodillas. El falso chef se puso a disparar al comandante en brazos y piernas mientras reía como un loco. Los disparos atrajeron a los zombis, pero ya no me importaba. También yo caí de bruces, y mientras comenzaba a enfriarme, vi a lo lejos al alcalde, que había escuchado que no iba a morir y que reía justo antes de comerle la boca a Lidia.


(El Excelentísimo Alcalde)


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