2017-10-31 - Perales de Tajuña - Dark Night


DARK NIGHT




Por fin... Los astros se alinean y podemos abrir camino para nuestra amada madre, Shub-Niggurath. Me llamo John Fox y mucho le debo, todo le debo, a la madre de las sombras. Sentí su llamada, era la hora de devolver favores. Toda mi vida se había portado bien conmigo y ahora me necesitaba.

Partí sin preámbulos, sin saber a donde iba, sólo siguiendo su llamada. Me condujo a un pequeño pueblo, Perales de Tajuña. Allí, otros siervos humanos habían acudido. No pude ver a ninguno de los siervos suprahumanos, lo más seguro que por ser una zona próxima a la gran ciudad de Arkham.

Vi hermanos de mi culto, peo también había otros. Identifiqué el despreciable culto de Hastur, el Rey Amarillo. Una de sus siervas se acercó para tratar de venderme drogas, “así veo a mi Dios”, decía. Ingenua, sólo un siervo de Hastur necesitaría de tales sustancias para estar en comunión con su dios. Se sentían poderosos porque eran más en número, pero Hastur es un Dios egoísta, más preocupado de su sello que de sus siervos. Y sus siervos carecían de fe.

También habían acudido algunos investigadores al lugar. Los típicos humanos ingenuos que se oponen a lo que no pueden comprender, que temen entrar en comunión con seres superiores y que hablan de una libertad que jamás han tenido. La libertad es una ilusión que se otorga a los ingenuos para que piensen que tienen poder sobre sus vidas cuando son marionetas, marionetas de políticos, marionetas de empresas, marionetas de todos. No hay mayor gloria que servir a mi Diosa que, además, comparte sus hermosos dones conmigo.

Estaba escondido entre la multitud, como un árbol entre árboles, cuando un investigador alzó la voz por encima de la multitud. Invitaba a todos sus compañeros allí reunidos a ayudar, desmintiendo los falsos rumores de cultos en el pueblo pero, interrumpiendo su declaración, un hombre se acercó a él, seguro y decidido, y en cuando posó su mano sobre él, este cayó de rodillas gritando en agonía.

-¡Este pueblo pertenece al Rey Amarillo, Hastur, Hastur, Hastur! -declaró el emisario del débil Dios.

Sus seguidores entre la multitud retiraron sus falsas máscaras de humanidad y profirieron gritos de aprobación. Pero no acabó ahí la cosa, mi Diosa no se iba a quedar callada y nada menos que el sumo sacerdote se personó allí.

Rodeando al emisario, sus siervos se enzarzaron en una lucha de voluntades con nuestros maestros de Shub-Niggurath. Los cánticos hacían que las sombras creciesen, susurros dementes atravesaban las mentes de todos los presentes, las mismas rocas perecían deformarse ante los horrores invocados. El combate terminó. La lucha estaba igualada... de momento. Retirándose cada bando, los maestros se replegaron hacia la zona sur del pueblo. Me dispuse a seguir a una de nuestras ancianas. Aunque hacía años que adoraba a mi amada madre Shub-Niggurath, nunca había conocido a otro siervo.

Caminé con ella hasta lo alto de una colina cercana. Allí, se presentó como una suma sacerdotisa y profetizó el resurgir de las sombras de nuestra madre. Me puso a prueba con un acertijo que me costó descifrar, pero al final conseguí discernir su significado.

Me mandó con uno de mis hermanos que se escondía en un campo no muy lejano. Un amable calvo con chaqueta larga de cuero tuvo la amabilidad de indicarme el camino, un tal Morfeo.

Fui hasta encontrar a mi hermana, Lena, que se escondía en la oscuridad. Hablamos un poco. Me preguntó que por qué servía a nuestra Dios, Shub-Niggurath. Le conté mi historia.

Mi mujer no podía tener hijos, lo intentamos todo en vano. Mientras investigaba en una biblioteca, encontré un viejo tomo, casi putrefacto, que hablaba de una Diosa de la fertilidad. No perdía nada por intentarlo. Realicé los cultos allí descritos, y sentí algo, la sentí a ella, mirándome, observándome e inspeccionando mi alma. Me encontró digno. Le otorgó a mi mujer el don de la fertilidad y tuvo muchos hijos. A mi, me dio el don de la longevidad. Por siempre estaría en deuda con ella.

La hermana pareció satisfecha con mi historia pero, aun así, debía ponerme a prueba. Me hizo una pregunta, “¿Cuál es la hora más oscura, la hora de las brujas?”. Recordaba haber oído lo de “La hora más oscura es justo antes del amanecer”, pero es más metafórico que realista. Dudaba en mi respuesta y la hermana se impacientó y se preparó para darme un golpe fatal. Viendo la inminente amenaza, opté por otro enfoque, si no podía demostrarlo con palabras lo demostraría con actos. Siempre había llevado conmigo una pulsera, una antigua reliquia que pertenecía a uno de los primeros sacerdotes de Shub-Niggurath y que hacía mucho había encontrado en una tienda de antigüedades. Se la ofrecí a mi hermana, que quedó extasiada ante el regalo.

Demostrada mi lealtad, me mandó al Acantilado de los Suicidas. Me costó un largo rato dar con él, ya que ese era el nombre que daban los cultores pero en ningún otro sitio era mencionado. Aun así, di con él y allí, otra de mis bellas hermanas esperaba. Resultaba algo confuso. Había cartas con los desvaríos de un loco por el lugar, entre los bancos y una mesa, y también símbolos arcanos grabados con sangre en el suelo. Ignoré las cartas por considerarlas demasiado incongruentes y apunté los símbolos. No pude deducir mucho salvo que debía encaminarme a una fábrica.

Di unos rodeos y, cruzando un puente, me encontré a dos hermanos a la vez que con un tipo peculiar. Demasiado sabio para ser humano, diría yo. Los cuatro nos colocamos formando los vértices de un cuadrado, analizándonos, observándonos y midiendo si eramos aliados o enemigos. El extraño hombre hablaba entre enigmas, pero aseguraba traer una máscara rúnica para el Sumo Sacerdote. Como todos teníamos el mismo objetivo, nos pusimos en marcha, aunque manteniendo las distancias.

Llegamos hasta él. Se encontraba en un círculo de sangre junto a un pozo de fuego, del que surgían llamas de las entrañas del mundo, llamas que bailaban a su alrededor mientras le protegían y a la vez le servían de aliento.

El primero en hablar fue el extraño mercader. Le ofreció la máscara y le advirtió sobre los dos jóvenes que por poco le habían impedido el paso. El Sumo Sacerdote le despidió y enfocó en ellos su atención. Tenían pinta de ser como yo, seguidores de la Diosa, que nunca se habían topado con otro cultos. Le dijeron que era bueno que le ofreciese la máscara hasta que el Sumo Sacerdote les dijo que pertenecía a un siervo de Shub-Niggurath. Se callaron, pero siguieron haciendo preguntas, preguntas que comenzaron a irritar al Sumo Sacerdote. Aun con todo, nuestra madre era más importante y necesitábamos a todos nuestros hermanos. Los mandó en busca de una carta para descifrar el ritual que abriría el portal; ritual que traería a nuestra madre con nosotros.

Me puse en marcha, buscando la carta. Estaba dentro de un colegio. Primero, entré en una sala con una fallera rubia, era una noche extraña, así que no le dí más vueltas, ella me dijo que no era allí y me despidió con un dulce “Lo sientoooo”. Di un rodeo más y encontré el lugar, además de seguidores del débil dios Amarillo. Rey Amarillo, que ridículo nombre. El caso es que seguí y encontré a un fornido tipo en Correos. No sabía a que atenerme, vestía muy normal, incluso con una chaqueta, que le daban cierto aire de investigador. Desconfiado, le dije que venía a por una carta de mi tía Gertrudis, una carta muy importante sobre su hipoteca que debía recoger sin falta. El hombre se quedó algo confuso, no tenían ninguna carta para mi tía. Le pregunté si me permitiría buscarla, pero se negó. Dialogamos durante un rato, pero no me dejó más opción que decir que me enviaba el Sumo Sacerdote. Era uno de los nuestros y me facilitó la carta, aunque me advirtió que no volviera a engañarle. La carta era también un galimatías del que no entendía nada. Me llevé los símbolos, que no coincidían con ninguno de los que había apuntado, y volví a la roca a tratar de dilucidar su contenido. Después de un rato, la gentil hermana, al ver que me daba de cabezazos contra la mesa, me sugirió buscar en una cueva a los pies de la roca, donde por fin encontré algunos símbolos que si podía traducir.

Pero no tenía mucho tiempo, el hermano que previamente me había dicho que no le mintiera, se cruzó conmigo. Era la hora del ritual y todos debíamos acudir. De camino, nos topamos con un grupo de investigadores que también iban al lugar señalado por los astros. Nos infiltramos entre ellos y llegamos al descampado. Para mi sorpresa, los ignorantes siervos del Rey Amarillo estaban completando el ritual. Me separé del grupo de ingenuos investigadores que asistían asombrados al sobrenatural suceso y busqué a mi Sumo Sacerdote, que sabía que no andaría lejos. Aguardamos tranquilos, no había necesidad de interferir, iban a abrir el portal y para ello, el ganado o siervos del Rey Amarillo resultaban útiles.

El ritual alcanzó su fase final. Todas las estrellas desaparecieron, la Luna se marchitó en el firmamento y sólo quedó una bóveda de ignota oscuridad. Parecía que nos encontrábamos en las entrañas de una bestia.

El portal se abrió. Un anillo de fuego, que brillaba como una estrella y con un abismo en el centro que succionaba la mismísima esencia del mundo, a la vez que vomitaba una tormenta de maldad. Pudimos observar a varios de los ancianos caer dominados por el Rey Amarillo al igual que varios hermanos, los maestros, caían a su vez glorificados por la presencia de Shub-Niggurath en sus cuerpos.

Partimos a nuestro cuartel general. El Sumo Sacerdote nos dijo que los maestros eran ahora Avatares de nuestro Dios. Debíamos adorarlos como a una extensión de ella misma. Al llegar, nos aguardaban, portando las máscaras de Shub-Niggurath, reliquias que extendían su poder. Todos nos arrodillamos ante ellos. Los cantos se alzaron en la noche “¡Iä!¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ". Cuando los Avatares se sintieron henchidos de fuerza, el Sumo Sacerdote explicó que necesitábamos reliquias para derrotar a Hastur. También debíamos infiltrar espías en las filas de los sectarios rivales y los investigadores. Por último, había un tendero que había ofendido a la Diosa, un ingenuo que debía caer.

Un grupo acompañaba a dos de los maestros que seguían sin la semilla de Shub-Niggurath en su interior. Una era la encantadora dama del Acantilado de los Suicidas y otro un hermano con el que aún no me había cruzado. Debíamos portar tres reliquias que nos darían poder contra los siervos de Hastur.

Fui bendecido con una de ellas, una de las llamadas "Velas Negras de Shub-Niggurath". Se decía que, al encenderla, de las sombras que proyectase surgirían los hijos de nuestra madre para cazar a los infieles. Con el corazón henchido de orgullo, marchamos en busca de la primera presa, el tendero. Allí, uno de nuestros sectarios más... especialito, le estranguló, acabando con él con presteza y sin mayor dificultad. Madre estaría orgullosa.

Seguimos por el pueblo en busca de nuestras reliquias y nos topamos con los siervos de Hastur. Se produjo una nueva lucha de poderes. Los maestros lucharon con todas sus fuerzas y los cánticos parecían deformar el mismo espacio tiempo.

-“¡Iä!¡Iä! ¡Shub-Niggurath! " -gritaban unos.

-"¡Hastur!¡Hastur!¡Hastur!" -gritaban los otros.

La batalla fue feroz, los susurros en nuestras cabezas se alzaron hasta ser voces que gritaban. Nuestros maestros flaquearon. La maestra cayó ante su Avatar. Para salvarla, tuvimos que sacrificar a uno de los nuestros con una reliquia y huir de allí mientras devoraban su mente.

Aquella lucha había demostrado que necesitábamos ayuda. Encendí mi vela. El mundo quedó mudo. A mi alrededor, la oscuridad fue cobrando forma, bebiendose las sombras de los callejones, de la de los maestros y la mía propia, hasta surgir uno de nuestros Avatares que portaba una máscara negra como la noche. Nos condujo a lo alto de la colina y exigió un sacrificio. Dos se ofrecieron voluntarios y, satisfecho, en lugar de matarlos les ofreció a ellos elegir quien sería el aniquilado. Ambos coincidieron en un joven que no parecía mostrar suficiente devoción. Sin mayor ceremonia, le rompieron el cuello y se alzaron los gritos en pro de nuestra Diosa.

-¡Iä!¡Iä! ¡Shub-Niggurath!

Bajamos al pueblo y vimos a los investigadores internarse en una ermita. La rodeamos y comenzamos nuestros cánticos. Dentro, los mortales se aferraban a duras penas a los límites de su cordura, tratando de sobrevivir. Pero las puertas eran de sólido hierro con runas talladas por algún mago humano y conseguían mantenernos a raya, así que hicimos un pacto, uno de ellos a cambio de darles la posibilidad de escapar. Uno se ofreció voluntario. Mientras el resto huía, corrompimos su mente y le dimos al bienvenida al nuevo hermano.

De allí fuimos al psiquiátrico. Allí, dos mujeres aguardaban ignorantes de lo que se avecinaba. Cuando nos vieron venir, se encerraron dentro, pero nada podía pararnos, otro Avatar se había sumado a nosotros y exigía sus mentes. Uno de los hermanos se coló por la ventana y pudimos penetrar en la estancia. Cuando llegué, las dos mujeres estaban apresadas. Una con un moño y pinta muy de profesora y la otra parecía una Mary Poppins sin paraguas.

El Avatar se alimentó de su cordura. Primero, la profesora, que gritó al sentir que se desprendía de su ser, aunque con tan mala suerte que al caer se partió la columna vertebral contra una caja con tremendo crujir. La Mary, gritó aterrorizada al ver a su amiga caer y se convulsionó cuando le llegó su turno, cayendo sobre su amiga. Con el Avatar satisfecho, nos felicitó por ser siervos útiles.

Nos dijo que sentía una presencia poderosa cerca. En la Morgue. Fuimos allí y nos encontramos con un insolente hombre que nos acusó de ignorantes y no parecía mostrar el respeto adecuado. Nos anunció que la criatura que moraba en el interior nos aniquilaría. Nos internamos en el edificio dispuestos a mostrarle su error.

Lloramos anonadados al contemplar su magnificencia. Un mi-go en persona, allí, ante nosotros. Nuestra maestra se acercó a solicitar su bendición mientras alzábamos nuestro canto.

-¡Iä!¡Iä! ¡Shub-Niggurath!

El mi-go respondió complacido rozando su mano. Con fervor renovado, salimos de allí.

Seguro que por la bendición del mi-go, nuevos Avatares se sumaron a nuestro aquelarre móvil. Con dos de ellos nos sentíamos inmortales. Nos cruzamos de nuevo con los siervos del Rey Amarillo. Ellos también tenían Avatares, pero no tuvieron oportunidad. Los gritos de Shub-Niggurath y la fuerza de los Avatares quebraron el mismísimo asfalto, agrietando las paredes de las casas cercanas y vaporizando a sus rivales de vuelta a la nada. Obtuvimos una de sus reliquias de entre los restos y, ardiendo de vigor, nos pusimos en marcha a su sede.

Era un decadente edificio, todo de un horrendo amarillo, pero caliente y acogedor. Débiles todos ellos. Su maestro se alzó ante nosotros, con sus Avatares a la espalda. La lucha fue indescriptible. Ecos que parecían provenir de otras dimensiones inundaban el lugar, las oraciones se superponían unas a otras, los Avatares se lanzaban energías que ni comprendíamos mientras el lugar temblaba. Al final, los cobardes siervos del Rey Amarillo se sobrepusieron sólo por luchar en su sede, ayudados por los hechizos del lugar. Perdimos otra reliquia y uno de nuestros Avatares fue herido de gravedad.

Pero no era ni mucho menos el final. Nos topamos de nuevo con otro grupo del Rey Amarillo, Hastur, en la ermita. Solos como estaban, no tuvieron la menor oportunidad y recuperamos otra reliquia. El investigador osó dirigirse al Avatar y durante un rato fue torturado. Cuando nuestro señor se aburrió de él, partimos de vuelta a nuestro Sancta Sanctorum.

Lo que sigue, no puede ser descrito con palabras pero trataré de contarlo lo mejor que mi mente y consciencia consigan recuperar de aquel momento.

Ante nuestra sede, un enorme ejército de vasallos de Hastur. El Sumo Sacerdote vomitaba llamas sobre ellos, directas desde el abismo a su espalda, mientras el Avatar que guardaba el lugar tejía zarzas de sombras sobre ellos, siendo repelidas, o más bien, desmenuzadas por la corrupción de Avatares de Hastur, que se alimentaban de la vida que les rodeaba, contaminando incluso el suelo sobre el que estaban. Y entonces, llegamos por su espalda. Nuestros Avatares cayeron sobre ellos como la Espada de Damocles. Tornándose la batalla contra ellos, los siervos del Rey Amarillo fueron sobrepasados en número y aniquilados no sin antes presentar batalla. Durante esos momentos, en la que tantos seres luchaban, nosotros, simples humanos, apenas comprendíamos sus movimientos, se libraban batallas invisibles, de las que sólo veíamos a una Avatar convertido en polvo sin herida mortal aparente. Los árboles morían a nuestro alrededor y los cultores más débiles caían inconscientes, incapaces de soportar la carga mental que suponía aquella batalla.

Cuando el polvo de los caídos se disipó, la mayoría de siervos de Hastur había muerto o agonizaba envueltos por la locura. Una niña, ingenua como todas, seguía de rodillas gritando “¡Hastur, Hastur, Hastur!” pensando que su patético Dios podía o siquiera quería salvarla. Nuestro hermano se aseguró de que comprendiese su error. Limpiamos su mente de la débil semilla de Hastur y plantamos la de nuestra hermosa madre, Shub-Niggurath.

Una de ellos también trató escapar con una reliquia, pero fue alcanzada por un hermano. Consiguió arrebatar el tesoro, pero se le escapó al retorcerse como una cobra, aunque golpeándose contra el suelo como una fanática. No era necesario perseguir a una simple cultora, la batalla era nuestra.

El Sumo Sacerdote y los Avatares estaban en extremo complacidos. Teníamos casi todas las reliquias del lugar y Hastur había sido humillado como el perro que era. Puede que fuera medio-hermano del famoso, Cthul'hu, pero Shub-Niggurath es su abuela y eso que le había salido medio tonto.

Con todo el poder reunido, partimos de nuevo a la sede del Rey Amarillo, donde sus seguidores se rindieron como cobardes y propusieron una débil alianza cuando llegó la cultora que había escapado de la masacre a duras penas, sangrando y desvencijada. Aceptamos, porque lo más urgente era acabar con los investigadores, de los que nos llegaba información de que iban a realizar un ritual para cerrar el portal. Como los siervos de Hastur no suponían amenaza, aceptamos y partimos al portal.

Los investigadores, desesperados, traban de realizar el ritual mientras luchaban contra las corrientes del portal. Un ojo, negro, temible, ignoto, se abrió al otro lado del portal. Todos los sectarios avanzaron, era la señal. Los investigadores temblaban, no podían moverse mientras seguían realizando el ritual y se veían más y más rodeados, impotentes. Se alzó la llamada, que resonó desde las profundidades del océano, despertando a Cthul'hu, hasta el insondable cosmos, alterando el sueño de Azathoth y provocando una siniestra excitanción en los órganos de Shub-Niggurath.

Caimos sobre los investigadores y los aniquilamos sin piedad. Ni uno sólo salió con vida de allí. Los siniestros gritus guturales de los Avatares se alzaron, victoriosos. Arkham sería nuestra, esto era sólo el comienzo.




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