2017-12-02 - Pina de Ebro - Se congelará el infierno...






Los Hijos de la Luz llaman a filas a nuevos reclutas. Tras un duro golpe en Burgos, tratan de recomponerse. Un par de compañeros, Camman y Gubstab, querían unirse, pero yo iba más en calidad de observador. Había escuchado algunos rumores interesantes que requerían mi atención.

Llegamos y debo decir que ni en el lago del noveno círculo del infierno, donde se tortura a las almas de los traidores, hace tanto frío. Dimos una vuelta por el gélido lugar, sintiendo que la vida se escapaba de nuestro cuerpo sin saber si era producto del mal o del frío; más seguramente de lo segundo.

Nos encontramos con viejos conocidos, un sabio de los caminos, cuya familia había observado acontecimientos que volverían loco a un cuerdo y al loco le dejarían como está. Les llamábamos en clave Mr.S y sus hijos S y Scita. Les acompañaba un amigo de Scita, Teo, silencioso pero intrépido. También una nómada de los caminos, solitaria y feroz, que no conocía el miedo, hay quien dice que está un poco tarada, pero cuya compañía es inestimable, Yobanita.

Una dama llamó nuestra atención. Estaba en un escenario, dando consejos para evitar a los muertos que habían sido vistos de forma reciente en el pueblo, cuando un elegante señor la interrumpió con malas formas. La mujer se escabulló y un grupo de extrañas figuras subió al escenario con una pequeña pero furiosa criatura no-muerta. El que había interrumpido y parecía el líder, trazó un círculo de sangre alrededor de la criatura mientras sus compañeros la sujetaban dentro. Cuando se completó, la soltaron. El grupo comenzó a recitar unos versos con gloriosas voces. La criatura se revolvía, luchaba como si su canto la golpease. El cabecilla, viendo su resistencia, se lanzó sobre ella y le recitó los versos a escasos centímetros del rostro, llegando incluso a golpearla con el tomo que portaba para calmar la furia de la no-muerta. Duró unos momentos y, por fin, se calmó. Los compañeros se acercaron y la levantaron. Parecía confusa, perdida, indefensa. Miraba en todas direcciones como si no supiera donde estaba o incluso quién era. El hombre se presentó: Don Alejandro Almager. Él y su gente necesitaban ayuda. Como acababan de mostrarnos, se podía salvar a la gente infectada, pero necesitaban ayuda. Tenían que encontrar a una persona, un descendiente de templarios.

Nos pusimos en marcha y no tardé en sentir una perturbación, una sensación de que allí, en aquel pueblo, fuerzas oscuras despertaban al acercarse la media noche. Los gritos comenzaron a cruzar las calles, siendo la fría Luna el único testigo de todos los horrores desatados.

Nos topamos con lo que debía haber sigo un humilde barrendero que había tenido la mala fortuna de ir a trabajar y morir esa noche. Nos persiguió, hambriento de vivos y no cejó en su empeño hasta que una seductora pero firme voz se alzó sobre sus gritos y balbuceos espasmódicos.

-¡Alto, criatura! -dijo la figura encapuchada que se alzó ante nosotros.

Nos acercamos, esperando que a su vera estuviésemos a salvo. Se trataba de una señora de la Logia, ungida de todos sus poderes sobre los mismísimos muertos. Debimos caerle en gracia, ya que enfocó a los zombis del lugar en los supervivientes y gentes del pueblo que se le acercaban y cuya presencia le resultaba enervante. De todas formas, no iba a dejarnos marchar tan fácil. Quería un voluntario. Como no, Yobanita se lanzó sin dudar y completó el requerimiento con pasmosa facilidad. Satisfecha, la dama de la Logia nos dejó marchar.

La fama de crueles de los miembros de la Logia era desmerecida, como acababa de probar nuestro encuentro. Seguimos por el pueblo mientras mis compañeros se afanaban en buscar a algún Hijo de la Luz para ayudar en algo. Encontramos a uno de ellos en una iglesia del centro del pueblo. Debíamos empezar nuestra iniciación en el camino de la Luz completando una prueba, encontrar el nombre del hermano muerto del actual Maestre de la orden. El nombre estaba oculto con magia. Nos cedió una gota de su poder, haciendo que un pequeño vial brillara con luz propia. Dentro, criaturas vagaban al amparo de las sombras, pero pudimos evitarlas y conseguimos el nombre del hermano muerto, mostrado así nuestras aptitudes. El siervo de la luz nos contó que, para su vergüenza, había perdido un trozo de un importante pergamino. Se había visto rodeado en una plaza por varios siervos de la Logia y ante el temor de ser capturado, lo escondió tras una estatua.

Tuvimos que atravesar el pueblo y recuperar el pergamino; costó la vida de S, el hijo mayor. Mientras distraía al zombi, esté consiguió alcanzarle y hacer una orgía de sangre con sus tripas.

Mr.S se mantuvo estoico, como si hubiera visto mil veces aquel espectáculo o ya supiera que era su destino. No quisimos indagar en sus sentimientos y continuamos camino. Llegamos ante el maestre que nos puso a prueba una vez más, eran gente concienzuda. Debíamos realizar un ritual. Unos cuantos colocarían velas en varios puntos clave de la plaza de toros y otros recitarían una plegaria que, en presencia del maestre, podía paralizar a los muertos.

Entramos y el maestre comenzó el rezo. Le seguimos y los encargados de las velas corrieron a sus puestos. El problema surgió cuando el maestre fue atacado de forma súbita por una zombi sorda. Mientras se debatía en una frenética lucha, al acallarse el cántico la horda de muertos se avalanzó sobre nosotros mientras permanecíamos en silencio incapaces de recordar las palabras de los cuatro versos.

Una vez más, tuvo que ser Yabanita la que salvó la situación. Dando un paso al frente, reanudó el cántico que había podido memorizar con tan sólo escucharlo un par de veces. Los demás le seguimos a coro. El maestre consiguió despedazar a la criatura que lo acosaba y volvió también a sumar su voz a las nuestras, permitiendo a los demás completar el ritual, pero con bajas. Scita y Gubstab habían muerto al verse interrumpido el canto. Con el terrible precio pagado, el maestre nos dijo que se aseguraría de que su sacrificio no fuera en vano. Ahora que confiaba en nosotros, nos dijo que buscaban a una persona, un descendiente de templarios cuya familia, gracias a una reliquia, era inmune a la infección pero antes, debíamos buscar a José, un peligroso traidor a la orden, responsable de la muerte del hermano del maestre. Este nos mandó con serias amenazas hacia el susodicho José.

Le encontramos en un viejo teatro, acompañado de dos no-muertos. Uno especialmente ágil con un mono azul y otra que debía estar bien muerta porque iba con faldas a pesar del frío. De haber sido una persona se le habrían podrido y caído las piernas. Entramos con José y nos contó un pasaje de la Biblia. Lo que dedujimos de ello era que trataba de justificar su traición como un derecho, como si fuera una obligación de los hombres el obtener todo lo que sea posible.

Apagó las luces y nos llegó su quedo susurro.

-Rezad lo que sepáis.

La zombi comenzó a oler el aire, libre del control que ejercía el señor de la Logia. Nos juntamos en un círculo y, aunque eramos un grupo de paganos, rezamos. Con la proximidad de la no-muerta, tuve que salir un poco de mi coartada y dirigir el canto.

-¡De la vida, la muerte y de la muerte, la vida! -dije con solemne voz mientras los demás lo repetían después.

Aquello pareció satisfacer a José, que se acercó y dijo que podíamos parar. Nos explicó que no era un siervo de la Logia normal. No estaba ni vivo ni muerto Era... algo más, y no temía a los Hijos de la Luz, de forma más concreta, sus palabras fueron: “Decidles que acabarán uniéndose a nosotros o sirviéndonos como muertos”. Y con aquellas palabras, nos mandó hacia una de las Hijas de la Luz, supongo que para hostigarla y provocarla.

Ella se encontraba en un refugio bastante acogedor. Una vez más, como futuros nuevos miembros, quiso instruirnos en los orígenes de la orden, no sin antes reírse ante la ironía de José de autoproclamarse Judas, recalcando el amargo final de éste. Los orígenes de la orden eran templarios y estos eran una familia, una hermandad. Nunca uno de ellos iba sólo. Siempre al menos iban en pareja. Así nunca un hermano se enfrentaría al peligro sin ayuda. Nos preguntó por nuestro eslabón más débil. En nuestro grupo no había de eso. Cada uno aportaba sus habilidades únicas. Como no sabíamos a que prueba iba a ser sometido el designado, como no, fue Yobanita la que se ofreció voluntaria. El resto coincidimos en secundar la propuesta ya que, fuera cual fuese la dificultad, estábamos seguros que ella saldría indemne sin problemas.

Nos despidió sin mediar palabra y se quedó con ella dentro. No sabíamos qué hacer. Nos dijo que podíamos irnos, pero eso no era aceptable. No abandonamos a un compañero. Decidimos esperar mientras el viento arreciaba tan gélido que enfriaba el cuerpo y el alma.

Estábamos casi muertos cuando un par de oscuras señoras de la Logia nos vieron. Sin mediar palabra lanzaron sus criaturas sobre nosotros. Saliendo del frío estupor en el que estábamos, aquella carrera fue penosa. Además, el zombi que me acosaba debía ser muy reciente, ya que no me libraba de ella ni con quiebros ni engaños. Camman se jugaba la vida tratando de distraerla, a pesar de tener a otra que no paraba de hostigarlo. Sentí más de una vez las muertas yemas rozando mi abrigo pero tras una lucha de voluntades, la mía por vivir y la suya por comer, conseguí dejar atrás a las infames criaturas con Camman a mi lado. Nos tomó un rato regresar, evitando toparnos con ellas de nuevo. Encontramos a Mr.S y Teo aguardando con calma en un rincón, tan bien escondidos que no los habían visto.

Esperábamos que para entonces hubiera salido Yobanita, pero seguía dentro. Intenté sobornar con una reliquia familiar a la Hija de la Luz para que nos devolviera a nuestra compañera, pero se negó a decirnos mucho más.

Esperamos y esperamos y en algún momento de aquella espera, nos dimos cuenta de que Mr.S estaba sentado en un alfeizar y no hablaba... no se movía... no respiraba... estaba muerto. Sus ojos estaban escarchados y su piel pálida. Se había congelado. No nos atrevíamos a mover su cuerpo por temor a que se quebrara. La Hija de la Luz salió una vez más y la asaltamos exigiendo la liberación de nuestra compañera. Ella, con una sonrisa provocadora nos dijo nada más que ya no estaba allí y que si esperábamos puede que nos encontrase pronto. Dicho y hecho, al terminar su frase Yobanita cruzó la esquina con información de nuestro próximo destino.

De camino, nos contó que la habían santificado y la habían bendecido de alguna forma que no alcanzaba a comprender. Como ni ella misma sabía más, no insistimos en detalles.

Llegamos a una zona con piscinas y campos de fútbol. Allí, un hijo de la luz nos quiso dar una lección de humildad. Para ello, nos puso una sencilla prueba que fallamos. Aun así, era sólo una lección y fallar no implicada ser rechazados. El tenía un trozo del pergamino que desvelaba la ubicación del descendiente de los templarios. Lo había escondido en una pista de pádel del lugar, pero se habían colado algunos no-muertos. Nos dijo que lo recuperásemos y lo lleváramos corriendo con su superior, en una plaza al norte del pueblo. Aunque sufrimos unas buenas carreras, en especial Camman, que fue perseguido por un zombi que, de haber estado vivo, no habría escapado de él ni en coche, obtuvimos el fragmento del pergamino y marchamos por un pueblo cada vez más silencioso.

En la plazoleta del norte, un robusto caballero, de los Hijos de la Luz, nos entregó una cruz sagrada y un escudo. Si queríamos ver a la comandante, debíamos pasar por un estrecho callejón. Se negó a darnos su espada. Si heríamos de muerte a los zombis, no podrían devolverlos a la vida, pues morirían de nuevo por dichas heridas.

Comenzamos a caminar. Sólo éramos cuatro. Como yo era el más grande, portaba el escudo, Yobanita la cruz por conocer los rezos y ser la más osada para que abriera camino y Camman protegía a Teo. Había dos zombis. Se lanzaron sobre nosotros. Como Yobanita los repelía con la cruz, comenzaron a seguirnos y yo debía repelerlos a golpe de escudo. Todo parecía ir bien hasta doblar la esquina. Allí, un zombi que daba auténtica fobia por sus greñas y heridas se encontró de frente con la cruz. Su primera reacción fue la de ser repelido por la reliquia y las oraciones de Yobanita pero luego comenzó a seguirnos. Se lanzó sobre mí y luché con todas mis fuerzas por alejarlo. Era mucho más fuerte que los otros dos y su ansia de carne era mil veces mayor. Sus esputos sangrientos me salpicaban mientras trataba de morderme. No podía pensar en nada, ni mirar al frente, sólo cerraba la marcha luchando por contener el avance de la criatura mientras mis compañeros cruzaban. Salimos del callejón y, cuando sentía que alcanzaba el tope de mis fuerzas, se interpuso entre las bestias y nosotros una amazona de cabello trenzado armada con ascuas que parecían no osar quemar su piel. Las criaturas se inmovilizaron y ella apretó las ascuas que estallaron en sus manos e hicieron que las criaturas se postraran gimiendo de dolor.



Respiramos aliviados de haber escapado de aquella trampa mortal. Y mientras recuperábamos el aliento, la mujer se presentó como la última superviviente de Burgos, pero lo hacía con vergüenza, pues no salió de allí por ser la más brava o valiente, sino que huyó del combate. La culpa la había perseguido desde entonces y necesitaba expiar su pecado.

Tras su historia, nos dijo que estábamos listos para ingresar en la orden y que volviéramos a la plaza de toros. Pero... de camino, nos vimos rodeados por una enorme horda que seguía a las dos damas de la Logia que anteriormente nos habían acosado.

Camman y Teo consiguieron escapar pero Yobanita y yo nos vimos rodeados y nos arrodillamos esperando tener opción de parlamentar. Las mujeres en un principio parecían satisfechas pero cuando hablaban de ponernos a prueba... ordenaron a sus criaturas comernos.

Pasó un rato cuando me levanté dolorido por los mordiscos y decepcionado por lo poco concienzudo de su ataque. Ni siquiera se habían percatado de que los muertos habían dejado de morderme porque no soportaban el sabor de mi carne, pues yo soy Victor von Uradel, hijo de la Logia desde el siglo XIII tras beber del cáliz de sangre del hermano Nicolás en Toro. Una de mis habilidades aprendidas con el paso de los años era mi apariencia normal. Casi había conseguido infiltrarme en la orden de los Hijos de la Luz, sólo esperaba que aquellas dos neófitas no lo hubieran arruinado. Observé a mi compañera con pena, pero entonces me percaté de que sus heridas cicatrizaban y emitía un fulgor extraño. Me acerqué, pero al tocarla me quemé. Era como si la luz la protegiese.

Abrió los ojos, confusa, como si no recordase bien lo que había pasado. Mientras miraba alrededor, me apresuré a abrochar mi abrigo y cubrir mis heridas. La observé con una mezcla de admiración y temor. La luz la había elegido de alguna forma y parecía ser parte de ella. Podía merecer la pena mantener un ojo en su evolución.

Al poco llegaron Camman y Teo que habían dado un rodeo para evitar a la horda. Acordé con Yobanita, que seguía confundida, que era mejor decir que habían optado por perdonar nuestras vidas y pasar de largo. Aunque la explicación no pareció convencerlos lo suficiente, dejaron de preguntar. Llegamos de nuevo a la plaza. Muchas personas trataban de ocultarse allí, temerosas de los zombis y suplicando protección. Un zombi se asomó a la plaza y el mismísimo gran maestre, atravesando toda la multitud, embistió contra él espada en ristre y lo ensartó sin contemplaciones. Con la espada aun clavada en el pecho, la criatura comenzó a arder hasta consumirse en ascuas violetas.

El maestre mandó a la gente a refugiarse a las gradas. Nosotros le informamos del éxito de nuestra misión y nos mandó también allí. Debíamos esperar el desenlace final. La espera fue glacial. El viento parecía capaz de cortar la piedra de lo afilado que era su tacto. Cuando pensábamos que no podíamos aguantar más, llegaron los miembros de la orden de la Luz. Traían al heredero y a su madre herida.

Este suplicó ayuda a los Hijos de la Luz. Pero la Logia no iba a permitir que el heredero de aquella milagrosa inmunidad pululara impune. Todos los maestros del pueblo se personaron en la puerta, seguidos de sus decenas de muertos.

Uno de los Hijos de la Luz se adelantó. Usando algún sagrado poder alzó una runa de fuego que impedía pasar a cualquier ser de ultratumba. El problema radicaba en que, José no era un ser de ultratumba, técnicamente... estaba vivo. Así que cruzó el sello y se encaminó hacia el hermano.

Mientras, el resto de Hijos de la Luz trataba de salvar a la madre del heredero con todas sus fuerzas, pero fue en vano, las heridas eran mortales. Al tiempo que moría ella, el hermano de la luz caía también fulminado por el tacto de José, permitiendo a las hordas penetrar. Rodearon a los Hijos de la Luz. No parecía haber esperanza. José, demasiado seguro de la victoria, se adelantó arrogante.

-Todo ha sido por nada, Hijos de la Luz. Uníos a nosotros -dijo tendiendo una mano a la par que sonreía sin sonreír.

El heredero, que aún sujetaba el cuerpo de su madre, se decidió.

-Vosotros la habéis matado, vosotros y vuestros muertos. ¡Jamás me uniré a vosotros! -le espetó.

José borró su sonrisa y su gesto de oferta. Alzó la manó para indicar el asalto final cuando, una vez más, Alejandro saltó a la batalla con su claymore, Oskujandy, y le partió en dos de un tajo. José no pudo ni murmurar palabra, sólo quedó con los ojos abiertos por la sorpresa.

Se creó confusión en la Logia. Su mentes, unidas, sentían el dolor y sus dudas se transmitían a los zombis que perdían la unidad. Moví la cabeza con reprobación, los nuevos miembros de la Logia eran muy descuidados, jóvenes y arrogantes.

Los Hijos de la Luz, formando un muro con el heredero en el centro, se abrieron camino entre los muertos a fuerza de fuego, hierro y sangre. Cerraron las puertas y evacuaron la plaza para prenderle fuego.

No llegó ningún grito, sólo el olor a carne quemada. No importaba, había encontrado algo más valioso que un aquelarre descarriado, si podía pervertir a aquella fuente de luz, Yobanita, podría hacer a la Logia recuperar la grandeza de la edad oscura.


Comentarios