2017-12-09 - Avilés - Imanes....

Justo cuando pensaba que estaba libre de trabajo por haberme ocupado de una importante banda de narcotraficantes, van y me mandan a Avilés. Maldita burocracia. Sólo ven números y agentes. Piensan que porque los zombis caminan entre nosotros yo tengo que estar de servicio las 24 horas del día los 365 días del año.

La misión era sencilla y a la vez compleja y llena de riesgos. Fuera de los pobres límites controlados por el gobierno, reinaba la anarquía y diversos grupos trataban siempre de hacerse con el control de pueblos. En general para vivir como reyes durante el apocalipsis pero a veces, surgían grupos que ayudaban y protegían al pueblo y mi trabajo era averiguar si este grupo de los llamados Guardianes podía hacerse cargo de la situación en el norte para evitar tener que mandar efectivos que podrían necesitarse en otro lugar.

Llegamos en el preciso instante en el que anunciaban, ante una multitud congregada en una de las plazas más grandes de la ciudad, que se disponían a luchar contra los militares de WRG que estaban oprimiendo al pueblo e instaban a todos los presentes a fingir ayudar a dichos militares pero que luego se unieran a ellos, Los Guardianes, para expulsar a esa plaga de la ciudad.

Se escuchó el sonido de un motor acercándose y los guardianes presentes se apresuraron a desaparecer. Resultó ser un jeep militar que precedía a una nutrida fuerza de soldados. Observé alarmado el contingente de tropas que WRG había destinado para sojuzgar aquel lugar. Debía tener poderosos intereses en el norte. Traían consigo algunos zombis a los que guiaban con lazos de captura.



Se plantaron donde un momento antes habían estado los Guardianes y comenzó su discurso un tipo de aspecto recio, fuerte, veterano de mil batallas. Dio el típico discurso falso de WRG en el que se pintaban de salvadores pero, como no, para cargarse cualquier oportunidad de ser creído, subieron a un guardián y lo ejecutaron. Eran tan bestias como habían indicado los informes. El último año habían llegado algunos que parecían indicar que WRG estaba ayudando, pero debían ser falsos.

Tras la ejecución, ordenaron a la gente y se la asignaron a los distintos capitanes para que les dieran instrucciones para localizar a los miembros de Los Guardianes. Me deslicé por una callejuela antes de ser localizado y me dispuse a buscar a los susodichos salvadores. Debía de ver de primera mano si eran tan capaces como decían. De ser así, si eran capaces de lidiar con semejante contingente, puede que pudiéramos dejar el norte a su cargo.

Fui en dirección hacia la que les había visto ir cuando aparecieron los militares. Llegué a un sito donde uno de los guardianes esperaba tras un coche, acobardado. Me acerqué a preguntarle que sucedía y me contó que los militares le habían descubierto y habían tirado un zombi al interior de su escondite. Fueron muy descuidados ya que, aunque por poco margen, consiguió escapar de allí sin ser mordido. El problema radicaba en que tenía papeles importantes allí y los necesitaba y había un francotirador que le tenía enfilado. Él distraería al susodicho para crear confusión y que yo me colara a buscar sus papeles. Vi una oportunidad de investigar más a fondo y quizás descubrir que tan elaborado era su plan. Salió corriendo mientras gritaba y escuché disparos; recé por que ninguno le alcanzase. Me introduje en su guarida y, con cuidado, me acerqué a su escritorio con un montón de papeles tirados. El zombi estaba distraído mordiendo un guante, quizás atraído por el olor de una mano reciente, así que no me molestaría mientras no hiciera ruido. Con una pequeña linterna analicé los documentos. Era una idea bastante aguda. Si funcionaba, podrían acabar con WRG de un solo golpe, pero requería una precisión quirúrgica. El zombi comenzó a olfatear el aire y lo tomé como la señal para salir de allí. Salí pegado al muro y di varias vueltas callejeando para evitar al francotirador. Encontré al buen hombre sudado y pálido pero indemne tras una esquina, esperándome. Me despedí, tras pedir información de donde podía encontrar más compañeros suyos a los que ayudar, mientras él se deshacía en alabanzas. 



Pasé ante una gran plaza y distinguí al líder de los militares. Estaba con un grupo revoltoso y uno de ellos escapó. Les dijo a sus compañeros que, si traían al traidor, lo mataría pero si no, mataría a dos de ellos. El grupo salió a la caza de su amigo y yo no quise arriesgarme a entablar conversación con semejante loco.

Seguí mi camino hasta encontrar al médico de los guardianes, que intentaba ayudar a varios heridos por los soldados. Pero había perdido su equipo cuando una horda le había rodeado. Estaban dentro, rondando un callejón y al fondo pude distinguir un maletín con la cruz roja. Los zombis parecían algo alelados, el lugar estaba oscuro y no se veía bien. Me adentré, caminando entre ellos, con toca la calma y el coraje que podía reunir. Cuando llegué allí, agarré el maletín pero la puñetera cerradura se había roto y, al cogerlo, todo su contenido se derramó. Al instante, varias docenas de putrefactas cabezas se giraron hacia mí. Con prisa y armando revuelo introduje todo de nuevo y, agarrando el maletín de forma que no se abriera, corrí con todas mis fuerzas, exprimiendo los músculos mientras sentía los dedos rozando mi abrigo, sus pútridos alientos jadeando por mi carne y sus nubladas pupilas buscándome desesperadas en la oscuridad. Uno agarró mi capucha, tenía una cremallera que con el impulso que llevaba se abrió y se soltó, pero aquel tirón me hizo perder el equilibrio y caer rodando. Me esforcé en hacer presión para que el maletín no se abriera; si se caía todo, mis esfuerzos y haberme jugado la vida serían por nada. El ruido de mi caída atrajo a los zombis pero al haber rodado, chocaban y gruñían entre ellos sin saber quién era quién. Me apreté contra la pared y, viendo que se me echaban encima, cargué a través de ellos. Chocaba en un mar de cuerpos pero, al ir corriendo les costaba reaccionar; desde que eran empujados hasta recobrar el equilibrio y volverse, ya estaba lejos. Sólo uno se interponía ante mi, uno con una corbata amarilla que parecía más avispado. Intenté hacerle un quiebro, ya bañado en mi propio sudor, pero se adelantaba, predecía mis movimientos y además, era mucho más rápido que yo. Me quedé trabado y los zombis que me seguían se acercaron. Sentí sus manos de nuevo en mi ropa, desesperadas por aferrarme y sin más opción, me lancé hacia el frente. El zombi me interceptó una vez más pero intenté pasar a través de él. Se enganchó a mi cuello y como un mono, se subió a mi espalda tratando de alcanzar mi cuello. Con una mano apretando el maletín contra el pecho, usaba la otra para tratar de alejar sus dentelladas, pero se revolvía frenético de sangre, tanto que me hizo perder el equilibrio y caer de nuevo. El maletín salió rodando y me quedé a solas con el zombi. Se aferraba a mis brazos con los suyos y sus babas de sangre me caían en la cara mientras le empujaba en un desesperado afán por quitármelo de encima. Vi que otros zombis se acercaban y comenzaban a agarrar mis piernas. Casi había perdido la esperanza cuando un golpe seco hizo que recobrara el foco: el ágil zombi que cayó inerte sobre mí. No me paré a pensarlo, lancé una patada a los que me agarraban los pies, lancé el cuerpo del zombi hacia sus compañeros y salí de allí corriendo sin mirar atrás. Ya una vez fuera, vi que el médico salía con un espejo retrovisor en una mano y el maletín en la otra.



-Muchas gracias -me dijo mostrándolo.

-No, gracias a ti -dije señalando el espejo retrovisor.

Lo soltó y puso el maletín sobre un coche mientras hacía recuento de material. Luego, sacó agujas, medicinas y demás y se puso a tratar a los heridos. Me sentí satisfecho de ver que, aun con pocos recursos, los guardianes se dedicaban a ayudar. Le pregunté si alguno más de sus compañeros podía necesitar ayuda. Estaba ya centrado en una herida en el cráneo de una joven rubia pero, sin dejar de examinar la herida, me dijo que en el parque del Quirinal estaba su especialista en comunicaciones. No quise molestar más.

El susodicho oficial estaba tratando en balde de captar la señal de los militares. La antena estaba siendo constantemente derribada por los zombis del lugar. Me pidió que tomase una larga barra metálica con una bola que servía de antena y la llevase al centro del parque para tomar la señal. Tenía que estar quieto hasta que sincronizase la frecuencia. No me entusiasmaba la idea, pero sabiendo sus planes, con un poco de mi ayuda podrían completar su objetivo.

Me acerqué al medio de la plaza usando los arbustos de cobertura pero llegó el momento en el que tuve que salir a la vista. Aunque las farolas iluminaban con tranquilidad, si algún zombi se centraba en mi me vería. Me quedé quieto y comencé a contar. No llevaba ni cinco segundos cuando un no-muerto se percató de mi presencia. Caminó hacia mi, lento pero sin dudar. Los segundos pasaban muy despacio y más zombis comenzaban a girar su rostro hacia mí, pero llegó mi salvación en forma de grito. Una niña se había roto la pierna a varios metros. Mientras escapaba de un zombi no había mirado hacia adelante y se había comido un banco con la rodilla por delante. Su pierna estaba torcida en una forma antinatural y gritaba de dolor. Su abuela se acercó para tratar de rescatarla y se puso a dar bastonazos a diestro y siniestro con una energía que nadie esperaría de alguien de su edad. La niña gritaba llamando a su abuelita. No podía estar parado más tiempo, comencé a gritar a los zombis y algunos vinieron a por mí. Cuando lo tenía encima, le empujé contra el suelo y de un pistón le reventé el cerebro, luego, le clavé la barra en la columna vertebral y dejé la antena fijada. Salí corriendo hacia las dos mujeres, cogí a la niña en brazos y tiré de la abuelita que seguía apaleando a los zombis con fiera eficacia. Las llevé a una casa en la que se estaban escondiendo refugiados de los zombis y volví con el guardián. Me felicitó por haber conseguido afianzar la antena y me dijo que, si no era molestia, mi ayuda podía ser muy valiosa una vez más. Habían perdido contacto con una compañera en el parque de Ferrera. Temían que los militares o los zombis la hubieran atrapado.

La única entrada al parque tenía un nutrido grupo de militares con un coro de zombis muertos a sus pies. Me dijeron que el parque estaba cerrado, había una insurrecta en el interior y estaba atrapada con múltiples zombis. Estaban invitándome a marcharme cuando una horda surgió a pocos metros y comenzó a andar hacia nosotros. Mientras los soldados los contenían y acribillaban, aproveché para escabullirme en el interior del parque. Vi a varias personas atrapadas dentro y ninguno era un guardián, los soldados no habían sido muy escrupulosos a la hora de cerrar el parque.

Vi a varios zombis deambular bajo las farolas y me escondí en un arbusto. Uno era un ex-WRG, en vista del chaleco, grande y fuerte como un toro. La otra era una niña que no sería ni mayor de edad... ni lo sería, y el último parecía un ciudadano normal que habría tenido la mala fortuna de salir a pasear esa noche. Les dejé pasar y seguí explorando el parque. Me llamó la atención una casita apartada en la que una figura se amparaba en la oscuridad escrutando el interior. Me acerqué y pregunté si era miembro de los guardianes. Me miró un instante, asustada, antes de ver que no era un soldado. Me dijo que sí y le informé de que me enviaba su compañero. Le conté que había militares en la puerta y que había visto a varias personas atrapadas en el interior del parque. Ya lo sabía y, de hecho, estaba tratando de solucionar ese problema. Sabía de una salida adicional, pero estaba cerrada y el muro era infranqueable. Había tenido la increíble fortuna de encontrar la llave pero un enorme zombi la había seguido al interior de la casa y, en la lucha, habían roto una tubería de gas y luego el zombi había chocado con el cuadro de luces, quedando dañadas al igual que su vista. Quería recuperar las llaves pero temblaba ante la sola idea de volver a entrar así que, suspirando, me presté a ayudar. Estos guardianes tenían la intención de ayudar pero dependían demasiado de los ciudadanos, me parecía a mí. Entré en una sala esférica con el parpadeo eléctrico del cuadro de mandos como única luz. El lugar olía a gas y no tenía tiempo para dudar. El zombi no estaba por ninguna parte. Comencé a caminar en busca de algo que destacase en el suelo cuando un agudo chillido hizo eco por las paredes. Dudé sobre su procedencia, el eco hacía difícil distinguir su origen hasta que escuché unos pasos a mi espalda. Era un zombi enorme y venía directo hacía mí. Me aparté casi de puntillas rezando para que con la oscuridad y la monstruosa cicatriz que le atravesaba el rostro fuera suficiente para que no me viese. Contuve el aliento y pasó a un palmo de distancia pero cuando pensaba que estaba a salvo, se paró y se puso a olfatear el aire. Primero parecía errático pero luego lenta, pero concienzudamente, su olfateo le llevó de nuevo a mí. Comencé a moverme con todo el sigilo que podía, desesperado por encontrar algo en alguna parte. Un resplandor del cuadro de luces me reveló algo que reflejaba el azul de sus chispas, las llaves. El zombi comenzó a emitir un sonido gutural y aproveché la intensidad de su propio grito para correr hacia las llaves, cogerlas y salir de allí como alma que lleva el diablo. Le llevé las llaves a la muchacha y le pregunté si podía auxiliarla con algo más, pero me dijo que ella se ocuparía de sacar a los supervivientes del parque, que otra compañera me necesitaba más. Me estaba volviendo imprescindible para los guardianes.


Tuve que evitar varias patrullas de soldados que no me inspiraban confianza y otra de zombis que tampoco me seducía encontrarme frente a frente. Encontré a la mujer observando el interior de un almacén. Había muchas cajas apiladas pero no eran más altas que una mesa y varios zombis deambulaban por el lugar. La mujer estaba herida en una pierna y no podía entrar. Le pregunté que había tan importante allí dentro y me dijo que dinero. La miré un tanto desilusionado, puede que los guardianes fueran ingenuos pero no los tenía por avariciosos. Debió notar mi mirada porque se apresuró a explicarme que ese dinero era el que habían robado los soldados de WRG desde que habían llegado al pueblo. Me acerqué y vi un enorme saco rezumando billetes que, en efecto, llevaba el logotipo de la organización. Ella estaba inmovilizada pero podía guiarme con un walkie-talkie para pasar sin ser visto. Una vez más, me interné en un lugar atestado de zombis, si no me daban unas malditas vacaciones después de esto iba a quemar a mi superior con gasolina. El walkie estaba al mínimo y con la ayuda de la guardiana, pasé entre los montones evitando a los zombis con bastante facilidad, cosa que agradecí de corazón porque llevaba una noche de no parar y estaba destrozado por el cansancio. Agarré la bolsa y me la eché a la espalda, lancé una rápida mirada a los zombis y cuando vi la salida, salí corriendo y cerré la puerta tras de mí. Le dejé el saco a la señorita que, agradecida, dijo que ella se ocuparía de que todo volviera al pueblo. Me dijo que todo parecía estar preparado, que su plan para acabar con los soldados estaba ultimado y que fuera a la plaza.

Sospechaba de que se trataba después de haber visto los planos de su compañero pero aun así, me puse en camino para ver como resultaba. De camino, me topé con una extraña situación. Era un extenso parque y había una, en apariencia, inofensiva joven en un banco. Parecía grácil, elegante pero... había algo siniestro en ella, me recordaba a una viuda negra dispuesta a arrancar la cabeza de quien se acercase. Mi impresión se reforzó cuando me percaté de que enfrente mío, un grupo de militares la observaba con expresión de terror e incluso los propios zombis se alejaban de ella como si fuera la Parca, nadie quería acercarse, mucho menos hablar con ella. Los soldados, fingiendo que les llamaban, salieron casi corriendo en dirección opuesta y me dí cuenta de que la mujer clavaba su mirada en mí y... sonreía. No sabía porqué pero corrí por mi vida. Uno más de los misterios del apocalipsis que no tenía prisa por descifrar.

Llegué a la plaza sin detenerme y me puse a recuperar el aliento. Sabía la intención de los guardianes pero no tenía clara su ejecución. La multitud comenzó a agolparse y los soldados tenían que contenerlos. Al final, estaban rodeados. Un comando se acercó con la guardiana del parque a la que había ayudado a obtener las llaves. La acercaron a su comandante y se dispusieron a ejecutarla. Pero una horda que seguía a uno de los guardianes con una alarma surgió en la distancia. El guardián corría con todas sus fuerzas mientras la multitud le seguía atraídos por el fuerte pitido. Los soldados formaron fila y se prepararon para disparar a la orden de su comandante. El guardián, en el último instante, lanzó la alarma a los pies del contingente y se lanzó de cabeza a una fuente. Los zombis, atraídos por la alarma y el mayor número de cuerpos, siguieron corriendo.

-¡Abrid fuego! -gritó el comandante.

-Click, click, click... -ni una sola de las armas disparó.

-He dicho, ¡ABRID FUEGO! -gritó con urgencia.

Pero las armas no disparaban. El plan de los guardianes había funcionado, con potentes imanes habían formateado los chips de las armas. Los soldados, que no comprendían nada, fueron arrollados por la horda que dio buena cuenta de ellos. Cuando acabó la degustación de soldado, los guardianes organizaron con rapidez y eficacia al pueblo y, entre todos, armados con ramas, palos y bates acabaron con los zombis.

No estaba del todo contento con los guardianes, habían necesitado mucha ayuda, pero habían conseguido sacar adelante su plan y llevarlo a cabo con éxito. Volví de vuelta a Madrid para presentar un informe favorable y para amenazar de muerte a mi jefe si no me daba mis merecidas vacaciones.

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