2017/12/16 - Puertollano - El corazón del pueblo



El Corazón del Pueblo






Puertollano, una ciudad esculpida por gélidos vientos. El invierno estaba siendo particularmente duro. Todas las ciudades, pueblos e incluso villas aledañas habían sido o devastadas por los zombis o conquistadas por supervivientes enajenados.

A todos los que llegaban a la ciudad aquella noche se les transmitía el mismo rumor, si no estaban infectados, había una empresa dispuesta a hacerse cargo de su seguridad. La gente acudió en masa, desde humildes supervivientes, como una mujer que se hacía cargo de los valientes hijos de su hermano, hasta algún travestido con falda.

El lugar donde se pretendía informar de forma más extensa era un viejo colegio, mantenido en buen estado y cerrado a cal y canto. Sólo había una entrada custodiada por dos guardias que registraban a fondo a todos los que trataban de obtener una plaza en el lugar. Eran muy serios y trataban con dureza a los supervivientes. Un tipo, algo raro, se acercó ofreciendo dos ramas blancas en gesto de paz y cordialidad. Cada uno de los guardias tomó una de las ramas... y las lanzaron a tomar viento. Cogieron al tipo y le empujaron al interior del edificio.

El interior tenía el sueño de todo superviviente. Comida y bebida en cantidades ilimitadas. Los que habían entrado se lanzaban como chacales sobre las mesas y los que entraban se apresuraban a agarrar todo lo que no estuviese clavado. Había incluso camareros. La gente se permitía bromear pensando que lo peor había pasado.

Un caballero subió al escenario. Se presentó y dedicó palabras corteses a los presentes. Luego, les deseó que disfrutasen de la velada y se esfumó. Un grupo de música subió y se puso a amenizar la noche. Tras meses de frío y angustia, todo aquello parecía irreal. Recordaba a los viejos tiempos, cuando aún existía la civilización como tal.

El caballero volvió tiempo después y lanzó una pregunta al aire. Qué pasaría si nos dieran todo lo que pidiésemos a cambio de permanecer encerrados hasta los 50 años. Dejó aquella inquietante cuestión en la sala y una vez más, se marchó. La cara de la gente cambió, había un deje siniestro en aquellas palabras. Algunos fueron a las puertas, pero estaban cerradas.

Había otros que, ignorando todo, seguían llenándose la boca de bocadillos. El hombre subió de nuevo al escenario. Anunció que se habían comido su comida y que, por lo tanto, ahora le pertenecían. Todos se miraron, asustados, pero interrumpió su discurso uno de loes guardias, que subió a su lado y le metió un tiro en la cabeza sin mucha ceremonia. Pertenecía a La Resistencia y había venido a ayudar a la ciudad y a los habitantes. Pidió ayuda a los que se atreviesen; a cambio, tendrían un sitio en la ciudad y podrían vivir allí.

Después de la oferta del anterior patrón, la gente no quería escuchar, sólo querían salir de allí. Los miembros de La Resistencia dijeron que necesitaban su ayuda pero que no les iban a obligar y abrieron las puertas para que se marchasen.

Toribio se llama. Su fama recorría los límites de España. Era el corazón de Puertollano. Sabía que debía hacer algo para salvar su amada ciudad. Al enterarse de los planes que tenían para con los supervivientes había llamado a La Resistencia. No era de la clase de hombres que se queda parado ante una injusticia o un crimen. A cambio, necesitaban su ayuda, sus conocimientos del pueblo y su valor para varios experimentos que llevarían a la salvación de la ciudad. Lo primero que debía hacer era probar un producto que la división científica de La Resistencia acababa de descubrir. Se suponía que paralizaba a los zombis. Se encaminó a la zona oscura de la ciudad. Pocos se atrevían a ir por allí, ya que con frecuencia los zombis que venían desde Madrid y Ciudad Real se colaban por allí. De camino, un borracho inconsciente iba dando tumbos con una campana. Toribio le acogió y le dejó en un lugar seguro con una manta por encima. Siguió su camino, y cuando pensaba que nadie sería tan inconsciente de andar a tan altas horas de la madrugada por allí, vio lo que parecía una familia con niños incluidos paseando con total calma. Se acercó a advertir del peligro pero se rieron y siguieron la marcha. Toribio se quedó extrañado, pero tenía un trato que cumplir. La Resistencia necesitaba que se probara ese producto.

Escuchó un grito y una joven pareja surgió de una esquina. El chico apremiaba a su novia a correr con un acento muy gallego. Les perseguía un zombi muy flaco y con chaqueta de cuero. Toribio aprovechó para acercarse y lanzar el líquido a la criatura con la esperanza de que funcionase y salvase a la pareja. El resultado fue positivo. La criatura se quedó colapsada, como si sus músculos se contrajeran. La pareja aprovechó para escapar, aunque la chica tenía una manera graciosa de correr. Toribio también aprovechó para marcharse e informar del éxito.

De camino se encontró con Rafaela, que le informó de sus progresos. Había deambulado por el pueblo en busca de cosas útiles, pero sin mucho éxito. Una zombi con camisón que se estrellaba contra los bancos. Un zombi ciego había invadido el edificio más cercano al hospital. Pero lo más increíble pasó cerca de uno de los colegios donde vio uno de los espectáculos más extraños de su vida. Un hombre, vivo, se alzaba en la puerta del patio. Observaba a través de los barrotes, clavando su mirada en un zombi de corbata amarilla, una mirada que reflejaba una cuenta pendiente. Sólo él y quizás el no-muerto sabían cuál. De no haber sido porque era imposible, habría dicho que el zombi lo reconocía y no se podía creer lo que veía. El hombre vivo, un coloso, se quitó la chaqueta y la lanzó a un lado. Luego, mirando al zombi, gritó: “Tu y yo tenemos una batalla pendiente”. Tomó pose de combate y se acercó al zombi, al igual que este a él. Cargaron. El hombre agarró al zombi al vuelo y lo alzó del suelo. El zombi pateaba frenético. El hombre lo apretaba y a la vez lo usaba para apartar a otros zombis que se veían atraídos por el ruido. Al final, cayó con el zombi y ambos rodaron por el suelo golpeándose, arañándose y mordiéndose el uno al otro. El vivo no parecía preocuparse de la infección, sólo quería librar su última batalla. La lucha parecía decantarse de su lado pero, al final, el zombi consiguió colocarse encima y, mientras el hombre separaba de una patada a otro zombi que le mordía la bota, se lanzó al cuello, desgarrando la carne. Pero mientras todo esto sucedía, aprovechando el revuelo, se coló un grupo un tanto extravagante compuesto por una familia, con hijos incluídos, una parejita feliz y un borracho que iba con una manta haciendo eses. Robaron unos polvos naranjas que metieron en una botella de agua y se marcharon. Uno se puso a gritar algo de villano, presa del pánico sin duda.








Rafaela se había parado a pensar en todo aquello un momento y después siguió su marcha, no sin antes tomar un saquito de polvo naranja que perdió el borracho. Cuando hubo relatado todo, Toribio la preguntó si sabía algo de Aifos.

-Sé que anda por la zona norte- dijo Rafaela.

Cerca del estadio, Aifos, otro miembro de La Resistencia, se ocultaba. Era la encargada de asegurarse de que la WRG o la Logia no infiltrase espías en su nueva base de operaciones. La Resistencia había tenido muy malas experiencias y sobrevivía con desconfianza.

Para ello, como misión prioritaria, debía identificar a cualquier humano que pudiese haber sido sometido a algún tipo de alteración. Tenía que dibujar un círculo en la frente para diferenciarlos. Lo que la gente no sabía es que la tinta era un agente atrayente de zombis. Sus compañeros le mandaban a cualquier superviviente del que sospechasen. Llevaba una noche de no parar y se escondía en unos vestuarios que tenían una buena puerta de hierro para proteger el lugar. Se asomó un momento y vio a tremendo zombi y a zombi flaquito. Iban como dos lobos solitarios. Había una elevación con escaleras justo enfrente de donde se ocultaba ella, a pocos metros. Los zombis trataban de subir las escaleras porque había supervivientes arriba. Una familia que tiraba caramelos a los zombis, un borracho con una manta y con una campana armaba una gresca que daban ganas de darle una patada y tirarlo por las escaleras y una pareja, cuya chica, algo peculiar, parecía querer adoptar al zombi flaquito. Aifos cerró la puerta y esperó que aquel grupo de dementes siguiera su camino. Se preguntó cómo estarían sus camaradas. Uno había ido a un viejo laboratorio y estaba preocupada.

Sus compañeros le consideraban demasiado serio. Le llamaban Chupy porque nadie tenía cojones de pronunciar su verdadero nombre. Le había tocado limpiar los destrozos de un estúpido científico que no tenía nada mejor que hacer que ponerse a investigar el virus zombi sin traje de protección, ni guantes, ni ningún tipo de seguridad. Como era evidente, se había infectado y le habían encargado recuperar los datos. El asunto era que el científico seguía dentro... pero poco vivo. Atrajo a la entrada a una familia, que iba como si tal cosa en medio de la noche y con zombis por la zona, unos gallegos que estaban más perdidos que un atún en Mongolia y unEL borracho dando la nota con una manta y una campana. Pensó que igual podía usarlos de cebo para alejar al zombi o incluso para que hicieran el trabajo sucio. Se quedó con los niños de rehenes, las llaves de la pareja y la manta del borracho y, sin más elección, entraron e inspeccionaron el lugar. Tras inspeccionar el lugar y perder al padre, cosa que a Chupy le importó un carajo, le informaron de que había un ordenador pero necesitaba la clave de seguridad. Lo raro es que hubiera sobrevivido el borracho. De alguna forma, tras el velo de alcohol, aún conservaba algo de lógica como para cerrar la boca atrapado en una habitación con un zombi. El ordenador le dio que pensar. Se quedó con todo lo sustraído, no les daría nada hasta que trajeran las claves. Así se aseguraba de que volvían. Les mandó a buscar a cuatro zombis. Ex-compañeros del que estaba dentro. Tenían unas tarjetas al cuello con las que se podía descifrar la contraseña, pero las necesitaba todas.

Tardaron muchas horas. El niño estaba en un rincón asustado y Chupy miraba por la ventana con impaciencia. Con el amanecer próximo, llegó el borracho de la campana, el padre y el chico gallego... solos. Le dieron las claves y con su ayuda descifraron el código. Chupy tuvo un segundo de duda: “¿Sería demasiado cabrón si mandaba a los niños solos al interior a desbloquear el ordenador?”. Pero la duda fue breve; se acordó de que era su culo el que estaba en juego y le gustaba conservarlo sin mordiscos, así que mandó al interior a sus jóvenes ayudantes forzosos. El zombi no les hizo mucho caso, aún estaba rumiando los restos de su padre y sorbía sus sesos. La contraseña entró a la primera y los jóvenes desbloquearon la puerta del laboratorio interior. Allí, la máquina que tanto llevaban desarrollando, un dispositivo de camuflaje contra zombis. Le trajeron el aparato y los documentos referentes a su uso. Les devolvió el rehén y se apresuró a llevar el dispositivo con su comandante mientras le seguían. Pero antes mandó un mensaje a una compañera para que trajese agua del estanque.

No todos los miembros de La Resistencia eran tan cabrones y desalmados. Eli, una dulce joven, bajita pero con carácter, se encargaba de vigilar un puente del estanque. Era el refuerzo en caso de que alguno de sus compañeros necesitase apoyo. Mientras, se entretenía dando trocitos de pan a los patos y los cisnes que, a pesar del frió que dejaba las orillas del estanque con una fina capa helada, graznaban de alegría cada vez que se acercaba. Pero irrumpieron en escena una mujer madura y una pareja muy joven, corriendo y alterando a los patos. La chica joven corría dando pasitos muy cómicos. No tardó en pasar siguiendo sus pasos un borracho con una campana, cuyo incesante campaneo provocó que los patos se lanzaran a perseguirle y a picarle. También pasó al momento un zombi flaquito que también era atraído por la campana. A todo esto, la joven estaba con un puñado de pan a la sombra de un árbol y alumbrada sólo por el reflejo de la luna en el estanque mirando aquella extraña cadena de acontecimientos. Se quedó unas horas más con los patos y cisnes, pensando con calma sobre lo acontecido cuando la sacó del estupor un mensaje de Chupy. Necesitaba agua del estanque y que se reuniera con el en el punto clave.

Encabezando a todos aquellos rebeldes, en la plaza de toros, un tipo de rostro serio, mirada penetrante y alma tallada en granito, al que llamaban de nombre en clave “El Calvo”. Le gustaba La Resistencia porque podía sacar toda la mala leche, no por que sintiera un odio real hacia WRG o la empresa que trataba de adueñarse del pueblo. A los supervivientes los torturaba con juegos psicológicos. Llegó un grupo numeroso, un borracho que no hacía más que dar por culo, una parejita y una familia. Estaba aburrido de esperar a que sus hombres volvieran con información. Le dio su arma al más pequeño y le dijo: “¿A quién matarías si te digo que no vas a disparar?” y al momento apuntó a su hermano. El Calvo sonrió con malicia. “Ahora, apunta a alguien y dispara. Lo más probable es que, a esta distancia, lo mates”. El niño dudó. Fue mirando a todos avergonzado. Sus padres le daban ánimos y, al final, se decidió por el borracho. Apuntó y... disparó. (Click). “Tiene el seguro puesto” dijo El Calvo, satisfecho. “Cuando sabías que no pasaba nada, no dudaste, pero cuando te dije que alguien moría, ahí cambió la cosa. Eso es por que usaste el coco y es lo que quiero que hagáis, que uséis la cabeza”. Justo cuando decía esto, Toribio llegó anunciando que el experimento había sido un éxito. El producto los paralizaba. Al tiempo el resto de sus tropas se fueron acercando. Chupy traía un artilugio extraño y los demás traían supervivientes que debían haber sido útiles, seguidos de cerca por hordas de zombis. Chupy se apresuró a realizar las mezclas con el agua de Eli y los polvos anaranjados de Rafaela mientras los demás cerraban filas en torno a él. Los zombis entraron en el recinto, comenzaron a inundar la plaza como una marea. Los supervivientes se agolpaban en el lado opuesto tratando de escapar mientras los soldados de la resistencia se preparaban para la embestida.

El choque fue brutal. El primer golpe lo dio La Resistencia, pero donde habían caído una decena de zombis, al instante les sustituyeron otros tantos. Se replegaron disparando y golpeando con espadas, bates y hachas. Como no podían acercarse, los comenzaron a rodear. Los supervivientes estaban expuestos. Algunos, como la gallega que se había tirado a la chepa de un zombi y le goleaba, la familia que propinaba una paliza democrática a otro o el borracho que propinaba campanazos, luchaban, pero la mayoría se encongían indefensos. Toribio, desoyendo las órdenes, saltó entre la multitud de zombis y los supervivientes armado sólo con un hacha y comenzó a luchar como un avatar de la guerra, defendiendo a hombres, mujeres y niños por igual. Sus compañeros empezaron a caer colapsando ante la infinita superioridad numérica. Eli golpeaba con una silla a los que se acercaban y Rafaela a puñetazo limpio mientras que Chupy luchaba por activar el artefacto, su única esperanza. Los zombis comenzaban a salpicar el artefacto al ser despedazados al lado. El Calvo se quedó sin balas y comenzó a matarlos a golpes con la culata de la pistola. Gritaba a Chupy que se diera prisa y cuando por fin fueron demasiados, cayó de espaldas con el aliento de dos zombis en la yugular, Chupy activó el dispositivo. Se activó un poderoso zumbido y una humareda violeta envolvió el lugar. Los zombis quedaron paralizados. El Calvo apartó a los dos que tenía encima y se puso en pié. Miró a su alrededor, sorprendido por la eficacia. Sus compañeros miraban igualmente asombrados. Toribio se alzaba como un Conan el Bárbaro ante una pila de cuerpos inertes, jadeando pero aún aferrando su hacha. El Calvo sonrió y gritó: “A por ellos, destrozadlos”.






Dedicado a Josejuan Toribio Tapiador












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