2017/12/23 - La Adrada - La Reina Zayda

 La Reina Zayda


La oscuridad, la luz, el bien y el mal. Siempre presentes, pero a veces, con límites difusos. Cuando alguien se cree en posesión de la luz, de toda la verdad, suele estar completamente ciego. La corte considera paganos a todos los que no tienen su mismo credo, su misma fe. Ese fue el caso de la reina Zayda . Ella fue envenenada y su hijo, asesinado por su propia corte. Pero antes de morir, lanzó una temible profecía. En un siglo, el cuerpo de su madre, no su alma, volvería del inframundo para castigar aquel lugar por su fanatismo. Todos rieron despectivos, Dios estaba con ellos, no temían las maldiciones de los infieles.

Cien años después y aún estamos aquí. Una vez más en el castillo, una joven, de melena leónica y un carácter igual de fiero, es acusada de brujería y se enfrenta a la muerte. No se irá sin dejar un recuerdo. El recuerdo del miedo que inspira la antigua leyenda de la reina. Recordó la antigua profecía, y cómo todos serían muertos si seguían con aquel acto. Un sacerdote, que había regresado a la ciudad hacía poco, se encargó de todo, siendo juez, jurado y verdugo. La joven fue atada a un poste de madera y el sacerdote oró un instante antes de prenderle fuego. De la hoguera surgieron colosales llamas, como si se hubiese abierto un portal al mismísimo infierno. Una densa nube de humo comenzó a compactarse en la muralla tras la hoguera. Una forma humana fue definiéndose, succionando el humo negro. Cuando hubo acabado, una persona había surgido sobre la muralla.

La mismísima reina Zayda era la que se alzaba majestuosa e imponente ante la multitud que había acudido a la quema de la bruja. Envuelta un magnífico vestido de verde trébol, con una sedosa capa de tinte castaño y todo ello adornado de un cinturón, collar y otras joyas de labrado oro dorado. Anunció la hora de su venganza. Con sus poderes ultraterrenos, alzó a los muertos, que surgían de las tumbas, algunos, meros esqueletos sostenidos sólo por las oscuras fuerzas de la magia, carentes de músculos. Otros, putrefactos cuerpos apergaminados y, unos pocos, aún frescos. Desde campesinos a grandes señores guerreros. Incluso el Legendario Unferth, el Matador de Osos, cuya proeza de haber acabado con uno de ellos con las manos desnudas era narrada desde hacía décadas. Fue el primero en salir, reflejando las llamas en su pálida pero aún reluciente calva.

La multitud corrió en tropel hacia las puertas del castillo. Los soldados trataban de contener el avance de los muertos, pero eran sobrepasados. Ward, Laguna y Freya, compañeros de mil fatigas, estaban casi en la puerta cuando una dama de largos y escarlatas cabellos y un vestido y capucha negros como el abismo, gritó.

-¡Vamos, criaturas, matadlos! -gritaba la mujer.

Un joven soldado con coleta se giró incapaz de creer lo que escuchaba.

-¡¿Quéeeeee?! -dijo ingenuo.

En el instante en el que apartó la mirada, un zombi se lanzó sobre él. La bruja comenzó a caminar mientras reía. Nos seguía de cerca cuando gritó de dolor y cayó de rodillas. Un hombre, con una túnica verde musgo con adornos labrados a mano y portando una báculo de luz, se alzaba ante ella y con un resplandor de su mano forjó una cadena que se apretó en torno al cuello de la bruja y se deslizó dentro de su piel. La bruja se revolvió y gimoteó un rato. El hombre se presentó al ver que los tres compañeros observaban el espectáculo.

-¡Saludos! Soy Salfumán, de los Hijos de la Luz, y he venido a este pueblo porque he sentido una perturbación en la fuerza... de la Luz, claro. No os preocupéis por la bruja, no podrá usar sus poderes mientras la retenga -dijo en tono solemne.

Laguna se adelantó.

-Saludos a ti también, soy Laguna -dijo ofreciendo su mano.

-Pareces un montaraz -señaló Salfumán, avispado.

-Así es. Ellos son Ward, mi amigo de toda la vida, al que dejé de forma reciente, y para mi vergüenza, mudo, y su hermosa mujer, Freya -dijo señalando a un coloso vestido con una túnica negra y a la dama que se arrebujaba a su lado con una preciosa falda que había hecho a mano tras un mes de trabajo, un corsé que marcaba su delicada figura y un fular oscuro.

-Un placer, me acompaña mi lacayo, Lacayo. Vamos a la caza de la oscuridad. Quizás podríais ayudarnos.

Laguna se acercó a dialogar un instante con sus amigos y al poco regresó para ofrecerse su ayuda y la de su grupo para liberar el pueblo.

-Creo que lo primero sería investigar el cementerio, todos estos muertos han tenido que salir de algún lugar -dijo Salfumán.

El cementerio estaba en las afueras del pueblo y el camino fue arduo, complicado por la bruja, que encadenada a la voluntad del mago, no tenía más remedio que permanecer a pocos metros de él pero no paraba de quejarse, maldecir y, en definitiva, dar el coñazo.

Llegaron ante un campesino que custodiaba la entrada del cementerio. Resultó ser bastante machista y amenazó a Freya cuando habló. Ward, al instante, la abrazó y miró con recelo al campesino. Su mirada le dejó claro que si tocaba a su mujer le arrancaría el brazo y lo mataría a hostias con él. El campesino se calmó, pero dijo que era el responsable del lugar y que, o le daban algo o no les dejaría pasar. Laguna tuvo que darle su última moneda. Nos dijo que necesitaba cazar un pequeño fuego fatuo que estaba despertando a los muertos. Había, por lo menos, uno en pie, una muchacha. La había escuchado gemir y arrastrarse por el lugar. El grupo entró, a excepción de la bruja, que se quedó con el campesino vaticinándole funestos futuros.

El lugar era un campo de sepulcros abiertos, agujeros en el suelo con la tierra esparcida alrededor. Allí también se habían alzado por el conjuro de Zayda. La zombi estaba cerca de una pequeña luz brillante que flotaba sobre una tumba aún cerrada. Supusieron que ese era el fuego que tenían que atrapar. Se acercaron con sigilo, paralizándose con cada crujir de las piedras que pisaban. Ward se adelantó aprovechando que la zombi se distrajo con Laguna. Se acercó al fuego fatuo y, con delicadeza, lo envolvió con sus manos. Salieron sin mayor percance, pues la zombi se cayó en una tumba abierta y se quedó allí estampada en el barro.

Volvieron con el campesino, que esperaba ansioso, pero cuando Ward le ofreció el fuego, se deshizo en cuando tocó las manos del campesino.

-Dicen que sólo los puros pueden tocar a los fuegos fatuos -explicó Salfumán mientras lanzaba una mirada desconfiada al campesino y una interesada a Ward.

-Como sea, id con Sofía y dejadme en paz. Ella igual os dice como librarnos de los muertos -refunfuñó.

No quiso dar más datos, así que el grupo tuvo que volver y esperar encontrar a alguien a quien preguntar. De camino, la bruja se puso una vez más a molestar llamando al zombi de un cruzado. No tenía poder sobre él, pero con el escándalo que montaba al final cumplía su objetivo. El zombi los acosó durante varios kilómetros, siguiéndoles por el oscuro y silencioso camino hasta que encontró un pollo que se había escapado de un corral cercano y se puso a perseguirlo por el lugar.

Sofía resultó ser una ciega que cuidaba de una señora mayor. Le contó al extraño grupo que necesitaba su lista de tareas y hasta que no lo hicieran no diría nada más, aunque conocía a alguien que podía realizar un ritual para acabar con la maldición de Zayda. La señora había caído enferma y no se atrevía a subir a buscar. El grupo se adentró escaleras arriba con cautela. La señora deambulaba a oscuras por la planta superior. Estaba claro que era uno de ellos. El grupo se dispersó buscando las instrucciones de la mujer. Lo encontraron en la mano o mejor dicho, en una mano, de propietario desconocido. Tenía algunas manchas de sangre pero sin duda era la lista de tareas. Sin hacer ruido, salieron de allí sin alterar al zombi.

La lista de tareas resultó un poco complicada de leer por las manchas pero al final, se la contaron y Sofía les indicó donde podía encontrarse la nana de Victoria. En ese momento, el grupo ignoró la mención de Victoria, sólo les interesaba que se rompiese la maldición. Estaba en un orfanato no muy lejos de allí. De camino, se encontraron con un no-muerto que les perseguía como al agua en el desierto. Les acosó y acosó hasta que le despistaron con una ilusión del mago en el que parecía que Ward era devorado hasta los huesos. De allí, arrastrando los pies agotados, llegaron al orfanato pero la entrada estaba custodiada por el mismísimo Unferth. El poderoso zombi del gran guerrero custodiaba la entrada con celo. Su capa le cubría magnificando su estatura y la luna se reflejaba en sus ojos como si brillara en ellos un alma de fuego. Permanecieron a distancia mientras esperaban que se alejara de la puerta. El orfanato estaba cerrado a cal y canto, lo que no estaba claro era si tenía que ver algo con los no-muertos o era así para que los niños no se fugasen. El grupo se dispersó atravesando el patio y Ward se vio acorralado por Unferth. Se quedó un instante paralizado y cuando comenzó a olisquear el aire, echó a correr. Consiguió despistarle en una esquina, tras los setos, donde el zombi se quedó peleando con un arbusto. La nana estaba en la puerta, protegiendo a los niños para que los monstruos no entraran. Cierto era que tenía un aura a su alrededor, un aire brujil, de poder pero de bondad. Les dijo que, en efecto, conocía un conjuro que podía acabar con Zayda, devolverla al descanso eterno, pero uno de los requisitos era tener el alma en paz. No lo estaría hasta que Victoria y Martín, su amado, estuviesen juntos.

Salieron de allí perseguidos por Unferth hasta que su capa se enganchó a las correas de un carro que había aparcado y, del susto, el caballo se puso a galopar arrastrando a Unferth, que gruñía al ser arrastrado por el barro y las piedras perdiéndose en la distancia.

Victoria, que parecía una caperucita roja adolescente, estaba escondida en el ayuntamiento. Suspiró, aliviada, al saber que su nana estaba bien y se preocupó al saber que Sofía estaba en la casa con un no-muerto paseando por la planta de arriba. Suplicó al grupo que ayudaran a Sofía con la criatura, pero la calmaron asegurando que el bicho se partiría la crisma si intentaba bajar las escaleras. No podían hacer mucho más por ella, así que siguieron su camino.

El único que podía saber donde estaba Martín era un tal José, según les contó Victoria antes de que se machasen. Estaba en el viejo matadero, vigilando o pasando el rato ya que era un poco haragán. Le encontraron junto a un cubo de monedas de oro. Exigía tributo si queríamos hablar con él. Por algún motivo, tenía cierta aversión a Laguna y no la ocultaba. Freya ofreció una moneda de oro bajo la mirada de reproche de Ward, que veía como su mujer regalaba su dinero. Aun así, no fue suficiente. José quería algo de diversión; para ver que tal se desenvolvían les propuso un juego. Debían luchar por golpearse las rodillas unos a otros, para ver que tan ágiles eran y si tenían posibilidades con los zombis. Al ganador le daría la moneda de oro.

El grupo se puso a competir, Freya fue de las primeras en caer, lo que nadie notó es que era una argucia para acercarse al cubo y meter mano, agarrando un buen puñado de monedas de oro. Salfumán aprovechaba su cetro para golpear a los demás y, al final, fue su propio lacayo, Lacayo, quien le derribó.

José quedó satisfecho. A otros que venían a molestar les pedía que cazaran a una bruja, pero puesto que ellos iban servidos, les dio su bendición. No sabía donde estaba Martín, pero sabía de alguien que lo tendría muy vigilado. El sacerdote. Sin explayarse más, los mandó a verlo.

De camino, Ward se percató que Freya se rezagaba y se quedaba hablando sólo con Laguna. Sabía que siempre se habían gustado y su reciente mudez no ayudaba. Sentía que ardía por dentro y que la iba a perder, así que caminó separado de todos, ahogado en sus propios y taciturnos pensamientos.

Cerca de la iglesia se encontraron con la mismísima Zayda. No les quedó más remedio que apresurar el paso ya que la bruja se puso a llamar a su señora. Consiguieron escapar, pero el hechicero Salfumán quedó agotado por el esfuerzo y la promesa de la reina Zayda de liberar a su sierva hizo eco en el aire. No muy lejos estaba el sacerdote. Era el que había quemado a la bruja al comienzo de la noche.

Quedó sorprendido con la bruja, preguntando porqué no la quemaban como él había hecho con la otra horas antes, pero le explicaron que la necesitaban por orden del Rey. El sacerdote se alejó un poco de ella. Freya se disponía a hablar pero una vez más, un hombre la mandó callar. El sacerdote se dirigió a Salfumán. Le preguntó de donde venían y qué querían. Ward aprovechó para situarse detrás de su mujer, por si necesitaba consuelo, aunque ella no se percató de su movimiento. Mientras, Salfumán le contaba que había venido atraído por la oscuridad del lugar y el sacerdote decidió poner a prueba su fe. Les dio una cruz y les dijo que buscaran a Zayda y la obligaran a doblegarse ante la fe verdadera.

La buscaron y, al encontrarla, fue Lacayo quien valientemente se lanzó cruz en mano hacia ella sólo para comprobar que se reía en su cara, le arrancaba la cruz de la mano y le lanzaba contra la horda de no-muertos que la seguían. El resto del grupo se vio rodeado por algunos mientras el resto degustaban a Lacayo. La reina fue hablando uno por uno. No se sabe muy bien que hizo Salfumán pero consiguió que la reina lo perdonara aun reteniendo a su bruja. Ward no “se dignó a hablar con ella” y se quedó cuidando de su mujercita entre sus brazos y Laguna se vio obligado a arrodillarse y a suplicar por su vida. Zayda les dijo que tenían una oportunidad de vivir. Si le decían al sacerdote que había funcionado su cruz, lo tendría presente para el final de la noche. Pero también les advirtió que si la traicionaban lo vería a través de los ojos de su sierva.

Fueron al sacerdote y le confirmaron que la cruz había sido eficaz. El sacerdote confesó ser el padre de Victoria, algo poco apropiado. Estaba en contra de sus amoríos con Martín. Era un don nadie. Él quería un marido de buena posición o al menos con riquezas como para cuidarla.

-Como todas -dijo por lo bajo Freya, pero no lo bastante bajo como para que Ward no lo escuchase.

Sintió mil puñaladas en el corazón. Siempre la había amado y trabajaba tan duro sólo para que no la faltase de nada aunque, en el fondo, sabía que Laguna era quien poseía su corazón.

El sacerdote los mandó con Martín, a ver si “por desgracia” había fallecido. Pero nada más lejos de la verdad. Martín estaba en el centro del pueblo, oculto, mientras esperaba tener noticias de Victoria. Recibió con alivio todas las noticias e informó de que había descubierto un libro que podía liberar al pueblo de la maldición. Pero necesitaba fragmentos de la bruja quemada para ello.

El grupo comenzó a subir la cuesta de la desolación. Una vez más, Freya quedó rezagada con Laguna. A Ward le podían los celos y la desconfianza. Le preocupaba que su reciente mudez alejara a su mujer de su lado para siempre. Laguna siempre la había deseado y ahora que ella sólo hablaba con él, moría por dentro. Quería decir cuanto la amaba pero no podía más que hacer ridículas señas. Se preguntó si el accidente por el que Laguna le había dejado mudo era tan accidental como decía.

Cuando alcanzaron la cumbre, descubrieron una multitud de personas asustadas ante la puerta, suplicando que las dejasen entrar. El grupo observó la escena y se percató de que no podrían entrar por allí, así que comenzaron a rodear el castillo en busca de algún otro acceso.

En la parte trasera, oculta en el bosque, había una pequeña puerta. Era muy estrecha y Salfumán dejó su cetro en la puerta mientras entraba. Pero en su interior aguardaba una sorpresa. La supuesta bruja quemada, estaba allí, en pie, ennegrecida, con la piel abrasada, pero hablando y maldiciendo. Les dijo que ni ella misma sabía bien como estaba viva. Que era cosa de la maldición, pero que no lo entendía bien y que sentía como si ardiese a cada instante. Necesitaba que completasen un ritual. Debían enterrar un moneda de oro y derramar una lágrima por ella. Lo primero parecía sencillo pero lo segundo... no la conocían y derramar una lágrima por una desconocida era complicado. Ella supo al instante el por qué de sus dudas y tomó a Ward por las mejillas y clavó en él sus ojos que se volvieron fuego. Ward gritó hasta donde podía con su mudez, pero su cara estaba desencajada por la visión.

Se apresuró a salir de allí, cavó un agujero poco profundo y enterró la moneda antes de derramar un torrente de lágrimas. Los demás lo observaban preocupados, Freya se arrodilló a su lado y le pasó la mano por los hombros. La que no prestaba atención era la bruja, que aprovechó la distracción para tratar de corromper el cetro del mago. Era un largo bastón negro con una esfera blanda en lo alto. Poco a poco, ella había invertido los colores, el cetro se tornaba blanco y surgían espinas de él mientras que la esfera se teñía como si derramasen tinta de pulpo en su interior, pero cuando casi había completado la tarea... una colleja la detuvo.

-Deja de hacer el tonto -dijo Salfumán.

Y la vara se revertió con rapidez a su color y forma original. War se levantó y volvió con la bruja quemada. Tomó su mano e intercambiando una mirada, ella comprendió que la tarea había sido completada. Sonrió a Ward y se deshizo en cenizas. Cuando éste abrió la mano, una hermosa y pulida gema escarlata reposaba en su mano.

Se disponían a volver, pero la mismísima reina Zayda penetraba en el castillo. Las puertas se doblaron y se derritieron ante ella. Su horda de muertos la siguió al interior y se desvanecieron en el castillo.

Victoria, su nana y Martín subieron la colina poco después. Ward les dio la gema y como recompensa, y con ayuda del hechicero Salfumán, la nana revirtió su mudez.

Al instante, Ward se volvió y agarró la mano de su mujer y le declaró lo mucho que la amaba y le aseguró que se esforzaría en ser mejor marido. Ella se mostró reacia al principio pero después, irrumpió en lágrimas y le abrazó asegurando que era un tonto desconfiado y que siempre le había querido. Lo del dinero sólo lo dijo porque se sentía poco apreciada y hablaba con Laguna porque sabía que le molestaba.

Todo ello mientras la gente del pueblo pasaba a su lado en dirección al castillo y los observaba como si fueran un par de locos con sus dramas.

La pareja no tardó en seguir a la multitud al interior, aunque temerosa de lo que podía pasar. Allí, nana comenzó a recitar un conjuro para proteger el pueblo pero el sacerdote la interrumpió. No podía tolerar tamaña blasfemia y comenzó a soltar improperios a todos, a maldecir a Zayda y a gritar a su hija. Pero fue la reina la que lo interrumpió esta vez. Con calma, se acercó a él, surgiendo de las sombras y, tras ella, su horda. El cura se acercó con la cruz en alto, recitando la Biblia y creyéndose protegido. Pero la cruz explotó en mil pedazos, clavándose varios en la frente del sacerdote y dejando uno de sus ojos ciegos. Gritaba de dolos cuando la reina llegó a su lado y le aferró su garganta. Sus gritos, hasta ahora de dolor, se tornaron en un aullido casi agónico y desesperado que duró un instante antes de que el sacerdote cayese fulminado. La nana comenzó a recitar de nuevo el hechizo de protección. La horda se acercaba a ella. Retrocedía paso a paso todo lo posible hasta que la pared le impidió escapar. La reina casi saboreaba la victoria, pero cuando las yemas de sus muertas manos rozaban la mejilla de la nana, esta completó el conjuro. Al instante, la reina y su horda se deshizo en polvo, como si nunca hubieran estado ahí, dejando sólo al sacerdote como mudo testigo de su paso. La Adrada estaba a salvo.

Algo sucedió mientras todo esto sucedía. La bruja y el hechicero desaparecieron mientras la batalla final acontecía. Sólo el hechicero volvió, afirmando que la había liberado por propia voluntad... ¿Sería el final de Zayda? ¿Qué seductor hechizo había utilizado la bruja? … el tiempo lo dirá.




Comentarios