2018-02-03 - Zumo de Naranja, Mi-go



Zumo de Naranja, Mi-go




















Una representante de WRG, pelirroja, melenuda y de sonrisa fácil, nos prometió que podríamos comer cuantas conchas de chocolate quisiésemos si ayudábamos a sus tropas durante la noche. No es que se pueda sobrevivir sólo con eso, pero al menos era una fuente de alimento y, tras meses de vagar hostigados día y noche por el hambre, era una promesa por la que valía la pena luchar.

Nos juntamos con otras muchas personas en la plaza de toros que, al igual que nosotros, habían padecido las penurias del Apocalipsis. En la espera, nos fuimos inquietando con la presencia de los soldados enmascarados y armados que tosían demasiado, estaban pálidos y con ojeras terribles. Una paso a mi lado llevando una máscara anti-gas que se volvía verdosa por su aliento, otros cojeaban y la mayoría parecían afectados por algo.

Las luces parpadearon y uno de ellos subió al escenario. Se le veía sudar copiosamente a pesar del intenso frío y, como sus compañeros, estaba demacrado y enfermizo.

-De veras que lo siento... lo sentimos. Pero no podemos protegeros más. Estamos sin recursos, munición, comida, electricidad... y nosotros estamos condenados, ¡escapad!¡huid del pueblo mientras podáis! -gritó antes de que un espasmo casi le partiera por la mitad. Un par de sus compañeros le ayudaron como pudieron a salir de allí mientras la gente comenzaba a murmurar y a mirar preocupada hacia la salida. Las luces comenzaron a extinguirse. La gente comenzó a gritar y a empujarse, pero una imponente voz detuvo sus dudas.

-¡Tranquilos! ¡Los Hijos de la Luz están aquí! -anunció a los vientos un fornido hombre de magnífico porte y masculino rostro mientras subía al escenario recobrando la luz a su paso. Portaba un medallón de oro que casi parecía brillar si se centraba la mirada en él.

-Soy el maestro de la hermandad, Alejandro Almaguer, y mis hermanos están colocando runas protectoras en el lugar, no os preocupéis.

La reputación de los Hijos de la Luz era buena, lo malo es que solían aparecer donde había grandes males, así que lo que transmitían de seguridad lo transmitían también de amenaza por el inminente peligro.

-Oscuras fuerzas están aquí presentes, en este pueblo, en esta noche. Vamos a luchar contra ellas pero necesitamos vuestra ayuda.

La mayoría hicieron oídos sordos y se apresuraron a escapar hacia sus casas para esconderse esperando que todo pasase. Unos pocos nos quedamos. Cada uno por sus propios motivos. En mi caso, tenía una deuda pendiente con los Hijos de la Luz, en especial, con un hombre que conocí años atrás.

-Os encontraréis con criaturas, zombis, a lo largo de la noche ¡No les matéis! Es muy importante, ya que vamos a realizar un conjuro que los exorcizará del mal que los posee pero si sus heridas son muy graves morirán. Ahora acercaos a mis compañeros y os dirán que hacer, ¡tu! -dijo mirándome fijamente- sí, tú, ven, para ti y tus amigos tengo una misión especial.

Se bajó del escenario y se acercó a mi y mis amigos.

-Necesito que vayáis a un parque cercano -explicó sacando un mapa del pueblo y entregándonoslo- y que me traigáis un trozo de madera, pero no madera cualquiera, unas varillas que se colocaban en un altar de bodas en el centro de dicho parque. Tienen propiedades especiales que necesitaremos para el final de la noche.

Quería hablar más con él pero uno de sus subordinados se le acercó y se alejaron para hablar. Pensé que ya tendría tiempo más adelante, ya que estaba bastante seguro de que mi suposición era correcta.

El parque, en efecto, no estaba muy lejos, pero uno de los soldados vagaba por el lugar y lo hacía de forma.... errática. Nos acercamos y se giró hacia nosotros con espuma en la boca y los ojos opacos, muertos. Mentiría si dijese que hice algo útil, porque mis compañeros se encargaron de todo el trabajo; se internaron en el lugar, esquivaron el zombi y tomaron un par de varillas de madera antes de que yo llegara siquiera a acercarme.

Volvimos con el maestre que nos puso una prueba complicada, una prueba de lealtad e inteligencia. Primero, debíamos poner nuestras vidas en sus manos, un acto de fe, por así decirlo. Nos colocamos todos de rodillas y luego, con los ojos vendados, escuchamos como sacaba a dos mujeres que, por algún extraño motivo, estaban esposadas la una a la otra, quizás por un juego o porque eran delincuentes.

-Toma esta daga y mata a uno de los presentes -dijo Alejandro Almaguer.

En ese momento sólo pensé en alejarme. No estaba seguro de que fueran a por mi pero no pensaba comprobarlo.

-Lo siento, a ti no te conozco -escuché, precediendo un grito de dolor.

.-¡Maldita sea! -escuché decir a Alejandro- ¡Suficiente, podéis quitaros las vendas!

Al descubrirnos, observé que todos, al igual que yo, nos habíamos alejado y contemplamos a un hombre sangrando en el suelo mientras era atendido por el Maestro de los Hijos de la Luz.

-¡Qué clase de persona mata sin dudar ni preguntar! -gritó furioso a la pareja esposada.

Sin duda, el origen de las esposas era de origen policial y aquellas mujeres eran perturbadas o algo peligroso vistos los hechos. Por fortuna, Alejandro poseía capacidades prodigiosas y pudo cerrar la herida sin ayuda aparente de instrumentos ni medicinas. Luego, se volvió furioso hacia el grupo.

-Habéis fracasado de forma estrepitosa. Estáis en compañía de gente muy violenta. Si no fuera menester detener el mal os entregaría a la autoridad del lugar, pero me temo que el destino del mundo es más importante. No obstante... -sacó otro puñal, pero éste con una hoja de cristal escarlata, que clavó en la frente de las dos mujeres y las marcó con una V.

-Así todos mis Hermanos estarán avisados de que sois una villanas de cuidado y que sois peligrosas. Ahora, necesito que me traigáis agua; dejadme el mapa que os dí antes, os indicaré la posición.



Nos despidió de mala manera, clavando su mirada en las dos locas que nos acompañaban. En la marcha, me separé del grupo, atraído por unos susurros. Llegué a un parque y observé a un no-muerto caminando sin ton ni son, pero los susurros me llamaban mas allá. Me acerqué al lago y observé el oscuro fluido. Contemplé la Luna reflejada en las aguas. No quería darle importancia pero cuando más miraba, más intranquilo me sentía y aún así, no podía apartar la mirada del resplandeciente espejo de la blanca flor celeste. Al principio, pensé que era producto de mi imaginación. Luego, que era fruto del viento en el líquido. Pero al final, no pude hallar explicación lógica. Unos tentáculos empezaros a oscurecer el reflejo. Alcé mi vista y observé que la Luna seguía inalterada pero al bajar la mirada de nuevo, vi que el mundo espejo se veía más y más atrapado en los oscuros tentáculos hasta desaparecer todo menos el contorno y entonces, un ojo de una maldad inenarrable se abrió en las aguas. Sentí un espasmo, un miedo cerval que provocó un brusco descenso de mi temperatura o al menos así lo sentí yo. Salté hacia atrás con todas mis fuerzas con la respiración ahogada en un vano intento de mantenerme consciente. Caí de espaldas y me arrastré, temiendo que en cualquier instante surgiera una criatura abominable presta a devorarme. Me arrastré hasta dar de espaldas con una pared y aguardé. No se si fueron unos segundos o minutos, pero para mi fueron años. Cuando pude recuperar el control de mi ser, tranquilizar mi respiración y mi pulso irregular, con cuidado me puse en pie. Sin atreverme a acercarme de nuevo, me alejé pegando la espalda contra la pared hasta el primer callejón por el que corrí cuanto pude.

Tropecé con mis compañeros en el ayuntamiento. Como no quería responder a preguntas entrometidas, me puse la capucha para que no se viera mi palidez cadavérica.

Una superviviente misteriosa y de pelo azul que se nos había unido me contó que, después de obtener sangre de un muerto, habían venido aquí y en el interior habían hallado a otro de los hijos de la luz, Unferth, un tipo recio pero justo. Les había pedido ayuda para obtener unos polvos especiales que custodiaba un muerto en el interior. Entonces su historia se volvió algo loca. Aún después de lo que acababa de ver, lo que me contaron iba más allá de lo plausible. Alienígenas, mundos oscuros, un ser llamado mi-go y su sangre. Debíamos llevarla con la hermana del hombre y realizar un ritual para comunicarnos con un espíritu. 



La cosa se volvía más absurda y disparatada por momentos pero no tenía ganas de discutir. Nos pusimos rumbo a donde nos había indicado para obtener los polvos que parecían ser la esencia del mi-go. Allí, varios zombis deambulaban por el lugar, que resultó estar próximo al lago en el que había observado tan terrible aparición. Traté de acercarme lo menos posible. Escuchamos chillidos en la distancia. Gritos y chillidos había teñido toda la noche pero aquellos... aquellos tenían una agudeza especial, casi como el grito de una banshee. Por suerte, se alejaban, pero dejaron en nosotros una huella de preocupación.

El lugar que nos habían indicado era un viejo almacén abandonado y había un zombi ciego en el interior. Nos adentramos con cuidado de no alterar a la criatura. Encontramos los polvos y casi habíamos escapado cuando un loco entró y al ver una lata de gasoil, no se le ocurrió nada mejor que lanzar contra el zombi la lata sin tapón y prender fuego al rastro que había dejado. Salimos de allí corriendo a tiempo de evitar la explosión que asoló el lugar. Contemplamos como el demente salía gritando sólo para morir ante la puerta consumido por las llamas.

Cabizbajos, continuamos el camino a donde se encontraba la hermana de Unferth. En el trayecto nos topamos con la banshee, que resultó ser una joven en la flor de la vida o, en vista de la situación, en la flor de la muerte, ya que al morir tan joven su carne se conservaría más tiempo.

Comenzó a acosarnos sin descanso. Cada poco daba breves carreras movida por el hambre y al ver que no alcanzaba a sus presas, nosotros, nos seguía caminado y gritando mientras dejaba un rastro de baba sanguinolenta. Nos acosó durante interminables minutos hasta que, hastiado y dolorido en todo mi ser, me separé de mi grupo. La criatura, atraída por la mayor cantidad de carne que ofrecían, les siguió mientras yo trataba de recuperarme. Di un enorme rodeo hasta la Iglesia y para mi funesta desgracia, me la encontré de nuevo justo saliendo de otro callejón. Había cinco pueblerinos delante mío que se largaron con rapidez doblando una esquina y se perdieron de vista. Pensé que iría a por ellos y comencé a subir en dirección contraria pero me equivoqué. Como atraída por mi dulce esencia o en busca de alguna venganza que pudiera albergar contra mí, me persiguió otro buen trecho. Conseguí que me perdiera el rastro tras envejecer varios años, aunque consiguió subirme el ánimo después de la visión de las aguas.

Di otro rodeo evitando en lo posible la iglesia para evitar toparme de nuevo con ella. Encontré a uno de mis compañeros, un atractivo gallego, esperándome ante los restos de un circo. Por lo visto, las criaturas habían sido liberadas, posiblemente por una naturalista insensata, habían devorado a los cuidadores y se habían marchado tras completar el justo castigo.

No le dedicamos mayor atención. La oscuridad era la única presa que podíamos permitirnos esta noche.

La hermana resultó ser una pequeña mujercita de rostro triste y voz apagada que custodiaba un edificio con su poderosa psique. Con la ayuda de unas velas, proyectaba su luz alejando a las criaturas del lugar. Unos cuantos nos quedamos vigilando y entreteniendo a los muertos para que la mujer pudiese dedicar la mayor parte de sus fuerzas al ritual que debía realizar. El resto de nuestros compañeros la acompañaron al interior a realizar dicho ritual, el cual revelaría donde se encontraba otro de los elementos que necesitábamos. 




Tardaron un buen rato, pero obtuvieron la ubicación, un antiguo centro de juventud abandonado. Atravesando el pueblo, además de los gritos constantes de vivos que pronto dejarían de serlo y de pasar por puertas reventadas con marcas de sangre como si decenas de zombis hubieran hecho presión para abrirla, sólo nos topamos con un zombi flacucho que parecía retorcerse de dolor con cada pisada. Fuera así o no, consiguió que nos separásemos y dividirnos hasta volver a encontrarnos en el centro juvenil. Allí, otro no-muerto con mono azul custodiaba con ferocidad la entrada. En vista de tan peligroso guardián, opté por colarme por entre los huecos de la valla que estaba en pésimo estado y me permitía pasar con comodidad.

En el interior, otra de las Hermanas de la Luz, Anel, aguardaba, protegida al igual que la anterior por un muro de luz producido por unas velas. Nos indicó que debía realizar una ceremonia sobre los presentes. A mi lado estaban tres compañeros y viejos conocidos, entre ellos, una dama que algunos llamaban “La Nueva Luz”, pues se decía que había vuelto a la vida tras haber muerto en Pina de Ebro. Anel comenzó la ceremonia, marcándonos con unos ungüentos en la frente y, como era de esperar fue La Nueva Luz la que resultó marcada. Estaba claro que su destino no era ser un mero mortal.

Anel recalcó la importancia de la dama. Suplicó a los presentes que la protegieran con su vida. Era menester que sobreviviera pero también advirtió que ahora que la marca había sido revelada, los zombis se verían más atraídos hacia ella. Después, nos dijo que debíamos ir a ver a otro de sus hermanos, Lore, que aguardaba nuestra llegada cerca del centro de la ciudad.

Salimos de allí cuando una zombi flacucha y de mirada turbia llegaba por la puerta y se sumaba al guardián. Escapamos hasta perder el aliento y sus gruñidos sólo para toparnos con el soldado no-muerto del parque, separándome una vez más de mis compañeros. Al poco, me reencontré con la Nueva Luz y sus compañeros a los que me uní mientras esperaba reencontrarme con los demás.

El lugar en el que se hallaba Lore era cálido y aguardé mientras la Nueva Luz y sus amigos cumplían su propio encargo con Lore. No tardaron en llegar y completamos nuestra tarea con sencillez. Sólo había que conseguir unos trozos de papel bendecidos. Estaban custodiados por uno de sus hermanos, un Hijo de la Luz que había resultado muerto mientras trataba de infiltrarse en el pueblo días antes.

De allí, nos mandó de nuevo con el Maestre. Este pareció complacido y nos nombró iniciados en los caminos de los Hijos de la Luz. Esta vez, me tomé un momento para hablar con él.

-Maestro, ¿me permitís un momento? -inquirí.

-Si, dime.

-¿Podéis repetirme vuestro nombre?

-Alejandro Almaguer.

-Interesante, no seréis hijo de Cristian Almaguer.

-No, no conocí a mi padre.

-Vaya, pues es curioso porque conocí hace muchos años a un Hijo de la Luz llamado así, que me contó que su joven hijo Alejandro Almaguer era su gran esperanza para la orden. Coincidimos en una noche terrible, perseguidos por los muertos y la Logia. En nuestra retirada, movido por algún extraño sentido del deber me interpuse entre él y un zombi. Resulté mordido en la pierna pero aun así aquel hombre se las apañó para sacarme de allí y curarme. No se que hizo pero me curó y, además, me agradeció mi gesto regalándome esta brújula -dije sacando mi preciada reliquia. Era una vieja brújula dorada de hermosa talla-. Nunca he conseguido que funcione, pero pienso que es hora de que vuelva a vuestra familia.

-Vaya, mi madre me habló de esta brújula. No es que no funcione, es que hay que saber usarla -dijo. En cuanto sus dedos tocaron la brújula esta cobró vida pero sus agujas no apuntaba al norte. El maestro sonrió y la guardó-. Muchas gracias, me será de gran ayuda en la lucha contra la oscuridad.

Vi que apartaba la mirada hacia un lado y se llevaba la mano al rostro. Era demasiado orgulloso como para permitirse mostrar debilidad.

Decidí darle tiempo para asimilarlo, hice una reverencia y partí con mis amigos en busca del elemento tierra. Una vez más, acabamos cerca del lago maldito. Allí, el zombi dolorido paseaba calle arriba y calle abajo aullando y persiguiendo a los que osaran cruzarse en su camino. Lo evitamos con ayuda de las sombras y fuimos a la Iglesia, como había indicado el Maestre a uno de mis compañeros, a realizar el ritual.

Debíamos volcar la tierra al tiempo que realizábamos un ritual ante las puertas. Según comenzamos, empecé a escuchar voces, el susurrar de lenguas extrañas, sombras que se movían por los ángulos y que olían mi carne y mi sangre. Sentía como me llamaban, pero cuando estaba próximo a sucumbir, mis compañeros completaron el ritual y tal como habían empezado, las voces se marcharon y el mundo pareció recuperar el sonido. Ni me había dado cuenta de que se había quedado mudo.

Volvimos al ayuntamiento y el hermano Unferth nos pidió ayuda para probar el ritual ahora que el portal estaba cerrado. Se había congregado una auténtica multitud allí y la mayoría se mostraban escépticos ante sus posibilidades de curación tentando su temple, pero consiguió mantener la sangre fría y acallarlos, completando el ritual y volviendo al zombi al mundo a los vivos, a ser una persona una vez más. Nos dijo que con ayuda de éste y otro ritual podríamos ir a preguntar a un viejo soldado donde ir para ayudar en la liberación del pueblo.

A la salida del ayuntamiento, un zombi, que parecía fuera de Sito allí, nos aguardaba, pero lo esquivamos con ayuda de unas escaleras y corrimos al lugar indicado.

En un parque nos topamos con un musculoso zombi y el del mono azul que se había escapado, quizás persiguiendo nuestro rastro. Sin preocuparnos por detalles, comenzamos primero el ritual para no ser detectados.

-Los dioses arquetípicos nos protegen, Hypnos ocúltanos de la oscuridad -repetimos a coro.

Nos acercamos sin parar de repetirlo y los zombis ni se inmutaron. Una vez a su lado, cambiamos de ritual y repetimos las palabras que nos había enseñado Unferth y los zombis cayeron de rodillas medio asfixiados y agonizantes.

-¿Qué debemos hacer, cómo podemos ayudaros? -dije posando mi mano sobre uno de ellos.

-Decir... cof, cof..... al maestre que los marcados serán la presa para completar su trampa. Ahora... correr, grhrhrhhr ghrrrrrrrrrr -fue cuanto pudo decir antes de retornar a su condición zombi. Sólo un maestro de la Luz puede realizar una conversión duradera.

Escapamos de ellos y volvimos raudos con el maestre.

El plan estaba trazado. Debíamos reunir a todos en la plaza de toros y atraer a los zombis. Una vez estuviesen allí, recitaríamos el conjuro que liberaría a todos de la posesión infernal que los dominaba. El maestro pidió a los marcados que hicieran un último sacrificio. Por lo visto, la Nueva Luz no era la única.

Los elegidos se situaron en el centro y los demás formaron una media luna de cara a la entrada. Los Hijos de la Luz liberaron los sellos de protección y las hordas entraron sedientas. Los valientes elegidos aguantaron los mordiscos de los zombis mientras completábamos el ritual. Sus gritos y los gruñidos de los zombis se fueron sustituyendo por una paz absoluta. Un columna de luz comenzó a surgir de las arenas de la plaza y se elevó hasta los confines del firmamento. Al desvanecerse, todos, tanto vivos como muertos, estaban curados y sanos. La Luz había triunfado una vez más.

-A todos vosotros, a todos los que deseéis seguir salvando vidas... bienvenidos a la orden de los hijos de la luz -dijo Alejandro extendiendo las manos.



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