2018-02-17 - Menudo filetazo

MENUDO FILETAZO








Humanistas... Se suponía que venían a ayudarnos... Llegan tarde.

El pueblo se había reunido en la plaza para festejar su llegada. Su lucha activa contra el virus zombi se había vuelto popular. Aunque con frecuencia se veían limitados a trabajar bajo otras pesquisas, ya que WRG trataba de usar el virus más que eliminarlo. Aun así, ellos aprovechan siempre para aprender del virus, al igual que aprovechan los avanzados equipos de WRG que de otra forma serían inaccesibles.

Los recientes brotes próximos al pueblo habían llamado su atención y, como era lógico, las buenas gentes se alegraban de que alguien mostrase interés en ayudarles. Los murmullos de preocupación no tardaron en aparecer cuando, a la hora prevista, nadie acudió a la presentación. La noche no ayudaba a aliviar sus temores.

Viendo que aumentaba la inquietud general, una joven subió al escenario. De un espíritu tan dorado como su melena, calmó a los presentes contando su vida. Cómo había llegado al pueblo atraída por los humanistas, cómo había sufrido igual que todos los presentes, cómo se había separado del amor de su vida y cómo trabajando juntos representaban la salvación de la humanidad. Aprovechando que tenía la atención de los presentes, se permitió un momento de debilidad para describir a su pareja por si, gracias a algún increíble milagro, alguien la hubiese visto. Pero cuando a penas había dado una vaga descripción, una horda irrumpió en la plaza. Los encabezaba una banshee, una zombi con un grito tan agudo y potente que resonaba por todos los rincones del pueblo.

La multitud huyó aterrada.

Adam escapó en dirección norte y se topó con una de los Humanistas en el lavadero. Tenía una larga bata blanca pero estaba sucia y algo ajada. Se acercó a preguntar si necesitaba ayuda.

-Venía hacia Cirat con mis compañeros y tuvimos un accidente -dijo mientras se crujía el cuello-. Nos topamos con una horda y volcamos. La conductora murió y la tuvimos que abandonar. Luego, escapando de una banshee, nos dispersamos y no sé donde andan mis compañeros.

-¿Puedo ayudar? -se ofreció Adam.

-Pues ya que lo dices, todas mis fórmulas están esparcidas por el lugar. Se me rompió el maletín en el accidente y lo tuve que traer hasta aquí agarrando los laterales. Todo ello para llegar al lavadero y tropezar con un zombi que hizo que se esparcieran por el lugar todos mis documentos. La mayoría de las fórmulas apuntadas en ellos las sé de memoria pero necesito la fórmula de la propilpiperidina. ¡Ah!, y cuidado con que el zombi te vea; parece que los demás sentidos los tiene ofuscados pero la vista la tiene perfecta.

Adam aprovechó lo mejor que pudo la pequeña ventaja. El lavadero era estrecho, con un depósito de aguas lechosas en el centro. No se veía al zombi por ninguna parte, así que se apresuró a internarse y buscar entre todos los papeles esparcidos por el suelo. Mientras buscaba, no se percató de que unas burbujas surgían al final del depósito. Se acercaba a ellas, más centrado en las hojas con fórmulas y en posibles ruidos de pisadas que en un burbujear. Casi había llegado a la parte posterior cuando las burbujas cesaron al tiempo que Adam alzaba la vista. Dudó un instante y miró a su alrededor, sintiendo que algo no marchaba bien. La luz de Luna era la justa para distinguir las hojas del suelo. Adam encontró una que parecía ser la que buscaba; para asegurarse, sacó una pequeña linterna que llevaba en el bolsillo y alumbró el documento. Propilpiperidina. Había dando con ella. Pero al instante, el interior del depósito estalló. Un zombi cubierto de espumoso líquido blanco surgió de las aguas directo hacia Adam. La criatura cayó al suelo para salir del depósito y Adam se arrinconó contra una pared impactado por la súbita aparición. La criatura avanzó por el suelo, arrastrándose por las baldosas, deslizándose como podía sobre ellas en dirección a Adam. Viéndose atrapado, Adam recurrió al valor que surge ante la inminente muerte y con la fuerza que proporciona el miedo, dio un salto por encima del zombi. Cayó al otro lado y resbaló hasta golpearse con la pared, pero con la adrenalina del momento ni lo sintió, con lo que salió corriendo dejando al zombi confuso por el suelo.

Llegó corriendo hasta la doctora y sólo entonces se tomó un instante para respirar.

-¿Lo tienes? -preguntó ella.

Adam se quedó paralizado un instante, luego vio que en su mano aún sostenía una hoja y la tensó para leer "Propilpiperidina". Volvió a respirar.

-Sí, sí que la tengo -dijo ofreciendo el papel a la doctora.

-Perfecto, es lo que necesitaba. Escucha, se que me has ayudado mucho, pero acabo de oír gritar a uno de mis compañeros. Yo no tengo muchas dotes de superviviente, ¿podrías ir a investigar y a ayudarle? Sé que es mucho pedir, pero cuantos más seamos más posibilidades tendremos de resolver el brote.

-Sí, lo entiendo, lo que sea por ayudar. Estoy acostumbrado, tranquila.

-Mil gracias. Creo que ha sido subiendo de nuevo al pueblo.

-Lo investigaré, suerte.

Adam trepó por una rampa y luego varias escaleras hasta lo alto de la colina. Una figura le llamó la atención cerca de un parque infantil. Era una mujer, joven, de pelo largo y despeinado. Vestía de negro y al acercarse se hizo patente que no era muy cordial. Miraba a Adam como si dudase entre matarlo o comerlo. No obstante, no hizo nada y le indicó con un gesto que se acercase. Adam no estaba muy seguro que querer aproximarse, pero quizás tuviese información. Le invitó a entrar en el parque y, una vez más, Adam se puso tenso cuando cerró tras él. Ella le ignoró y comenzó a hablar. También había venido atraída por la noticia de los Humanistas. Se puso a divagar mientras paseaba entre los columpios y Adam la siguió. Llevaba varios años vagando, buscando la muerte, si uno leía entre lineas, desde que perdió a su pareja.

De improviso, un zombi surgió desde las sombras de los columpios y se abalanzó sobre la mujer. Adam la dio por muerta pero para su sorpresa, al segundo el zombi volaba por encima de la cabeza de la mujer en una hábil llave que lo estampó contra un tobogán. Mientras se deslizaba por él, la mujer alzó la rodilla e introdujo su mano en la bota, sacando un enorme cuchillo de trinchar.

-Por cierto, soy Inés -dijo recalcando su nombre al atravesar el cerebro del zombi y el tobogán metálico.

Adam se quedó inmóvil, procesando todo, además de asustado.

-Típico -dijo ella mirando con cierto desprecio a Adam-. Estoy tan cansada de esas estúpidas miradas. Ojalá siguiera conmigo Marta...

-¿Tú también? -preguntó Adam tratando de darle conversación, temiendo el silencio.

-¿También yo? -interrogó ella sin interés, mirándole de soslayo.

-Es que, curiosamente, una chica rubia también mencionó esta misma noche que había perdido a su pareja. Supongo que es normal hoy en día pero ...

-¡¿Has dicho rubia?! -le interrumpió.

-Eh, ¿sí?

-¡Qué más, ¿cómo era?

-Pues... rubia, de tu altura, pelo largo, jovial, valiente, delgada... no sé, tampoco puedo decirte mucho más.

-¿Podría ser? -murmuró para si.

-¿Todo bien? -preguntó Adam preocupado, más por su vida que por ella.

-Si la ves, dila que se reúna conmigo en la plaza a las 23:00. ¿Entendido?

-Claro, claro... entonces.... ¿puedo irme?

-Sí, largo. Búscala. Se siente tranquila cerda del agua, prueba en la piscina. Yo miraré por aquí.

Adam se marchó de allí aliviado de por fin librarse de tremenda loca. Se puso en camino a la piscina más por alejarse de ella que por hacerle el favor. Pero de camino se topó con la banshee y su pequeña horda. Adam comenzó a correr, aterrado por el grito que rebotaba por las paredes y se perdía en todas direcciones siendo lo peor el que había rugidos que respondían al suyo. Adam trató de apartar la imagen de más zombis cerrando su paso mientras escapaba de los que le seguían. No paró ni miró atrás hasta llegar a la piscina. Cuando llegó, buscó un arbusto y se tiró detrás tratando de recuperarse. Se quedó allí tirado medio inconsciente hasta que notó que algo se le clavaba. Abrió los ojos y una figura blanca estaba sobre él con algo que le pinchaba. Lo apartó de un manotazo y la figura saltó hacia un lado. Adam se incorporó, aún aturdido, y trato de enfocar su vista.

Poco a poco, la imagen se transformó en un hombre con bata blanca y lo más importante, vivo. Aún sostenía en la mano una rama con la que le había pinchado.

-¿Quién eres? -preguntó Adam con el corazón aún palpitando frenético.

-Venía hacia Cirat con mis compañeros y tuvimos un accidente -dijo mientras se crujía el cuello-. Nos topamos con una horda y volcamos. La conductora murió y la tuvimos que abandonar. Luego, escapando de una banshee, nos dispersamos y no sé donde andan mis compañeros.

-Sí, lo sé. He visto a una de tus compañeras.

-¿Están bien?

-Al menos ella sí... la última vez que la vi. ¿Por casualidad has visto una mujer rubia por aquí?

-¿Una mujer rubia? No, sólo he visto un zombi atrapado dentro del recinto de las piscinas y parece ser extraordinariamente agresivo. De hecho, estaba intentando obtener una muestra de sangre cuando te vi caer tras el arbusto.

-Estaba descansando, me perseguía una horda.

-¡No los habrás traído aquí!

-No, no… no creo, hace rato que no les escucho.

-Eso espero. Oye, me sabe mal porque veo que ya has tenido lo tuyo corriendo pero tengo el tobillo torcido y no puedo acercarme. ¿Podrías obtener una muestra de sangre del zombi del interior? Puede que así aclare que ocurre.

-¿Sólo un poco de sangre?

-Con unas gotas en uno de estos bastoncillos -dijo ofreciéndole una caja repleta- es más que suficiente.

-Está bien, pero vigile no sea que aparezcan y me los encuentre cuando salga.

Adam se internó en el recinto. Se escuchaba el chocar de la cadena y unos jadeos agresivos, furiosos incluso, lo cual era extraño, ya que los zombis carecen de emociones. Las sombras de los árboles se extendían siniestras sobre la piscina. Adam se acercaba paso a paso, lento y sigiloso, hasta que captó un movimiento ante él. Pero ese algo le captó a él también. Sus ojos brillaban como ascuas rojas y al fijarse en Adam... se incendiaron. Cargó como un toro, balbuceando y agitado las cadenas. Su furia era tal que una de las serpientes de hierro se enroscó alrededor de una de las escaleras de la piscina y, en lugar de detenerse, se arrancó el brazo de cuajo y continuó su carrera sin inmutarse. Viendo la bestia que se lanzaba sobre él, Adam comenzó a correr bordeando la piscina. La criatura le persiguió en linea recta con lo que cayó de cabeza a las frías aguas. Éstas se volvieron opacas con las sustancias que emanaban de la criatura. Adam pensó que, antes de acercarse a la criatura y sacar una muestra directa, miraría por las proximidades. No fue complicado encontrar restos en el brazo abandonado. Tomó sangre con varios bastoncillos para estar seguro y volvió con el científico que aguardaba en su arbusto.

-¡Lo conseguiste! -exclamó sorprendido.

-¡Claro!, y no tendrás que preocuparte por la bestia, ha caído a la piscina. ¿Con esto será suficiente? -dijo Adam ofreciendo los bastoncillos.

-Será perfecto. Muchas gracias.

-¡Por cierto!

-Dime.

-No habrás visto a una mujer, rubia, de estatura normal, alegre... la estoy buscando.

-¿Es tu novia? Me lo has preguntado antes.

-No, pero me ha mandado a buscarla su novia... o algo así... estoy un poco mareado ¿seguro que no la has visto?

-Pues creo que vi un destello dorado en dirección hacia allá -explicó apuntando hacia el este.

-Bien, probaré suerte. Tenga cuidado.

Adam se encaminó hacia el interior del pueblo pero el terrorífico grito de la banshee le hizo plantearse dar un rodeo por calles más alejadas. Le tomó más tiempo pero llegó al otro lado del pueblo donde una joven se escondía en un oscuro rincón. Su camuflaje dejaba que desear por que su dorada melena se veía con claridad al reflejar la luz de los astros.

Estaba en una rampa y se encontraba por encima de Adam al que se acercó nada más verle. Adam estaba en un plano inferior, separados por barrotes junto a los cuales ella se acurrucó.

-Hola -dijo Adam.

-Hola, soy Marta. Por favor, ¿puedes ayudarme? -musitó ella. Era un ruego que ningún ser humano podría ignorar.

-Por supuesto. Soy Adam por cierto. Y antes hay algo que debo preguntarte. ¿Conoces a una tal Inés?

-Qué... cómo...

-Está aquí, y te está buscando. Me ha pedido que...

-¿Aquí? -le interrumpió- ¿Está bien? ¿Está herida? ¿Le ha crecido el pelo? ¿Llegó a ser actriz?

-Espera, espera. Sí, la última vez que la vi estaba bien y de hecho, me ha pedido que te busque y que te diga que te espera en la plaza del pueblo a las 23:00.

-Oh, gracias, gracias, gracias. Mil gracias.

Se puso a hablar de ella sin parar, ignorando las hordas de zombis en las proximidades. Hablaba de cómo se habían conocido, cómo se habían enamorado, cómo había animado a Inés a perseguir su sueño de interpretación y un largo etc. El instinto le gritaba que saliera por patas pero el cuerpo de Adam se negaba a moverse. El amor, la ilusión que emanaba de ella, el brillo de sus ojos portando tal ternura, tal felicidad que alegraba incluso sin conocer su historia, su sonrisa brillante, inocente y sincera. Se negaba a ser él quien rompiera aquel momento de magia.

-No es nada -consiguió balbucear tras un rato-. Debo dejarte un momento, los Humanistas...

-He visto a un científico no muy lejos. Parecía aturdido y le seguía un zombi con una bata igual a la suya.

-Le seguía un zombi... voy a ver si puedo ayudarle.

-¿Estás seguro? Será peligroso.

-Todo es peligroso en estos tiempo pero hay que seguir luchando. Quédate aquí y espera a la hora. Es arriesgado que andes rondando por el pueblo. ¿Estarás bien?

-Estaré bien, muchas gracias. Por todo.

Adam se marchó en la dirección que le indicó y no tardó en encontrarlo. Se escondía en la sombra de un coche y parecía fatigado. Se acercó con cautela, temiendo al mencionado zombi. No estaba seguro de si el que veía era el vivo o el muerto.

-¿Hola? -preguntó cuando estuvo a una prudente distancia.

-Hola -respondió en voz baja al tiempo que hacía indicaciones a Adam para que se acercase.

-Buenas, ¿estás bien?

-Venía hacia Cirat con mis compañeros y tuvimos un accidente -dijo mientras se crujía el cuello-. Nos topamos con una horda y volcamos. La conductora murió y la tuvimos que abandonar. Luego, escapando de una banshee, nos dispersamos y no sé donde andan mis compañeros.

Adam se quedó confundido. Era lo mismo que habían dicho los otros científicos, con las mismas palabras, los mismos gestos. Pero no tenía tiempo para pensar sobre ello, ahora no.

-Y qué hace aquí doctor, tan apartado...

-Profesor en realidad. Bueno, veras... nuestra compañera, la conductora murió en el accidente y llevaba nuestras identificaciones. Está rondando por esta zona. Necesito una de ellas, una de las identificaciones que lleva en el bolsillo.

Justo en ese instante, se acercó un grupo de varias personas. Adam se quedó al margen y observó que repetía la historia exactamente igual una vez más. No estaba seguro de qué significaba, pero no podía ser nada bueno. El caso es que, con ayuda del grupo, localizaron el zombi. Era una zombi joven, bajita, con media cara aplastada, ojos lechosos y de larga pelambrera. Llevaba la bata de doctora que había descrito el profesor. Entre todos la distrajeron hasta que uno del otro grupo sacó la identificación y se marcharon a tiempo de ver a la banshee unirse a la zombi. Era como si los gemidos de la doctora la hubieran atraído, casi como si se comunicasen.

Le llevaron la identificación al profesor que cuando la tuvo en sus manos, se quedó un instante en silencio. Luego, tomó aire y les miró con ojos húmedos.

-Me temo... que os he mentido.

Hubo un leve cuchicheo entre los supervivientes que le rodeaban.

-Sí, os he mentido. En realidad, no necesitaba esta tarjeta.

-Entonces porqué... -comenzó a quejarse un hombre.

-¡Por la foto! -atajó el profesor- Es la única que tengo. Yo... la amaba. Siempre la amé. Entré en la universidad para estar con ella, la seguí por medio país cuando comenzó el Apocalipsis, entré en los Humanistas por ella, tuve años para decírselo y ahora que no está, mi vida no tiene sentido.

El grupo se tranquilizó. Una amable joven de pelo rubio corto fue la primera que se acercó a abrazarlo. Ninguno fue capaz de proferir ninguna otra queja.

-Lo peor... es que fui demasiado cobarde y nunca se lo dije. Ahora es tarde. Demasiado tarde -dijo suspirando mientras miraba y acariciaba la tarjeta con la foto de su amada.

-Sé que es mucho pedir, pero me gustaría hacerle un último regalo. He visto algunas flores de cerezo no muy lejos, colina arriba. Os agradecería infinitamente que me trajerais una, mi último tributo para ella.

No pudieron negarse. Subieron colina arriba y cada uno volvió con distintas ofrendas. Hierbas aromáticas, flores, hojas con historia mitológica. Cada uno trajo lo mejor que pudo encontrar.

El profesor se frotó los ojos emocionado por tanta ayuda. Cuando le llevaron todo, un par de tipos que parecían disfrutar, más que sufrir, el Apocalipsis aparecieron desde las sombras del campo.

El profesor agradeció toda la ayuda prestada y despidió a los supervivientes aunque Adam quiso quedarse un poco más. Viendo que aún deseábamos ayudar, hizo un nuevo ruego. Tomando todas las flores, preguntó si alguien se atrevía a introducirlas en el bolsillo de su amada, para que sus sentimientos la acompañasen donde quiera que fuese. Los dos nuevos dieron un paso al frente sin dudar. Aun con la banshee y su horda rondando alrededor de la doctora, se las apañaron para acercarse, meter las flores y volver sin un rasguño. Adam no pudo menos que observar asombrado.

Les dejó cuando volvían victoriosos y el profesor les pedía que informasen a sus compañeros de que se disponía a crear un compuesto paralizante.

Adam se marchó a la plaza del pueblo. Quería asegurarse de que las dos enamoradas se encontraban.

Llegó justo a tiempo. Desde los extremos de la plaza, ambas se vieron a la distancia. Corrieron la una hacia la otra y se abrazaron apasionadamente, cayendo al suelo mientras lloraban y se besaban hasta estar faltas de aliento. Se separaron lo justo para mirarse a los ojos y reconocer la una el rostro de la otra después de tantos años. Varios supervivientes más llegaron a la escena y se quedaron mirando, sonriendo, entendiendo todo con tan sólo ver la ternura que se profesaban.

Inés fue la primera en reaccionar. Cogió a Marta y trató de tirar de ella.

-¡Vamos! ¡Este pueblo está infestado!

-´No podemos, tenemos que ayudar a los Humanistas -respondió Marta.

-Ahora que has vuelto a mi lado... pensaba que nunca más... no puedo volver a perderte.

-No me perderás, juntas podemos ayudar. No podemos estar huyendo siempre. Los Humanistas pueden encontrar la cura. Debemos ayudarlos, para poder volver a vivir en el mundo que conocimos.

-Juntas...

Pero tan absortos estaban todos ante tan conmovedora escena que no se percataron de que la propia banshee corría hacia ellas. La horda irrumpió en la plaza y lo último que Adam vio fue como Inés y Marta eran separadas de nuevo al interponerse los no-muertos entre ellas.

Adam evadió a la horda tras correr hasta llegar a una Ermita.

Se encontró con el doctor de la piscina dando una paliza de mucho asiento a un zombi, le daba con una silla para entendernos. Cuando Adam se acercó, el zombi era una plasta informe.

-Era muy violento -se disculpó el doctor.

-Ya veo ya ... -dijo Adam manteniendo las distancias.

Adam no se detuvo, le echó un último vistazo preocupado y dio un rodeo para volver a la plaza. El lugar era una masacre. Los restos de varias personas yacían medio devorados y alguno incluso se movía pero carecía de la mayoría de los músculos necesarios para desplazarse. Una figura dorada llamó su atención. Marta estaba en la puerta del ayuntamiento, desvalida, cansada. Adam se acercó con rapidez. Se percató de que le sangraba el costado.

-¿Estás bien?

-Sí, sí... uys, duele un poquito. Me metí aquí cuando los zombis irrumpieron en la plaza. Me atrapó un zombi que está en lo alto de este edificio. Era raro y encontré notas del profesor Cebrián que hablaban de él. Decía que era una mutación y otras cosas que no entendí. Seguro que no es nada y él puede ayudarme. ¿Puedes ir a buscarle? no se donde ha ido y me siento un poco débil. ¡Ah! y dile que la muestra se volvió verde, que leí su último apunte y tuvo que escapar antes de poder ver el resultado.

-Por supuesto, tu descansa -dijo Adam.

-Pero no te arriesgues mucho por mí. Y si puedes, ayuda a Inés.

-Es a ti a la que han mordido.

-Mientras ella esté bien, no me importa.

Adam no supo que más decir y se alejó con el corazón oprimido por un mal presentimiento.

Encontró al profesor no muy lejos y cuando le contó lo que le había sucedido a Marta, su cara se tornó pálida.

-En efecto, dejé a ese zombi en el ayuntamiento para que no vagase por el pueblo. Pero... por Dios, por qué tenía que ser verde...

-¿Qué pasa, profesor?

-Esa cepa del virus... la matará en 3 horas. Y sera una muerte lenta, dolorosa y definitiva.

Adam se quedó sin palabras. No podía imaginar nada más terrible en ese momento. Casi era una traición, un juego del destino. Imaginar aquel pozo de alegría, aquella criatura inocente presa de la tortura del dolor y de la muerte era... demasiado. Adam casi se había convencido de que, llegado este punto del Apocalipsis, no le importaba la muerte de nadie, pero se equivocaba. Tuvo que sentarse tratando de asimilar la idea.

-Hablé con esa dulce niña cuando llegó al pueblo y juré protegerla. He fallado rápida y estrepitosamente -murmuró el profesor para si mismo.

-¡Debo decírselo a Inés! -exclamó Adam con fiereza- Nadie les negará un último momento.

Sin esperar a que el profesor reaccionara, volvió con Marta a todo correr para sacarla de allí y llevarla a cuestas si era necesario hasta encontrar a Inés. Pero su iniciativa se interrumpió al ver la puerta del ayuntamiento inundada de zombis. Golpeaban y luchaban atraídos quizás por un ruído, quizás por el olor de Marta. Adam trató de retroceder pero se vio rodeado por todas las calles. La puerta de la torre de piedra situada ante el ayuntamiento estaba abierta y se lanzó a ella, cerrando tras de si antes de respirar. No tuvo tiempo de una segunda bocanada pues una pisada le puso en alerta.

-!¿Quién es?¡ -chilló Adam con voz desesperada.

Deslizándose sobre las sombras, una pequeña pero voraz figura se acercó a él. Adam se pegó cuanto pudo a la puerta y cuando sintió su aliento, la luz iluminó el rostro de Inés.

-¡Jesús, eres tu!. Casi me matas del susto -maldijo Adam.

-Chsss -dijo colocando su índice sobre sus labios y señalando la puerta a su espalda.

Adam comprendió y se acercó a ella.

-Tengo una mala noticia.

-No importa. He encontrado a Marta. Podemos con lo que sea -respondió con esperanza, algo que en su primer encuentro no había mostrado.

Adam se quedó mudo. Le dolía el alma por lo que tenía que decir, por aplastar un tierno brote que surgía tras un incendio.

-Es sobre Marta... la han mordido.

-¿¡COMO!? -gritó Inés.

La puerta posterior cayó y una sombra borrosa surgió caminando hacia ellos.

Sin encararse a la amenaza, Inés agarró la pantalla del ordenador que tenía a su lado y la estampó contra la criatura. Acto seguido, se colocó sobre ella a horcajadas y comenzó a apuñalarla una y otra vez. Adam no lo distinguía bien en la oscuridad pero escuchaba el cuchillo penetrando en la carne una y otra vez, con sonidos viscosos y repugnantes. Pero más aterrador fue cuando paró. El silencio que inundó la habitación. Sentía la mirada de Inés clavada en él.

-El otro doctor, profesor o lo que sea, me dijo que su compañero, Valcarce, tenía un agente paralizante. Quizás pueda detener la propagación -recordó Inés.

-No creo....

-¡Hay que intentarlo!

-Vale, vale... pero hay una horda en la plaza, no podemos salir -señaló Adam esperando que se relajara.

-Yo me ocupo de la horda.

Inés se aproximó a él, pasó su esbelta figura sobre Adam dejando caer un par de gotas de algo oscuro sobre éste, abrió la puerta y se lanzó a la plaza. Adam se tomó un momento para tratar de recuperar la compostura. Se pasó la mano por la cara y le llegó el inequívoco olor a sangre. Se levantó y se asomó a la plaza.

Allí, bajo la luz de la luna, vio una fiera. Se movía con extraordinaria agilidad entre los zombis mientras los laceraba, cortaba, degollaba y destripaba. Las criaturas no tenían los reflejos necesarios para reaccionar. Bailaba a su alrededor. Cuando hubo aniquilado suficientes, Adam salió a toda prisa hacia el lugar en el que había visto al profesor.

Llegó y se desesperó. No había nadie. Se puso a mirar por la plaza hasta que reparó en un leve rastro de sangre fresca que se dirigía al cementerio.

El camino era pavorosamente oscuro. Los sonidos de las ramas crujiendo y algún animal nocturno crispaba los nervios a Adam mientras se preguntaba si no se estaría metiendo en la boca del lobo.

Se acercó con sigilo a la entrada abierta del cementerio y se encontró con el profesor de frente, en lo alto de la colina, con la bata ondeando al viento y sus fornidos hombros mirando fijo al intruso.

-¡Qué quieres! -espetó a Adam.

-Necesito tu ayuda...

-No me interesa. Sólo me preocupa Sara. Mi amor, mi corazón, mi cielo.... -mientras lo decía, su coraza se deshacía y sus hombros caían derrotados.

-Por favor. No es por mí, es para una pareja que ha sido mordida. Ellas también se aman, igual que tu la amas a ella.

-Está bien, está bien. Ella no me perdonaría, sé que la haría feliz ayudar. Pero también necesitaré tu ayuda. Ella está ahí abajo. Necesito que la distraigas mientras consigo el compuesto que he creado. He tenido que dejarlo con mis cosas cuando se me echó encima.

-Por supuesto.

Bajaron la pendiente hasta una zona completamente oscura. Había una fuente y un par de bancos alumbrados débilmente por la Luna. Adam distinguió la bata blanca y gritó para atraer a Sara, o el zombi de Sara, mientras el profesor Valcarce corría al banco a por su compuesto. Cuando lo tuvo, se giró hacia el zombi y se puso a hablar en voz alta.

-¡Cariño! ¡Cielo! Ven aquí -dijo llamándola con dulzura.

Adam se mezcló entre los árboles y la criatura se volvió hacia el profesor. Paso a paso se acercó a él mientras este la esperaba sonriendo y con los brazos abierto. Cuando casi la tenía encima, la pulverizó con un líquido de azul brillante. Sara trastabilló y él se apresuró a sostenerla con extremada delicadeza, depositando su cuerpo en el suelo donde la envolvió con su abrazo. Adam se tomó un momento para asegurarse de que no era peligroso y se acercó.

Se percató de que la zombi no estaba muerta más bien se podría decir que dormitaba, como si estuviese soñando en los brazos del profesor que la acunaba para que no se hiciera daño ni se manchara con el suelo.

-El compuesto funciona -confirmó el profesor-. Tómalo y llévalo a donde es necesario.

-¿Y usted?

-Yo estoy bien aquí, tengo todo lo que quería en mis brazos. No me voy a ninguna parte.

Adam se alejó mientras el doctor acariciaba el pelo del zombi en una estampa que combinaba demasiadas emociones. Demasiadas lecciones.

Y él era demasiado orgulloso, demasiado para permitir que sus sentimientos afloraran al exterior. Toda su vida los había contenido como la presa al río. Siempre que había permitido que el cauce subiera, acababa en desastre. El dolor no era lo peor, lo era el sentimiento de traición que le acosaba. La misma muerte le había engañado para que ya nunca pudiera confesarse. Sólo podía observarla, observar su cuerpo inanimado y movido por los hilos de un hambre insaciable mientras él sentía que una opresión voraz le extraía la vida, dejando un sentimiento de frío, vacío y pena.



Adam volvió a la torre donde se encontraba Inés, portando el compuesto del profesor, pero de camino, la banshee en persona saltó sobre él sin que pudiera ver de donde surgía. En la lucha, el recipiente saltó del bolsillo de Adam y estalló, salpicando alguna gota a la criatura y permitiendo que Adam escapase mientras dormitaba, aunque lamentando la terrible pérdida.

La entrar, comprobó que Inés tenía invitados. Un grupo de jóvenes se habían colado y reían, alegres de estar a salvo.

-Lo siento Inés, he fracasado. No hay nada que podamos hacer por Marta -dijo Adam ignorando su presencia.

-Bueno, después del filetazo que os habéis dado no pasa nada -vociferó uno de los chavales mostrando poco tacto y ninguna sensatez.

Inés le lanzó el cuchillo y se clavó en el suelo, justo entre sus piernas, a apenas un par de centímetros de sus pelotas. El joven se pegó contra la pared y se quedó mudo mientras Inés meditaba.

-¿Donde está Marta?

-En el ayuntamiento -respondió Adam.

Inés recuperó su cuchillo y salió rauda pero se paró en seco cuando se encontró a Marta en pleno centro de la plaza con dos de los Humanistas.

-Amor mío -dijo Marta corriendo hacia ella con los brazos abiertos.

Pero Inés permaneció rígida y Marta detuvo su marcha.

-¿Qué te pasa? -preguntó Marta confusa.

-Lo sé todo, te han mordido y no hay remedio -dijo con dificultad-. Morirás sufriendo terribles dolores, retorciéndote... No puedo verlo, no puedo perderte otra vez...

Marta se acercó, con paso sereno y sin dejar de sonreír, tomó el cuchillo, puso su mano en el mentón de Inés y la obligó a mirarla a los ojos.

-Siempre te amaré -susurró antes de unir sus labios en una canción.

Cuando el último acorde hubo vibrado en sus bocas, se alejó y, sin dejar de sonreír a Inés, se clavó el cuchillo en el pecho. Inés se lanzó para detenerla pero llegó sólo a abrazarla mientras la vida escapaba de ella. Al instante se desmoronó y comenzó a llorar de forma incontrolable mientras gritaba por el dolor. Los Humanistas se apresuraron a llevársela de allí al escuchar el aullido de la banshee que volvía a estar despierta y hambrienta.

Adam se quedó un instante, oculto en un rincón. Cebrián surgió al poco, paseando como si el pueblo fuera suyo y se acercó al cuerpo sin vida de Marta. Adam se escondió lo mejor que pudo pero sin dejar de mirar.

-Maldita estúpida, tenías que haber aguantado. Necesitaba ver como era afectado un humano vivo -dijo mientras la pateaba.

Se llevó la mano a la cabeza y por ello, no se percató de que Marta abría los ojos. Se acariciaba la frente frustrado cuando la mano de la no-muerta agarró su pierna. Rápida y sigilosa, se lanzó hacia él y le mordió.

-¡Aaaaahhhh! ¡Maldita zorra, te mataré! -gritó furioso.

Pero antes de que pudiese completar su amenaza, la banshee se lanzó sobre él y tras ella, muchos más, hundiendo al doctor en un mar de cuerpos no-muertos que ahogaban sus gritos.

Adam se escondió aterrado en el baño de un bar cercano y no se atrevió a salir hasta que el sol se deslizó bajo la puerta.

Cuando se asomó de nuevo a la plaza, no quedaba nada, solo restos por doquier. Sin saber que hacer, fue al aparcamiento más cercano esperando encontrar algún transporte que aún funcionare. Encontró a Valcarce en un coche a punto de marcharse. En los asientos traseros, Sara reposaba dormida como una niña mientras babeaba sangre como una bestia.

-Profesor, que alivio ver que sigue vivo.

-Lo mismo digo joven.

-¿A donde va?

-A las montañas, lejos de los asentamientos humanos. Allí seguiré investigando como curar el virus. Quizás algún día consiga recuperar su alma. Hasta entonces, sólo yo estaré en peligro.

Se montó en el coche y bajó la ventanilla.

-Busca el amor muchacho, nunca sabes donde puede surgir ni cuando te lo pueden arrebatar. Sólo lucha por él y no te arrepentirás de nada. Buena suerte.

-Buena suerte, profesor. Espero volver a verle.

-Seguro que me verás, seguro que me verás...



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