2018-02-24 - ¿Eso que se escucha es una motosierra?




Llamadme Alicia. He sobrevivido sola al Apocalipsis durante muchos años. Mi familia murió ante mis ojos al comienzo de toda esta locura y mis conocidos o amigos se evaporaron como gotas de agua en el desierto. No he vuelto a confiar en nadie. He visto las consecuencias. Muerte, robo, canibalismo y toda clase de salvajadas.

Tengo frío. La última vez que me detuve en un pueblo, tuve que salir con lo que pude agarrar mientras huía y el invierno no muestra clemencia. Pude robar una Motoguzzi Hispania modelo del 59 cargada de gasolina y no paré hasta dejarla seca. La dejé escondida en el bosque, nunca se sabe.

De allí llegué a una gasolinera. Una pequeña batalla se había librado a sus puertas. Encontré algo de ropa, un par de pistolas pero nada de munición, y un machete. Seguí mi camino hambrienta, sedienta y helada, temiendo caer rendida en cualquier comento y ser olvidada en una cuneta. La noche se pronunciaba sombre mí y unas luces en la distancia me dieron esperanza.

Corrí para entrar en calor y movida por la necesidad, pero cuando estaba a las puertas del pueblo dos figuras de negro se interpusieron. Preparé el machete, lista para golpear, pero unas potentes linternas me enfocaron a los ojos y me cegaron.

-¡Tira el arma! -gritó uno.

Dudé un instante pero escuché como descorría el seguro de un arma y obedecí, dejándola caer al suelo.

-Lo siento, pensaba que erais zombis -me disculpé.

-Comprueba que no lleva más armas -dijo el otro.

Los guardias me cachearon a fondo. Me quitaron las armas y el machete y me dejaron entrar en el pueblo con el aviso de que no armara alboroto. Era el precio por una zona “segura”.

Había pocas personas y la mayoría se mostraban esquivas y taciturnas. Vi patrullas con el mismo uniforme de cuero que los guardias de la entrada. Me fijé que llevaban unas bandas rojas. Sin duda era algún tipo de legión, bien organizada y equipada si podían permitirse ese tipo de florituras.

Di una vuelta por el pueblo buscando donde esconderme y dormir; me sentía agotada de tanto caminar. Me dirigí a la zona más abandonada de la ciudad, esperando poder encontrar algún chalet semiderruido, pero una alarma me sobresaltó. La gente salió de sus casas y todos parecían ir en la misma dirección. Mas preocupada que interesada, les seguí temiendo que pudiera ser el aviso de un inminente peligro.

Llegué a una plaza que debía ser el centro del pueblo. Una mujer subió a un improvisado escenario de mesas de colegio. Era la ayudante del alcalde. Su discurso era, básicamente, una sarta de peloteo hacia el misterioso grupo, Nuevo Día, que les había ayudado a reconstruir y salvaguardar el pueblo. Después, dio paso a la representante del grupo, Eva Reiter.

Escoltada por dos guardias, Eva subió con arrogancia; su mera pose daba a entender que todos los presentes eran poco más que insectos.

-Gracias, pero es hora de dejar de lado la máscara de cordialidad -anunció al tiempo que los guardias apresaban a la ayudante del alcalde-. Hay una magnahorda a las afueras de este pueblo. Estas hordas compuestas por miles de zombis son poco frecuentes pero arrasan todo a su paso. Hace mucho que debería haberos aniquilado pero... aquí estáis. Algo protege este pueblo y los mantiene aletargados; Nuevo Día reclama su posesión. Ayudadnos y os permitiremos volver a vuestra vida. Oponeros y moriréis.

La ayudante del alcalde, tras descubrir que había sido usada y traicionada, comenzó a respirar de forma acelerada, a apretar los puños y a ponerse roja. Los guardias, pensando que era una frágil y débil mujer, no la sujetaban con suficiente firmeza. Clavó su tacón en el pie de uno, que se dobló de dolor, y le dio un codazo al otro en plena máscara, tumbándolo. Cogió un cuchillo que escondía bajo la falda y se lanzó a por Eva.

Rodaron por el suelo con una furia indómita. Tan pronto parecía que ganaba el control una como lo perdía por un golpe de la otra. Así fue hasta que se escuchó un grito y todos contuvieron la respiración. Al detenerse la lucha, Eva estaba en el suelo con el cuchillo hundido en el ojo. Los guardias se repusieron y derribaron a la ayudante con un placaje que casi le rompe la columna. Uno se sentó encima y apretó la cabeza de la ayudante contra el suelo para evitar que se moviese mientras el otro se acercaba temeroso a su comandante. Eva se puso en pie con el cuchillo aún clavado y sangrando profusamente. Sacó su pistola y disparo hasta vaciar el cargador en el soldado más cercano.

-¡Ineptos, estoy rodeada de ineptos! ¡Llévate a esa zorra y dadle un escarmiento digno del infierno! Pero la quiero viva. No tendrá el lujo de morir hasta que yo le de mi permiso.

No necesitaba ver más. Me alejé corriendo de la plaza, ansiosa por encontrar una forma de salir de ese condenado pueblo. Vi un camino que se dirigía al bosque pero al aproximarme me detuve al observar movimiento en el linde. Me escondí a la sombra de un muro y evalué de que se trataba. La figura era humana, se movía, pero no se desplazaba. Si era un zombi atrapado quizás pudiera despistarlo. Me acerqué y cuando pude vislumbrarlo, me quedé atónita. Era una especie de salvaje cubierto de pieles. No sabía que clase de locura era ésta pero me percaté de que tenía un pie atrapado en un cepo y al mirar a mi alrededor, observé que estaba plagado. El bosque había dejado de ser una opción. Pensaba irme pero el hombre me miró y gruñó en una lengua gutural. Estaba desarmado y aún con el pie lacerado, se mantenía orgulloso. Me acerqué con cautela. Él dio un paso atrás. Me acerqué otro poco y con lentitud avancé hasta estar ante él, donde me arrodillé. No entendía mucho de cepos pero recordaba de las películas que tenían un seguro en el centro, un punto que permitía abrirlo con algo más de facilidad. Lo busqué y no lo encontré, así que analicé la trampa. Descubrí que los dos hierros pasaban por uno que hacía de embudo y de muelle para que se cerrasen y lo pisé, permitiendo a aquel extraño salvaje zafarse de la trampa. Temí que me atacara pero me miró y, con sus poderosos brazos, se agarró a una rama y se alejó por el bosque como un mono.

Me volví al pueblo buscando otra salida, tratando de no dar vueltas a tan extraño encuentro. A lo lejos, me pareció escuchar una motosierra pero no tardó en apagarse. Pasé por un campo de tenis donde varios aspirantes a soldaditos malvados cantaban un himno pedante, grandilocuente y, en definitiva, penoso.

Aquella zona debía estar destinada al grupo militar porque me topé con otros motivados de la vida. Usaban las máquinas que ponen en los parques para los ancianos como si les fuera la vida en ello. Pasé sin ser visto e ignorando todo hasta que unos agotados gemidos me atrajeron. Me asomé por la ventana de un sótano y vi como la ayudante del alcalde era golpeada por los puños desnudos de un soldado el doble de grande que ella. Tenía la cara amoratada y sangraba pero, después de cada golpe, volvía a mirar desafiante al soldado. Este se apretaba los nudillos que le sangraban y también estaban morados.

-¡Maldita loca! ¡Descansa un rato, ahora vuelvo a darte más! -espetó mientras se alejaba.

-¡Me encantan tus caricias, cielo! -balbuceó ella.

No podía dejarla así. Abrí el tragaluz y me dejé caer con sigilo en el interior. Corrí a la puerta y la atranqué.

-¿Quién eres y por qué me ayudas? -dijo de forma casi ininteligible.

-Me educaron para ser idiota. Ahora calla y vamos.

Tuve casi que subirla sola y a pulso hasta el tragaluz. Justo cuando yo comenzaba a trepar, escuché la puerta. El sonido de la llave precedía a unos golpes. No esperé a ver si conseguían abrir. Mientras nos alejábamos, la motosierra volvió a extender su melodía. Estaba cerca, muy cerca, y al poco le siguieron unos gritos.

Nos alejamos de aquella ignota amenaza y buscamos ayuda para mi acompañante pero no vimos ni un alma. En cambio, sí que vimos un zombie. Ella cayó de rodillas y se puso a llorar.

-¿Te duele? -pregunté inquieta.

-Sí, pero no es eso. Es mi novio -respondió sollozando.

-¿Qué le pasa?

-Que está ahí delante -dijo señalando al no-muerto.

La abracé. Conocía bien ese dolor. Nos tomamos un momento para olvidarnos del mundo, aislarnos en una burbuja a solas donde el dolor no pudiera alcanzarnos. Por un momento, en aquel abrazo, me sentí bien. Olvidé mis penas, mis pérdidas y mis miserias. Me volqué en ella. Cuando se calmó y pudo mirarme a los ojos me agarró de los hombros con sus manos magulladas y temblorosas.

-Tengo que pedirte algo -suplicó.

-Tengo que recuperar algo de tu novio, ¿no?

-Sí, cómo lo has...

-Si yo te contara. En fin serafín, no importa, que necesitas.

-En el bolsillo de su camisa debería llevar un... un...

-¿Un? -pregunté impaciente.

-Un predictor.

Por primera vez en años, me quedé con la boca abierta. No sabía como gestionar esa información. La miré a ella, mire su vientre y miré al zombi, repitiendo el ciclo varias veces. Torcí la cabeza y asentí como pude.

No me hacía ninguna gracia pero, si estaba embarazada, era mejor saberlo antes de tratar todas esas heridas, aunque dudaba de que quedasen muchos medicamentos. Como no estaba de humor para sutilezas, me acerqué por detrás al zombi y le clavé mis rodillas en la parte posterior de las suyas haciéndole caer. Luego, le tiré del pelo y metí la mano en el bolsillo. Había un objeto alargado y cuyo tacto encajaba con lo que recordaba, así que lo saqué y empujé al zombi para que se estampara contra el suelo. Eso le mantendría entretenido.

Miré el test y se lo llevé a la afortunada madre.

La arrastré por medio pueblo buscando un lugar donde quedarnos pero no había manera. Todo estaba oscuro, apagado y más y más zombis se infiltraban. Encontramos algunos extrañamente partidos por la mitad o con miembros cercenados y nos apresuramos a alejarnos.

Vimos una luz en el matadero y nos aproximamos esperando encontrar algo de ayuda pero, antes de entrar, la motosierra resonó precediendo a un grito de dolor. Nos alejamos de la entrada y miramos por unas rendijas que había entre los tablones. Eva se encontraba ante un hombre encadenado a una silla. A la espalda de éste, un tipo con una pinta muy propia del Sito en el que se encontraban empuñaba una motosierra a escasos centímetros de la cabeza del apresado.

La bajó poco a poco hasta cercenarle una oreja.

-¿Me dirás ahora donde está? -preguntó Eva con malevolencia.

-Esa zorra -susurró a mi lado la ayudante del alcalde.

Eva se volvió hacia donde estábamos y vi que llevaba un parche donde antes le habían clavado el cuchillo y aún sangraba dejando lidas, el rastro dejado de las gotas de sangre al caer, desde el ojo hasta el cuello.

-Apunté en mi cuaderno cómo llegar a la Piedra Escrita -gimoteó el hombre.

Eva se olvidó del ruido y se centró en él.

-¿Dónde está? -inquirió ella.

-Lo dejé en el centro cultural.

-¡Brutus! ve a buscarlo -dijo Eva clavando su único ojo en el demente de la motosierra.

Este se apresuró a salir corriendo hacia el lugar.

-No podemos dejar que esa perra gane -jadeó la ayudante-. Sé un atajo.

Me guió entre callejuelas y llegamos al centro antes que el tal Brutus. La dejé escondida en los arbustos y entré. Allí, un tipo yacía muerto al lado de una copa. Me llamó la atención una mesa con varias velas y un cuaderno rojo en el centro. Se trataba de forma inequívoca del cuaderno que buscaba pues tenía la inscripción “Investigación de la Piedra Escrita”. Me disponía a salir satisfecha cuando al volver mi vista hacia la puerta vi al demente Brutus observándome con hambre. Me quedé paralizada. Durante unos tensos segundos, se abrió a mis pies un abismo silencioso que absorbía mis fuerzas, mi calor y me debilitaba amenazando contra tragarme. Entonces dio un paso al frente y se preparó para encender su arma descuartizadora pero trastabilló. El tipo de la copa había retornado y le agarraba la pierna. Se aferró a Brutus intentando morderlo pero éste se puso a patearlo hasta que sus sesos saltaron. Fue una breve distracción pero suficiente para permitirme salir. Dudé si correr hacia mi compañera pero ella no podría escapar en su estado. Al momento, escuché la motosierra de nuevo pidiendo carne y sangre. Brutus salió a perseguirme moviendo su arma como un demente.

Con el cuaderno en mis manos, huí tan rápido como pude. Torcí una esquina esperando despistarlo pero me encontré ante un pelotón de fusilamiento.

-¿Pero que tenemos aquí? -dijo Eva al verme.

Brutus no tardó en doblar la esquina pero al ver a los soldados se paró y se quedó cabizbajo.

-Veo que esta mujer se te ha adelantado, Brutus -dijo Eva mirándolo con asco.

De pronto, aquel loco se había hecho pequeño y había perdido su aura de amenaza.

Eva me arrancó el diario de las manos y lo leyó con interés.

-¡Por supuesto! Siempre tan ridículamente evidente. Vosotros cuatro, conmigo; el resto, reunid a todos.

Me llevaron a punta de pistola y reunieron a los ciudadanos en la plaza. Las fuerzas de Nuevo Día reunieron a sus tropas y trajeron sus transportes. Fue un rato tenso y todos temíamos lo peor. Eva no tardó en volver con una caja en sus manos. Lo extraño es que venía corriendo y no había rastro de sus guardias.

Casi había llegado al cerco de sus soldados cuando una lanza cayó del cielo rozándole la mejilla e hiriéndola.

-¡Disparad! ¿¡A qué esperáis!? -gritó.

Los soldados abrieron fuego pero no tenían blancos. Varias flechas llovieron sobre ellos, matando a algunos e hiriendo a otros.

La lluvia cesó y dos figuras cargaron contra ellos. Fue un error. Ahora que podían ver a sus enemigos, todas las armas se enfilaron hacia ellos y los acribillaron.

-Los guardianes de la piedra han caído -escuché decir a un anciano.

Los soldados se acercaron a sus mutilados cadáveres y los patearon hasta estar seguros de que estaban muertos.

Eva subió al escenario. A pensar de tener otra cicatriz más desfigurando su rostro, se erigía triunfal.

-Tenemos la piedra, así que cumpliremos lo prometido. Soldados, en marcha.

Las tropas comenzaron a montar en los vehículos.

Brutus se acercó al jeep pero Eva se interpuso.

-Tu no, Brutus. Me has fallado.

Acto seguido le disparó a la rodilla y se alejó mientras éste gritaba. Eva se montó en su jeep y se irguió para hablar una última vez.

-Espero que hayáis disfrutado de la noche. Os dejo en buena compañía -dijo mirando tras la multitud.

Miles y miles de zombis surgían desde cada esquina, desde cada calle, desde cada rincón. La gente comenzó a gritar. El convoy de Nuevo Día partió, dejando a sus heridos.

Fueron los primeros en caer. Alguno consiguió disparar su arma pero eran, sencillamente, demasiados zombis.

Brutus se alzó con un acto de último desafío a la muerte. Encendiendo por última vez su motosierra, avanzó contra la masa, perdiéndose en un mar de sangre. La gente trató de escapar pero por doquier surgían los muertos. Trepé al escenario mientras se acercaban y contemplaba como me quedaba sin opciones. Vi una figura sosteniendo una vela en la ventana. Era la ayudante del alcalde. Me alegré. Al menos ella sobreviviría. Lo último que vi fueron varias decenas de manos acercándose y el escenario ceder.

Desperté con la luz del día en lo alto. Estaba cubierta de maderos y empapada en vísceras. Varios zombis se habían empalado y me habían bañado con sus tripas. Era repugnante pero cuando me paré a pensarlo, me percaté de que aquello me había salvado la vida. Me acerqué al edificio donde había visto a la ayudante. No había marcas de sangre así que recé por que estuviesen bien. Reuní todos los suministros y armas que pude encontrar. Logré apañar un vehículo y me prepare para emprender mi viaje. A por el siguiente asentamiento.












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