2018-03-24 - Arévalo - Isabelita se te va la cabecita





¿Qué hace a un rey grande? ¿Las batallas que gana? ¿Cuánto oro posee? ¿Cómo vive o cómo muere?

No, la grandeza se refleja en los actos; en la forma de tratar a sus semejantes, así sean o tengan menos que él.

La reina Isabel había sido grande, generosa, laboriosa y hermosa. Pero había degenerado con rapidez. El confesor, un hombre taimado y cruel, disfrutaba sometiendo a la reina madre a su escrutinio; había sido enviado por Isabel de Castilla paran vigilar a su madre.

Me dolía ver a la reina en aquel estado. Ella que había sido una inspiración, una fuente de virtud, entereza y determinación, y ahora... Ahora permitía que un hombre, aquel confesor, hablara en su nombre.

Observé cómo se postraba aterrorizada por algo que sólo ella podía ver. El confesor y la dama de compañía de la reina se acercaron a ésta con falso interés. Una mascarada encaminada a engañar al pueblo.

Se la llevaron casi desvanecida, con los ojos desencajados y babeando. No podía dejar que esa situación continuase. Seguí con disimulo a la reina madre hasta la prisión camuflada de hogar. Ahora que sabía dónde la tenían retenida, necesitaba un plan. Observé, no muy lejos, a un soldado adiestrando nuevos reclutas. Sacar a la reina por la fuerza no era una sabia opción, así que debía recurrir a la astucia.

Recorría el linde de la muralla, meditando mis opciones, cuando escuché un silbido en el aire y luego algo caer cerca de mí. Yacía a mi lado un zombi con una flecha en la cabeza.

-No es buen momento para pasear, chico -dijo una voz desde lo alto de la muralla-. Agarra la flecha y traela de vuelta.

Era un pago justo por salvar mi vida así que, con dificultad, porque estaba bien clavada, extraje la flecha y me dispuse a subir las escaleras. Un hombretón cubierto por una pesada armadura y una capa de oso aguardaba en lo alto con su compañero más aguileño.

-Gracias, andamos algo escasos de flechas – explicó el soldado.

Me asomé por encima de la muralla. Distinguí varias criaturas abatidas en el fondo del barranco junto al río y me pareció distinguir flechas clavadas en los cuerpos.

-Sí, hemos gastado muchas y no paran de venir. Este pueblo... está condenado -dijo el soldado con una mirada perdida en los cadáveres.

-Aún no. Algo está provocando que los muertos salgan de sus tumbas. Juntos podemos salvar el pueblo y a la reina....

-Pareces un buen chico, así que te haré un favor. Vete del pueblo, el duque busca hombres. Consigue la recomendación de un veterano y te daré un salvoconducto. El jefe de guardia de Isabel, el único veterano que aún queda vivo en el pueblo, es tu única opción.

-Su casa está en el linde del pueblo -dijo, señalando con el dedo por encima de la muralla.

No me costó dar con él. Se dedicaba a patrullar la zona exterior de la muralla para que nadie fuera mordido o atacado por los zombis. Le encontré limpiando su espadón tras haber despachado a media docena de no-muertos. La culpa lo acosaba por no haber podido proteger a su señora Isabel. La había visto crecer desde niña pero debido a su avanzada edad, el confesor le había jubilado a la fuerza. Pero no pensaba esperar mansamente a la muerte. Sabía que era un hombre de indiscutible lealtad hacia la reina, así que le conté mi plan hasta el momento. Que sabía dónde estaba la reina, que quería ayudarla y que podía escapar si me ayudaba con el salvoconducto. Pero el caballero tenía otra idea en mente. La reina le había hecho llegar un mensaje; necesitaba librarse de un collar. Esa era la prioridad.

No entendí muy bien a que se refería, pero el viejo veterano estaba convencido de que aquello era fundamental. Me dijo que él se ocuparía de conseguir el salvoconducto y me ofrecí para llevarme el collar fuera del pueblo, pero me dijo que ningún hombre podía tocarlo sin morir. Sólo las mujeres podía acercarse a él sin sufrir consecuencias inmediatas. Me encomendó la tarea de buscar a una dama digna de tan peligrosa misión.

Había un monje, una buena persona, de las pocas que conocía, que quizás pudiese guiarme. Le encontré colocando unos cirios y rezando por la recuperación de Isabel. El confesor nos interrumpió antes de que pudiese preguntar. Estaba convencido de que las criaturas eran enviadas por la falta de fe de las gentes del pueblo. Le cedió una de sus cruces al monje y le obligó a que la acercase a una de las criaturas. Le cogí de la mano para suplicarle que no lo hiciese pero se limitó a sonreírme, con una mirada tranquilizadora pero que si observabas con detenimiento, era de resignación.

Cuando la criatura se lanzó contra él, la cruz escapó de sus manos, incapaz de protegerle.

-Todo esto es culpa del brujo que ha envenenado la mente de la reina y a apartado la fe del corazón de los creyentes -espetó el confesor furioso-. ¡Tú, chico! Quiero que vayas y le digas que tiene hasta el amanecer para abandonar el pueblo. Después, lo cazaremos como a un perro.

Me dejó allí acompañado sólo por los ruidos del zombi desgarrando la carne. Como no sabía que más hacer, me puse a buscar al supuesto brujo. Recordaba que había un extraño hombre que actuaba de consejero de la reina pero que hacía tiempo que andaba por la plaza del Salvador, igual que la flor aguarda el amanecer.

Lo encontré paseando por allí y saludando a algo que sólo él podía ver. Me acerqué con cierto recelo.

-¿Eres... el brujo? -pregunté a cierta distancia.

-Adivino, si no te importa. Acércate, te estaba esperando. Los huesos me anunciaron tu llegada.

-Ajá...

Era un hombre enorme, con un hábito y una capa, un largo cetro negro y muchos medallones protectores pero lo más increíble era su ojo, de rosada pupila.

-Veo que te has fijado. Si, es un raro don. En su día fue una maldición por la que casi soy quemado pero la reina me salvó. Con él puedo ver partes del pasado, con el otro ojo, veo el presente y las cartas me cuentan el futuro.

-Parece que tienes al tiempo bajo tu dominio.

-Nadie controla al tiempo, yo simplemente bebo de sus aguas. Pero volvamos a lo importante, ayudar a mi amada reina. Sé qué andas buscando.

-¿En serio?

-Sí, pero antes te hablaré de tu futuro, lo vas a necesitar -dijo sacando de una de sus mangas una baraja de tarot-. Tantas cartas como linajes. Cinco serán las puertas a tu futuro.

Le seguí hasta un banco de piedra y allí, nos sentamos. Colocó ante mí cinco cartas.

-Veamos que te aguarda -dijo dando la vuelta a la primera-. La Estrella, encontraras lo que buscas en la oscuridad que acecha al pueblo. La Fuerza, veo que tienes la voluntad para realizar esta ardua tarea. La necesitarás para superar las pruebas que te aguardan. La Emperatriz, encontraras a una mujer fuerte y hermosa, ayudarla será tu misión. El Ermitaño, un hombre solitario también va a estar presente, un hombre sabio que lleva años aislado pero que aún conserva su valor intacto. El Arcano Sin Nombre, también conocido como La Muerte. Puede que signifique tu final o tu renacimiento; en cualquier caso, un gran cambio. Bien, toma esta carta -dijo sacando otra baraja dorada con símbolos egipcios-. El collar de la reina fue robado a una momia hace mucho tiempo y la maldición ha perseguido a quienes lo han portado. Llévale esto -dijo ofreciéndome una de las cartas doradas- y sabrá que vas de mi parte y que puede confiar en tí. Pero antes, la portadora, La Emperatriz. En el mirador encontraras a una joven soñadora, temeraria e ingenua... Debes convencerla de que se lleve el collar. Dile que vas de mi parte y que auguro un buen porvenir en su futuro, pero que no sea tímida.

Partí sin dilación y sin cuestionarme todo aquello. Por algún motivo, sentía la necesidad de creer en aquel hombre.

Encontré a la joven donde me había indicado. Eloísa, apenas era una niña pero ya había sufrido la muerte del amor de su vida y la mujer a la que admiraba, la reina, había perdido el juicio. Allí ya no quedaba nada para ella. Decidí contar la verdad. La maldición del collar que sólo permitía a mujeres tocarlo, el adivino, el anciano guardia, la reina... todo.

Temí haberla asustado pero el efecto fue el opuesto. Con una llama viva de determinación, aceptó sin dudar. Ayudaría a la reina y daría su vida si era necesario por cumplir su misión. Acordamos reunirnos todos en la Plaza de la Villa poco antes del amanecer. Corrí a buscar a la reina, pero su dama de compañía guardaba con celo la llave de su torre. Aunque cumplía las ordenes del confesor, era evidente que su pasión era el oro. Tuve que hacer mi mejor actuación para convencerla de que el confesor iba tras los tesoros y que la quería allí atrapada porque temía que con su astucia encontrase el tesoro antes que él. Fingí que aceptaba ayudarla a cambio de un porcentaje de lo que encontrase. Yo vigilaría a la reina mientras ella buscaba. Debo decir que me siento orgulloso de tamaño engaño. En cuanto se marchó, fui con la reina y la informé del plan. No se fió de mí hasta que saqué la carta del adivino. Sus ojos se humedecieron por la esperanza y accedió sonriendo. Dejé la puerta abierta para que pudiese salir llegada la hora y corrí con el viejo soldado.

Le encontré con el salvoconducto listo y reuniendo prendas para camuflar a nuestro soldado. Fuimos a la plaza sin tardanza. El caballero corrió a humillarse ante la reina mientras yo llevaba los ropajes a Eloísa, que aguardaba en un rincón.

La dejé intimidad y me aproximé a la reina. Se notaba un vínculo especial entre los dos. Aunque el caballero se hallaba de rodillas, casi se sentía un aura paternal emanando de él. Suplicó el perdón a la reina pero ésta lo exculpó. Preguntó si habíamos encontrado quien se llevase el collar y el anciano caballero dio entrada a Eloísa

-Pero si es una niña -dijo la reina al verla.

-Podéis confiar en ella -dijo el anciano caballero-. La he visto luchar, es capaz.

-Por favor, mi reina. Permitirme ayudaros. Seré digna -juró Eloísa arrodillándose ante la reina madre.

La reina dudó un instante, pero vio la fuerza que emanaba de la joven y accedió. Eloísa partió al instante y su capa negra se fundió con la oscuridad de la noche.

Pude respirar tranquilo, ahora todo iría mejor. Pero fue entonces cuando mi visión se volvió borrosa sentí un pinchazo. Me miré al pecho y vi una espalda sobresaliendo entre mis costillas. Caí al suelo de espaldas. Sólo escuchaba el latir de mi corazón y un mareo, como un velo que me ocultaba la realidad. Con un nuevo latido, recuperé algo de claridad y vi al confesor acompañado de tres guardias señalando a la reina y al anciano caballero. Un latido más, una sombra, un parpadeo. Lo siguiente que veo es al anciano perderse a la distancia mientras dos soldados los persiguen. Otro latido, ya no duele, la sombra es más extensa. Veo como se llevan a la reina madre; lucha pero el confesor y el soldado la arrastran. El último latido, una horda de criaturas invade el lugar, me preguntó si volveré como uno de ellos...


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