2018-04-14 - Chiloeches - El mártir







 




El Mártir




Desperté. Miré hacia arriba. Había un hombre sobre mí, un hombre que portaba una Biblia y una espada en llamas. Murmuraba una especie de plegarias, oraciones, no lo entendía bien. Mis pensamientos eran una amalgama de confusión, caos y con hambre, un hambre primigenia que me invadía las entrañas. Sentí cómo me volvía el calor e incluso cómo me volvía a palpitar el corazón. Torcí la cabeza y vi que había una multitud congregada a los pies de un pequeño escenario. Todas las miradas se centraban en nosotros. Poco a poco tome consciencia de lo que me ocurría, miré mi propia mano y observé la mugre, la sangre y la suciedad que la cubría. Era un zombie o lo había sido hasta hace poco. Sentí como si las últimas barreras que me separaban de la humanidad se fueran disipando pero, de repente, interrumpieron el ritual un grupo de locos que llegaron golpeando tambores y armando gran revuelo.

Al instante sentí como mis fuerzas se evaporaban, sentí como si perdiera otra vez la vida. No obstante no, me abandonó del todo la consciencia, aún sentía un tenue calor, como una luz en mi interior que se negaba a abandonarme. Los locos con sacos que habían interrumpido en la escena se pusieron a golpear aún más fuerte los tambores, hasta que comenzaron a hablar con mis salvadores. Estos últimos no parecían muy contentos, sacaron las armas y se prepararon para la contienda. Los locos de los tambores no parecieron intimidados; en lugar de ello se pusieron a saltar y danzar y golpear los tambores de nuevo con redoblado escuerzo y, al momento, surgiendo tras una esquina próxima respondió a su llamada una enorme y colosal horda de zombis.

La multitud se volvió loca, corrieron en todas direcciones aterrados por salir de allí. Los hombres que habían estado haciendo el exorcismo se alejaban también. Comencé a alzarme una vez más, pero por suerte o por desgracia, no había vuelto a ser un zombie, no del todo. Aún tenía algo de consciencia, aún era capaz de pensar aunque no era capaz de controlar mi cuerpo. Me uní a la Horda y la sigue la multitud temiendo con todo mi corazón alcanzar a alguien y tener que vivir a través de esa ventana mientras devoraba carne humana, mientras segaba una vida.

Seguimos a los hombres de los tambores atraídos por el ruido que generaban a su paso. Poco a poco se fueron dispersando por el pueblo y cada uno tomó una dirección. Seguí a uno de ellos que se juntó con unos supervivientes y se dedicó a ensuciarlos con barro. No le preste mucha atención ya que otro llamó mi atención. Cantando, un pequeño hombre con saco había reunido una gran multitud, bebiendo un líquido oscuro, no sabía muy bien que era. Me acerque, los observé y conmigo, toda la horda. El extraño hombrecillo señalaba con gran ahínco hacia nosotros y luego instaba a los supervivientes a dirigirse hacia aquí. La gente negaba con la cabeza pero él, ni corto ni perezoso, se acercó a la valla y la abrió. La Horda penetró como una ola. Se abalanzaron sobre los vivos, atrapando a uno de los más despistados. Mientras le devoraban, el hombrecillo gritaba alegre “elegido, elegido. Asciende, asciende”. El resto de supervivientes saltaron las vallas y se escaparon por cualquier salida que encontraron. Temí entonces que mi cuerpo se dispusiera a alimentarse. Por suerte había tantos de los míos que no pude alcanzar el cadáver. De momento me había salvado de sentir el amargo sabor de la carne humana.

Me topé con el hombre que me había devuelto la consciencia en lo alto de un balcón, y una multitud se agolpaba sus pies. Mientras me acercaba, vi como le daba instrucciones a la gente que partía en varias direcciones. Cuando llegue allí, la multitud se dispersó cómo las aguas del río ante una piedra. Aunque les perseguí con mis torpes andares, no conseguí alcanzar a ninguno. No por ello me encontré sin presas, otra de los locos que llevaban sacos por ropa aguardaba en un edificio y me llamaba con su tambor. Cuando me acerqué, les indicó a las personas que la rodeaban que entraran dentro, pero ella se no los siguió, se deslizó por una escalera lateral y subió a un segundo piso. Mi cuerpo se vio atraído hacia la multitud, y penetre por la puerta tras ellos. Cuando estaba en el interior, la oscuridad detuvo mi pecado. El pecado de atacar a otro ser humano pero, no obstante, la loca del saco no fue tan indulgente. Comenzó a esparcir restos de tripas, sangre y vísceras de todo tipo de animales sobre los supervivientes. Mi cuerpo respondió, movido por los gritos de los supervivientes al verse cubiertos de entrañas y por el olfato, algo precario pero aún así, con tanta sangre por el lugar, suficiente como para alterar mi cuerpo y que se lanzará a una búsqueda frenética. Sentí como mis manos tanteaban las paredes, cómo caí al suelo y me arrastraba en búsqueda de aquel delicioso manjar, de cualquier trozo de carne que pudiera llevarme a la boca. Sé que encontré algo, no sé qué, pero algo. Gracias a los dioses, la oscuridad no me permitió ver que estaba masticando. Escuché los gritos de supervivientes; al parecer, no era el único allí sediento de carne, no era el único allí hambriento de sangre. La loca lanzaba gritos de alegría y no paraba de felicitarles porque habían sido ascendidos, habían sido elegidos. La gente escapó a tropel, destrozando una puerta por la fuerza de su pánico y llevándome tras ellos por su escándalo.

No tardé en quedarme atrás, dando vueltas, perdido, confuso. Me encontré uno de mis hermanos, por así llamarlo, atado a una verja. Una mujer, con largo y elegante vestido negro, similar al de mi salvador, por lo que deduje que debía ser de su grupo, custodiaba el lugar para evitar que la criatura se alejara o escapase. Había unas cuantas personas a su lado, y ella trataba de enseñarles que el fuego servía para paralizarnos. Recé para que fuera suficiente y me detuviese a mí también. Cuando me aproximé, sus ayudantes me encararon y crearon una especie de muro de fuego usando algo de alcohol y unas cerillas. Mi cuerpo se petrifico ante aquella muestra de poder y comencé a alejarme de allí paso a paso, muy lentamente.

Tras ser repelido y debidamente olvidado, me quedé a solas con mis pensamientos. Las luces parpadeaban, las pocas que funcionaban, y la calle permanecía oscura. Entonces escuché algo que me dejó helado. El llanto de un bebé. Aunque traté de impedirlo, comencé a caminar hacia él. Uno de aquellos enajenados lo llevaba en brazos y sonreía mientras me miraba. Un grupo de personas se había acercado a él y discutían algo referente al bebé mientras me señalaban.

Cuando me acerque, percibí un olor conocido, había uno de los míos allí. Seguí caminando y observé a los supervivientes arrancando al bebé de los brazos del loco para, tras unos instantes, retroceder aterrados y dejar el niño en el suelo para salir corriendo. Me acerqué, temiendo que fuera una ofrenda y lo que podía hacer, pero antes de llegar a él, mi cuerpo se detuvo. Sabía que aquello no era comida, sabía que aquello, era uno de los míos. Cuando me quise dar cuenta, tanto los supervivientes y el loco se habían alejado demasiado como para perseguirlos.

Tras aquello, permanecí en éxtasis un rato, aletargado, confundido, sin saber hacia dónde ir o dónde encontrar comida. Ignoré al bebé, y me puse en camino siguiendo algunos gritos lejanos. Me tomo un rato, pero encontré una subida, un pendiente que se internaba en el monte, y que se perdía en la oscuridad. Dando un sinfín de traspiés, chocando y tanteando, percibí la esencia de vivos, de comida. Se internaban en el corazón del bosque, un camino viejo, antiguo y olvidado, un camino de tierra fresca. Pasé ante un depósito de agua donde uno de los míos se encontraba atrapado, pegando su cara contra la verja, cortándose por el continuo roce. Como no era comida, no le presté atención. El camino se perdió en la noche, la montaña era fría y el viento me confundía, me complicaba mucho el ascender. Escuché sonidos en la noche, un jabalí pasando, un corzo caníbal y lo más jugoso de todo, supervivientes. Anduve, anduve, anduve y anduve. Sin ton ni son. Y al final, lo encontré, maldición de zombies o quizás un don del virus e incluso puede que fuera magia, no sabría decirlo, pero me deslumbró. Había un pilar de luz que se alzaba hasta el cielo, pilares gemelos, pues otro se alzaba al sur en la otra punta del pueblo. Aquellos pilares me hacían sentir extraño, me hacía sentir encerrado. Pude ver pequeñas líneas, como hilos descendiendo de ambos y rodeando el valle, y con ello, a todos los que estábamos en su interior. Seguí mi marcha hasta un mirador y allí me encontré con un hombre enorme y siniestro. Con un hacha en su mano derecha y un rosario y un libro en la otra que chorreaba sangre, deliciosa y maravillosa sangre. Aguardaba junto a la base del pilar de luz, que surgía de una hoguera que olía a su sangre. Clavó su profunda mirada sobre mí, su único ojo, pues un parche el cubría el otro, analizándome. Emitía una furia que me dejaba claro que era un enfrentamiento que no podía ganar. Por desgracia, mi cuerpo no era tan perspicaz y me abalancé hacia él. La contienda fue breve, me propinó un golpe con su hacha en el hombro, haciéndome trastabillar y caer contra el muro del mirador. Con suma agilidad para lo grande que era me propinó una patada en el trasero y me caí rodando ladera abajo. En mi descenso golpeé rocas, árboles, zarzas, arbustos y toda clase de objetos punzantes. Por una vez, dí gracias de ser un zombi y no sentir dolor. Cuando llegué abajo, me quedé postrado, observando el cielo nocturno que se volvía dorado con aquellos hilos invisibles que emanaban de los pilares.

Los tambores resonaron una vez más, y yo, al igual que otros no-muertos, respondí a la llamada a pesar de mi caída. No sabía cuánto tiempo había pasado tirado, sólo sabía que llevaba mucho tiempo postrado y esperando algún sonido, algún efecto que me hiciera alzarme de nuevo. Me restregué con mis hermanos que cada vez eran más y más y más. Los locos de las bolsas de patatas, iban a la cabeza de una numerosa horda, danzando y saltando una vez más con sus tambores y su alegría que casi rayaba en fervor. Llegamos al colegio, donde encontramos refugiados a los pocos supervivientes que quedaban y los guerreros de aquella extraña orden. Sin parar de aproximarnos, se adelantaron a nosotros los locos de los sacos, y mientras esto ocurría, pude ver como el hombre que me había devuelto la consciencia y que parecía el líder de su grupo se postraba de rodillas y era degollado por una sus compañeras. Al instante sentí como me fallaban las fuerzas, cómo me venía abajo. Al igual que yo, mis hermanos zombies cayeron fulminados, pero a mí me debía quedar una pequeña luz, un atisbo de lo que habían liberado esta noche que me permitió observar durante unos instantes más.

Los locos de los sacos se pusieron a gritar y maldecir al ver que los míos habían caído y se lanzaron sobre los miembros de la oscura orden. Les encabezaba el hombre que estaba en el mirador, que se alzó como un muro contra el mal, pero tres de los locos se lanzaron sobre él y mientras propinaba un golpe mortal a una que colgaba de su espalda, los otros se aprovecharon para robarle el arma y acabar con su vida. Sin duda, de no haber estado debilitado por perder tanta sangre en el ritual, los habría despachado con facilidad. El resto de hermanos, que no han perdido tanta sangre, liquidaron a los hombres del saco con facilidad hasta no dejar ninguno con vida. Al acabar, los tres miembros restantes de la orden agarraron al líder que se había sacrificado, y lo llevaron en volandas, honrando su sacrificio. Me sentí cansado, sentí como finalmente se desvanecía aquella pequeña luz que me había otorgado, quizás igual que se extinguía la vida de quien me lo había otorgado, pero estaba agradecido de que aún quedase buena gente, de que aún hubiera mártires que estaban dispuestos a sacrificarse por la luz, por la humanidad.






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