2018-05-13 - San Martin de Valdeiglesias - Sobran bocas


Sobran bocas








Un bastión, cinco personas con poder, cinco objetivos distintos, cinco visiones del mundo distintas.

Habían tardado muchos meses en construir un lugar seguro. San Martín de Valdeiglesias había sido asolado por los Nihil no mucho tiempo atrás y estaba a disposición de quien se atreviese a reclamar el lugar. Cuando los exploradores descubrieron el castillo la discusión fue breve. Todos estaban agotados del hostigamiento de los zombis y se asentaron allí. Fue entonces cuando activaron un sistema de protección que hacía tiempo habían estado reservando para un lugar así. Una barrera electrónica que les protegería y repelería a los zombis.

Su éxito fue abrumador, quizás demasiado. Con aquella barrera, los soldados comenzaron a volverse perezosos. No querían salir, no querían arriesgarse. El general se entregó a la bebida, asediado por culpas y cargas abrumadoras, mientras que Pérez trataba de encauzar las cosas. Díaz, por su parte, trataba de ganar poder e influencia. Mantenía frecuentes encuentros con Marta, la encargada de los suministros, hablaba con los soldados, los ciudadanos y siempre mantenía su máscara de cordialidad.

Por último, estaba Alejandra Martín. Una civil que hacía las veces de títere de los militares de cara a la ciudadanía pero lejos de comprender su papel, se empeñaba en tratar de ganar el favor del general recurriendo al antiguo dogma del peloteo.

La situación se mantuvo congelada, como un bucle, durante unos meses, hasta que la noticia se extendió y comenzó a llegar más y más gente. La situación se volvió crítica cuando la noche del 12 de mayo llegaron casi trescientas personas de distintos puntos del país. El general comenzó a volverse paranoico en cuanto le informaron de la situación.

Congregaron a todos los civiles en la plaza y los mandos se reunieron para aclarar la situación. En lo alto de un muro que marcaba un desnivel de varios metro, el general agarró el micrófono para recibirlos pero, con expresión de asco, se lo cedió a Pérez.

El coronel Pérez les explicó la situación con su potente voz. Sólo unos pocos entrarían, los que resultasen más útiles. Dijo que era el encargado de proteger el Bastión y con ello, a los civiles, después dio paso a Alejandra. Esta comentó algunas normas y los criterios para ser admitidos.

Casi había acabado su discurso cuando se escuchó un horrible rugido a su espalda. El Coronel agarró a Alejandra y la apartó justo a tiempo de evitar ser embestida por una criatura que calló desde lo alto estampándose contra el suelo. Era sólo la avanzadilla, más y más criaturas surgían y rodeaban la plaza y la gente se apresuró a escapar.

Los altos mandos se separaron. El coronel Pérez y su escolta, el sargento Cisneros, se apresuraron a proteger al general y sacarlo de aquella trampa mortal. Se abrieron paso a tiros hasta el Bastión y allí, Cisneros y Pérez se quedaron custodiando el lugar mientras el general se iba a atender unos “asuntos importantes” aún con la vehemente oposición de Pérez de que rondase sólo con los infectados acechando en el pueblo.

El general empinaba el codo en lo alto de un parque mientras amenazaba con matar a cualquier superviviente con el que se cruzara, el coronel Díaz comenzaba a maquinar su traición. Se refugió en uno de los puestos externos, en la biblioteca o base beta. Allí, comenzó a reunir a los nuevos civiles para convencerlos de que todos podían entrar en la fortaleza si le ayudaban un poco.

Lo primero, era obtener muestras de sangre. La fortaleza se había mantenido gracias a la investigación constante. El escudo había sido desarrollado por varios científicos que Díaz tenía bajo su mando. Pero para mantener esas investigaciones, tenían que mantener a los científicos bien pertrechados. Pérez desconfiaba de él y le había dejado sin escolta, así que pidió ayuda a los nuevos visitantes mientras les vendía su idea de una fortaleza en la que todos pudieran entrar sin limitaciones.

La civil, Alejandra, por su parte maquinaba hacerse con el poder pasando por encima de los militares, pero siempre manteniendo la máxima discreción, puesto que Pérez, previsor, había asignado a la sargento Cortés para que la protegiera y la vigilara. Mientras fingía un falso interés por comprobar qué aguas del pueblo aún eran potables, introducía sus semillas de desconfianza hacia los militares.

Marta se encargaba de custodiar con su hermano Raúl, un soldado raso, los suministros en la plaza de toros y no dejaban a nadie acercarse.

Y por último, Pérez trataba de evitar que todo aquello se viniera abajo. Mientras el sargento Cisneros custodiaba la entrada al Bastión, el trataba de explicar a los nuevos visitantes que el general, aunque estaba algo afectado por el peso del mando, aún era el gran hombre que lo había salvado cuando la pandemia comenzó, al igual que a muchos otros y, hasta que se recuperase, el seguiría a su lado, ayudándolo todo lo posible.

Era media noche cuando comenzó el circo de llamadas por walki-talkie. Primero, Marta llamó al coronel Díaz. Cuando supo que estaba solo, su tono se volvió aterciopelado. Si alguien hubiera podido escucharlos, sabría que ambos tenían una historia íntima. Pero no se dejaron seducir por sus sentimientos, al poco cambiaron su conversación, la pregunta era “¿Qué hacer con el general?”.

Díaz llamó a Alejandra y trató de entrever de que bando estaría si ocurriera algo, cosa que ella esquivó con la habilidad de todos los políticos. Al colgar, Díaz se cuestionó si no habría calculado mal y puso en marcha su plan antes de que se pudieran alertar.

Alejandra alertó a Pérez, que no la tomó demasiado en serio hasta que, poco después, un grupo de supervivientes llegó para informarle de que Díaz planeaba envenenar al general y fue el propio general el que le llamó antes de que llegaran con esa información. Habían acudido antes a él y quería que Pérez lo escuchase de primera mano. Por muy comedido que fuera Pérez, aquella traición no podía quedar sin castigo ejemplar. El general estaba súbitamente sereno.

Todos los mandos fueron convocados a la plaza principal. Sólo Pérez dejó a su escolta, Cisneros, a cargo de la fortaleza. La mayoría de gentes dispersas por el pueblo se unieron a ellos esperando así evitar a los zombis.

Una vez reunidos todos, antes de que el general pudiese comenzar lo que tenía preparado para Marta y Díaz, los zombis comenzaron a surgir desde todas direcciones.

-¡Todos a la fortaleza! -gritó el general.

Los militares, los forasteros civiles, las criaturas... todos corrían y pululaban por doquier. La noche se tiñó de gritos y disparos, de sangre y pólvora. La gente se dispersaba tratando de alcanzar la muralla del castillo saltando sobre otros vivos que pataleaban con algún zombi devorándolos. Todos corrían... salvo dos hombres. Uno con su gran chaqueta de mando, a paso firme, recuperando el espíritu guerrero que había perdido los últimos meses. A su lado, el coronel oscuro, con su armadura post-apocalíptica, vigilando sus movimientos y presto para acabar con las amenazas.

El propio sargento Cisneros observó su llegada con la boca abierta. Mientras la gente corría en desbandada, era asaltada por criaturas o se apelotonaba por cruzar las puertas del castillo, aquellos dos hombres se acercaban como diablos entre las almas en pena del infierno, impertérritos, sin miedo, dudas ni contemplaciones. Una explosión tras ellos anunció su llegada. Algunas criaturas trataron de atacarlos. No detenían su marcha, ni tan siquiera se dignaban a mirar a las abominaciones. Les clavaban una bala en la cabeza sin apartar la vista de su objetivo, la fortaleza.. Cruzaron la puerta justo cuando un par de supervivientes eran atrapados y sus gritos proclamaban la entrada de ambos hombres.

Pérez hizo una señal a Cisneros para que abriese la puerta del patio y todos entraron allí. En un pequeño escenario que usaban para la instrucción subieron todos los mandos. Alguien perspicaz habría encontrado raro que el coronel Pérez se situase al fondo, casi inadvertido.

El general comenzó a desvelar que sabía quien estaba tratando de amotinarse, que había algunos de los nuevos civiles que ya habían elegido bando.

-¡Un paso al frente López! -dijo el general Ramírez. Hubo muchos vítores mientras Marta Lopez avanzaba. Estaba armada con una escopeta y miraba desafiante.

-¡Un paso al frente Díaz! -continuó el general como si nada. Más vítores surgieron de la multitud.

-¡Les apoyáis! ¡Apoyáis a estos traidores! -antes de que Díaz pudiera reaccionar, se lanzó sobre él.

Raúl, el escolta de Marta, alzó su arma pero Pérez estaba preparado y le disparó a bocajarro.

Marta descuidó su espalda por centrarse en su amor, Díaz, y Pérez no tuvo problemas en someterla y encañonarla. Pero aún postrada de rodillas y con la pistola en la cabeza se negaba a soltar el arma.

El sargento Cisneros se acercó sin dejar de apuntarla y el general amenazaba a Díaz. No le quedó otra que rendirse y soltar la escopeta.

-¡Servís a un traidor! -les espetó a todos.

-¡Ejecútela, Pérez! -sentenció en general.

Pérez dudó un instante, dio un paso atrás pero fue la propia Marta la que se condenó al lanzarse al arma. En el momento que liberaba su último suspiro, el general acababa con Díaz.

La gente comenzó a llamarlos asesinos y entonces comenzó la auténtica carnicería. Abriendo la puerta y dejando a las criaturas entrar, los que no fueron mordidos murieron por las balas del general o del coronel. El bastión seguiría tal y como estaba... bueno, con tres bocas menos que alimentar....

Alejandra observó todo protegida por la sargento Cortés.Sus ojos brillaban ante las posibilidades que ofrecía aquella carnicería, su momento no tardaría en llegar y sería el fin de los militares...

Comentarios